Cine cubano en el Lincoln Center de Nueva York

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Por: Antonio Enrique González Rojas

El realizador Rafael Ramírez, una de las voces más singulares del audiovisual cubano contemporáneo, con una obra ya de resonancia internacional, verá proyectada su película Los perros de Amundsen (2017) a los públicos estadounidenses en la tarde del venidero 4 de marzo en el Walter Reade Theater (165 W. 65th Street, north side, upper level, New York City) como parte de la iniciativa Neighboring Scenes, organizada y curada por la Film Society del newyorkino Lincoln Center for the Performing Arts y la organización Cinema Tropical, para ofrecer del 28 de febrero y precisamente hasta el 4 de marzo, una panorámica de la cinematografía latinoamericana más inmediatamente significativa.

El programa general de 17 títulos incluye películas apreciadas por los públicos cubanos en la pasada edición 39 del Festival de La Habana, como la premiada Alanis (Anahí Berneri, 2017), La cumbre (Santiago Mitre, 2017), ambas de Argentina, y Las nubes (Juan Pablo González, 2017) de México.

 Con Los perros…  Ramírez obtuvo su titulación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños, a través de la cátedra de Documental, en junio de 2017; y desde entonces, a lo largo del pasado año, ha participado en varios certámenes como el Festival Internacional de Cine de Locarno (Suiza), en su sección competitiva “Pardo di Domani”, en la sección “Márgenes” del Festival Internacional de Cine de Valdivia FICValdivia (Chile), y en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata (Argentina), donde formó parte de toda una retrospectiva de la obra de Ramírez —primera en su carrera— que protagonizó la sección “Estados Alterados”. Luego de la presentación en el Lincoln Center, Los perros… formará parte de la selección oficial del certamen londinense Frames of Representation, a desarrollarse del 22 al 28 de abril próximos.

Como toda la obra de Rafael Ramírez, este cortometraje rehúye las categorizaciones rígidas, en pos de una expresión ingentemente personal, basamentada en un acervo no menos que erudito. Capaz es de conjugar  los referentes literarios, musicales, filosóficos, mitológicos, poéticos, teóricos, en un sistema-pastiche mitopoético, que recuerda y confirma la “noosfera fílmica” planteada por Didier Coureau cuando discursa sobre el ensayo cinematográfico.

Rafael traza nuevos senderos simbólicos, expresivos y discursivos en los espacios en blanco dejados por sus precedentes y contemporáneos. Sopla en su redoma una esfera de significados y lógicas, tan particular como legítima. La echa a rodar entre los espectadores desprevenidos, y aun los algo prevenidos, como un reto intelectual pero también emotivo, temperamental, muy lejos de un raciocinio gélido, a juzgar por las zonas gnoseológicas en juego. Es una fantasía no obstante calculada, pero donde la belleza emerge de la propia infraestructura, con una pureza que nace en el mismo tuétano de la armazón.

La música es un terreno nada ajeno para este autor, por lo que tampoco resulta nada descabellado pensar Los perros… como una pieza musical de alta experimentalidad. Y no solo en los momentos donde la banda sonora con temas de Jesús Ramírez (padre de Rafael) remonta los planos protagónicos.

Vale señalar que lo experimental en un creador es válido por el coraje con que indaga nuevas esencias en las cosas prexistentes, por cómo subvierte las preconcepciones, estamentos, cánones, semas. Por como dinamita la obra de Dios, explayando sus praderas y páramos mentales en forma de contrapropuesta, de nueva lógica insurgente donde la serpiente del Edén resulte tentada por dos Evas lúbricas.

Rafael mezcla las fantasmagorías trascendentalistas de Howard Philip Lovecraft con la poesía del cubano José Luis Serrano —quien deviene protagonista y eje de la película, nombrada por una de sus composiciones que se incluye en el volumen homónimo, reciente ganador en 2018 del Premio Nicolás Guillén—, en un maridaje singular pero nada torpe. Pues la propia “incoherencia” mitológica que se le critica usualmente al estadounidense, realmente es muestra de una voluntad poética, emotiva. No menos aclarada por él en sus textos cuando insiste en la incapacidad de la razón humana para entender lógicas más allá del planeta, y hasta del mismo plano dimensional.

Las esferas de Shub-Niggurath, Chtuluh, Nyarlathotep, Yog-Sothoth et al, solo pueden ser entendidas desde el prisma poético, o sea: cuando se renuncie a adecuarlas a sistemas racionales conocidos. Incluso, la propia lengua colapsa con estos idiomas impronunciables, surgidos de gargantas que no se parecen a nada conocido. Serrano, con su obra  experimenta con el lenguaje, teje frases de valor contra lingüístico, que buscan caotizar la lengua. Para dialogar con ellos hay que despojarse de modelos establecidos. Ramírez se añade entonces como tercer vértice creativo, y coaliga ambas imaginerías (Lovecraft y Serrano) en un torrente de imágenes, no pocas verdaderamente impactantes, donde la cinematógrafa argentina Elisa Barbosa no poco tuvo que exigirse para salir tan airosa.

 

 


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