Frank González y su impronta en el audiovisual animado

Por: Maya Quiroga

Foto: Tomada de CMKC Radio Revolución

Con la partida física de Frank González (La Habana, 7 de octubre de 1946–9 de abril de 2021) pierden la radio, la televisión y el cine cubanos a uno de sus grandes y más prolíficos actores del siglo XX.

Muchos fueron los caracteres a los cuales les dio vida quien empezó en el Instituto Cubano de Radio y Televisión, en 1967, como diseñador de vestuario y decorador mientras se preparaba para ejercer la actuación con grandes profesionales de la talla de Roberto Garriga, Marta Jiménez Oropesa y Oscar Luis López.

Sus habilidades para imitar diferentes acentos las pudo desarrollar gracias a su paso por la radio, un medio que consideraba como fundamental en su carrera profesional. Valiéndose solamente de la voz interpretó disímiles personajes con textos muy difíciles y complicados. Esa fue la preparación que lo llevó a poseer un gran dominio de su aparato fonatorio que luego pudo poner al servicio de los doblajes y puestas de voces para dibujos animados.

Entre toda su obra destaca, sin lugar a dudas, el trabajo que realizó para el animado Elpidio Valdés por el cual siempre lo recordaremos cada vez que veamos en pantalla al emblemático personaje creado por Juan Padrón, el 14 de agosto de 1970 para la revista Pionero.

A finales de los años 70, cuando la historieta iba a cobrar vida a través del celuloide, Frank se presentó a un casting de voces. Su manera de hablar y la forma de matizar los parlamentos gustaron tanto que terminó robándose el show y encarnando lo mismo a mambises que a españoles.

Al coronel Valdés le aportó una gran dosis de cubanía y de patriotismo. También le imprimió el carácter alegre, dicharachero y simpático que lo acompañó a lo largo de su vida.

Quizá por eso el personaje haya calado tan hondo en el gusto popular al punto de formar parte de la memoria afectiva de varias generaciones de cubanos que nos hemos divertido con las peripecias del insurrecto pillo manigüero.

De igual manera le puso su impronta al Matojo de Manuel Lamar (Lillo); a Celedonio y Mafalda, de Juan Padrón, a Yeyín, de Ernesto Padrón, a El paso de Yayeberí del inolvidable Tulio Raggi así como a varios Filminutos, por citar algunos ejemplos de su paso por la cinematografía infantil.

Frank González obtuvo en vida un sinnúmero de premios y reconocimientos, pero el mayor de todos fue haberse ganado un lugar en el corazón de su pueblo el mismo que lo ha aplaudido, ha llorado o reído hasta el cansancio con las ocurrencias plasmadas en los guiones por los múltiples creadores con los cuales laboró.

Hoy cuando ya se han ido el padre de Elpidio Valdés y el hombre que le prestó su voz, la cinematografía infantil se queda un poco huérfana, pero aún resuenan en nuestros oídos los ecos de aquella frase emblemática con la cual el Coronel se despedía:

¡Hasta la vista, compay!

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