Un nuevo logo para el Festival de Gibara. Algunos apuntes

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Por: Antonio Enrique González Rojas

Imagen cortesía de www.ficgibara.com

La iconografía genérica más destacada del cine cuenta con estilizaciones puramente fílmicas, como son la luna con rostro antropomorfo inmortalizada por el clásico Viaje a la Luna (George Méliès, 1902), y el rostro de bombín y bigote de mosca del Charlot que definió la carrera de Charles Chaplin. Pero comparten honores con signos más objetuales como la bobina de celuloide, la cámara coronada por los dos magazines, el propio rollo de celuloide y la claqueta.

Aunque aún estén bien anclados en los imaginarios humanos como símbolos unívocos del séptimo arte, los tres primeros elementos tecnológicos referidos pertenecen en gran medida al pasado, sustituidos en la contemporaneidad por soluciones más sofisticadas; muchas de las cuales determinan la propia reconfiguración del cine como parte de un arte audiovisual más amplio, que implica a todas las imágenes en movimiento. Por ende, bobina, celuloide y cámara van resultando cada vez más insuficientes para resumir fidedignamente las esencias de marras.

Por su parte, la claqueta es un instrumento que ha sobrevivido una tras otra, las diferentes revoluciones tecnológicas y artísticas experimentadas por el Séptimo Arte. Su empleo resulta poco menos que universal en todo lo que implique un rodaje de algo. Este es un primer valor que tiene la escogencia de la claqueta como uno de los dos elementos mixturados en el nuevo logotipo que en este 2018 define la edición catorce del Festival Internacional de Cine de Gibara (FIC Gibara), a celebrarse del primero al siete de julio venideros.

Miguel Leyva, diseñador y director creativo de JYD Solutions —entidad a cargo de las campañas promocionales del evento desde 2016—, maridó orgánicamente dicho instrumento con la inicial del nombre de la ciudad sede; derivándose una fantasía tipográfica donde los potenciales visuales de la letra G mayúscula fueron aprovechados a plenitud, sin perturbar nunca la nitidez semiótica del resultado final, dotado de la saludable frescura cinética que le imprime la perspectiva en escorzo.

La propia estructura tipográfica favoreció la articulación del logo como una claqueta abierta, que remite al justo momento de efectuar el golpe (conocido precisamente como “claquetazo”) que determina el inicio del rodaje de una escena. Todo un indicador del momento mágico en que sucede la confluencia sincrónica y armónica de casi todos los sujetos, experticias y elementos implicados en conseguir la compleja maravilla alquímica de la obra fílmica. La claqueta demarca, en consecuencia, una frontera invisible. Una suerte de portal interdimensional entre la “realidad” y la “fantasía”, entre el reino de la naturaleza (donde todos son lo que pueden) y el dominio plenamente humano (donde todos son lo que quieran) rectorado por la pura volición de los autores.

Además, puede decirse casi sin temor a errar, que es el objeto más filmado en toda la historia del cine. A la vez resulta el más “cortado” de los metrajes, durante las etapas de posproducción. Es a la vez instrumento y actor. Brújula invisible para que el montajista se oriente durante el tejido de su tapiz narrativo.

La claqueta remite además a un interés por percibir el audiovisual como proceso. No solo como obra terminada, que comienza a existir para los públicos mayoritarios solo cuando está terminada y lista para la exhibición. Pues definitivamente, la película es solo parte de un fenómeno creativo, comunicativo y existencial —cultural en el más amplio sentido del término— mucho más complejo.

Todas las vidas de los creadores involucrados, el contexto en que viven, sueñan y trabajan; las propias primarias etapas de urdimbre de las ideas y la subsiguiente materialización en imágenes; los propios cambios operados constantemente en el contexto inmediato y mediato en que se desarrolla el rodaje; las expectativas que se van creando en los públicos, con todas las especulaciones y preconcepciones generadas; la final proyección, y el diálogo con las audiencias que se desata en su contemporaneidad y las décadas (y siglos) por venir. Estas son las verdaderas e inconmensurables dimensiones de un proceso como el fílmico.

Ante la claqueta lista para tabletear una vez más en el FIC Gibara, quedan previos logotipos del festival, como la fundacional cámara urdida con materiales de desecho —en pos de subrayar el distintivo carácter de “cine pobre” que definió las primeras doce ediciones y que a lo largo de los años experimentó una aguda síntesis gráfica—, y la muela de crustáceo atenazada alrededor de una bobina de celuloide que identificó la edición 2017 del evento. La claqueta prevalece en su vigente transtemporalidad, como una ícono más fehaciente, complejo y contemporáneo del campo audiovisual, donde el cine ya es un estrato más.

 


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