El cosmonauta Serguéi Azimov circunvuela el cine cubano

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Por: Antonio Enrique González Rojas

Sergio y Serguéi (Ernesto Daranas, 2017) no es una película de ciencia ficción. Aunque uno de sus escenarios fundamentales pertenezca al espacio extraterrestre. Aunque uno de sus personajes protagónicos: Serguéi Azimov (Héctor Noas) sea de la siempre sorprendente raza de los cosmonautas. Aunque sea una de las cintas cubanas con más efectos visuales de la historia del cine nacional, enfocados sobre todo en recrear de la manera más verosímil posible el espacio inmediato a la órbita terrestre —incluyendo un “cameo” de la Luna—, el exterior y el interior de la desaparecida estación espacial Mir (1986-2001), más las dinámicas y condiciones de vida de su ocupante humano.

Sergio y Serguéi se une así a varias significativas cintas como Apollo 13 (Ron Howard, 1995) y Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) en la proposición de un cine efectivamente de ficción, pero adscrito al realismo y no a la ciencia ficción, que ha sido muy coherentemente definida por los ensayistas españoles Eduardo Gallego y  Guillem Sánchez como “un género de narraciones imaginarias que no pueden darse en el mundo que conocemos, debido a una transformación del escenario narrativo, basado en una alteración de coordenadas científicas, espaciales, temporales, sociales o descriptivas, pero de tal modo que lo relatado es aceptable como especulación racional”. (¿Qué es la ciencia ficción?)

La cinta cubana y sus dos precedentes estadounidenses pues, versan sobre situaciones que perfectamente pueden ocurrir en la dimensión conocida del mundo. Ninguna de las coordenadas referidas es alterada. No existen especulaciones, anticipaciones ni absurdos científicos. Tanto como que la cinta de Howard está basada en un acontecimiento totalmente verídico: la séptima y fallida expedición del programa espacial Apollo de la NASA, tercera con misión (frustrada) de alunizaje. Recrea, con sorprendentes efectos visuales para la época, todo el angustioso periplo de la tripulación, a bordo de una nave accidentada, convertidos en verdaderos náufragos cósmicos. Y en el puro terreno de la ficción, pero a la vez en la plausible posibilidad, queda la exitosa Gravity, que va de otro accidente en la vecindad espacial del planeta.

El segmento de la cinta de Ernesto Daranas dedicada al cosmonauta soviético Azimov, en comunicación perenne con el radioaficionado cubano Sergio (Tomás Cao), queda en una región fronteriza entre ambas películas. Pues este personaje referencia de hecho a una persona real: el mecánico y cosmonauta Serguéi Konstantínovich Krikaliov, quien ostenta el record de más tiempo pasado en el espacio, estableciendo su primer gran período de estancia en la Mir entre 1991 y 1992: 311 días, veinte horas y un minuto. Tiempo durante el cual se derrumbó la Unión Soviética. Krikaliov es conocido por esto como “el último ciudadano de la URSS”, pues partió al cosmos desde la tierra de los soviets y regresó como ciudadano de la Federación Rusa.

Pero como Sergio y Serguéi es una cinta explícitamente de ficción, su director y guionista se apropia de esta historia verídica, restructurándola y adaptándola a sus propósitos dramatúrgicos. Apuesta más por el contenido simbólico del personaje que por la mera singularidad de la anécdota. Y se aleja así de realizar una biopic, o de sumarse a una muy extendida moda en el Hollywood de hoy: las películas “basadas en hechos reales”, muchas de las cuales emplean esta frase como slogan en sus campañas promocionales (bien remarcada en los carteles, los tráilers).

Krikaliov se convierte en Azimov. El sujeto se ve redimensionado, gracias a la ficción elucubrada por Ernesto Daranas, en símbolo del pueblo ruso, de los cosmonautas soviéticos y rusos. En metáfora de la resistencia, la amistad, el entendimiento entre los pueblos y los seres humanos, en mensajero de la solidaridad.

En su dilatada soledad, en su angustiante incertidumbre, en las estrategias que desarrolla para sobrevivir y permanecer cuerdo durante su casi naufragio en la Mir, Azimov termina dialogando, además de la más trepidante cinta de Cuarón, con la también reciente The Martian (El marciano, 2015), de Ridley Scott. Este sí apuesta por una ciencia ficción inquietantemente cercana, como puede serlo el arribo del ser humano al planeta Marte, donde el protagonista Mark Watney (interpretado por Matt Damon) queda varado y debe desarrollar una odisea por la supervivencia.

Una vez más, la cubana Sergio y Serguéi se particulariza respecto a tales émulos contemporáneos, centrados por completo en los dilemas y avatares de los cosmonautas. Pues el relato pensado y dirigido por Daranas se ancla así en la Tierra como en el Cosmos. La trama que transcurre “abajo” con Sergio, su hija, sus amigos y su madre, es tan decisiva como la que sucede “arriba”, con Serguéi, su soledad, las ausencias abrumadoras de su familia, con la atenazante inseguridad por su retorno seguro y su propia vida. Tan cerca de un planeta que cada jornada lo alumbra con sus luces inasibles, entre las cuales se emerge la voz invisible de Sergio, aquejado de otras incertidumbres, de otras angustias, y que termina anclando sus esperanzas en un náufrago espacial.

 


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