Trovadores en los cines habaneros

Por: Rafael Lam

A muchos de los cines cubanos de principios del siglo XX acudían en máxima turba las tandas trovadorescas, aun no existían en la ciudad los primitivos fonógrafos ni la radio, y los pocos cilindros fonográficos eran muy deficientes.

Según contaba el investigador Ezequiel Rodríguez, esos trovadores se reunían en los cines de barrios humildes como Jesús María, Los Sitios, Pueblo Nuevo, El Pilar, Jesús del Monte, Luyano, etc.

Entre las figuras ya legendarias se encontraban Sindo Garay, Alberto Villalón, Eduardo Reyes Dorila, Pepe Figuerola, Emiliano Blez y Bernabé Ferrer.

Fueron muchos los espacios capitalinos que sirvieron de escenario a esta tradición  trovadorezca:  El Politeama Grande y Chico, hoy el hotel Manzana; El Recreo de Belascoain ; el Actualidades, ubicado en la Calzada de Jesús del Monte y Matadero; el Recreo (Belascoain), el Cine Strand (General Carrillo 151, frente al Parque Trillo); el Teatro Martí (Dragones y Zulueta) ; el Cine Gloria (Vives y Belascoain, en el barrio de San isidro); el Eléctrico (Egido y Merced); el Palacio Gris (Zanja y Lucena), entre otros.

Sin embargo, los más utilizados por la trova cubana eran el Oriente (Belascoain y San José) y el  Esmeralda (Monte, entre Arroyo y Belascoain). Este último era el decano de los cines habaneros y la meca de la trova cubana, donde fueron popularizados temas como Naturaleza, Timidez, Guarina, Las flores del Edén, El Servicio Obligatorio y Acelera Ñico, acelera.

Todo un abanico de canciones amorosas y pintorescas eran cantadas en todos estos recintos. De esas composiciones amables, llenas de lirismo, quedaron muchas de ellas en la antología de la canción cubana.

Las funciones eran presentadas entre película y película. Cada luneta en 1913 costaba diez centavos y en 1922 subió a 30. Los trovadores se rotaban el cobro de los honorarios.

Las Tandas de Trovadores la componían  diez o más integrantes. Hacían solos, dúos, tríos y cuartetos. En 1908 se celebraban concursos de trovadores, los ganadores recibían precios en centenees y luises.

Todas estas tandas de trovadores fueron los que penetraron en espacios renombrados como el Café Vista Alegre, en San Lázaro y Belascoain, El Escorial de la calle Marina y San Lázaro. También  se refugiaban en la barbería de Guayo, en Virtudes y Galiano; el Callejón de Rubalcaba 4, en San Nicolás y Antón Recio, barrio de Vives o de Jesús Maria. La fonda El Cuba (Picota y San Isidro), Bar La Criolla (San Isidro y Picota), Café Baturro (San Isidro y Cuba), El Gato Negro (San Isidro y Compostela), Café Cantante de Víctor y La Noche Habanera en San Isidro esquina  Habana. Hay que recordar  la casa de Ramón García (Ramoncito), donde organizaron descargas como un auditórium popular y la Acera del Louvre, en el Paseo del Prado, sitio usado también por los músicos.

La lista sería infinita porque la habana fue tomada y convertida en un acordeón musical. Así que no podemos dejar de mencionar otros lugares como: La verbena (41 y 30, Playa), Café Vuelta Abajo (San Miguel y Consulado), La Diana (Plaza del vapor), Los Aires Libres de Prado, y el teatro Campoamor. Ya en tiempos más cercanos, se destacó la peña de Sirque en el domicilio de Alfredo González Sirique, en el Cerro.

Los trovadores cubanos dejaron una huella muy profunda en la música cubana, hoy muchos de esos trovadores y sus canciones se encuentran en libros de Ezequiel Rodríguez, Lino Betancourt y Dulcila Cañizares.

 

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