La película de mi vida

Sobre la película brasileña que inauguró el festival

Por: Berta Carricarte

Cada año el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, escoge un filme “especial” para la inauguración. Casi siempre es un filme atractivo; un filme que pudiera estar entre lo mejorcito que ha producido la región ese último año; una obra a distinguir, un regalo para el cinéfilo, o una pieza fresca, llena de hilaridad y divertimento, que se agradezca mucho esa noche, aunque no se recuerde tres semanas después. O por el contrario, pudiera ser una obra intensa en algunos aspectos, decadente en otros, fallida en muchos. Esto quiere decir que esa noche no necesariamente veremos la mejor película posible.

La película de mi vida (Brasil, 2017) basada en la novela Un padre de película, del escritor chileno Antonio Skármeta, fue la elegida para esa noche inaugural. Estrenada en agosto de este año en Brasil, y dirigida por Selton Mello, compite por uno de los corales en esta cita.  La versión, recreación, adaptación libre, o como quiera que haya sido, aborda algo así como el resumen de una etapa difícil en la vida de un jovenzuelo, cuyo conflicto parece ser la ausencia repentina e inexplicable de un padre que, hasta ese momento, había sido todo amor.

Uno de los temas eternos del arte es la relación paterno filial, ya sea para acentuar las contradicciones generacionales, ya sea para resaltar la amorosa complicidad que puede caracterizar esos lazos. En este caso,Selton Mello fue por el trillo de la nostalgia: de la infancia feliz a la juventud llena de incertidumbres; de la bicicleta al cigarrillo;  del regazo materno a la curiosidad sexual y el primer amor.

Sin dudas habría que empezar destacando la excelencia de la fotografía de Walter Carvalho (Carandiru, Madam Satá). Cada plano es un ensayo pictórico, un alarde de experticia técnica y una flagrante ostentación de expresividad. Si hay un sitio donde pueda hablarse del arte por el arte en una imagen cinematográfica, tendrá que citarse este filme. Las vistas son cautivadoras, el paisaje explota como un lienzo decimonónico en cada plano que se le dedica. La belleza de la composición se complace en la geografía del lugar donde se desarrolla la trama, y habría hecho enrojecer de envidia a los maestros de franceses de la escuela de Barbinzon. Claro, ellos no tuvieron a mano los recursos de postproducción, que completaron el matiz suavemente terroso que definió el color de esta película.

En cuanto a los interiores, se trabajó cuidadosamente la luz, siempre suave, sin contrastes violentos, como acariciando los cuerpos, los rostros y el espacio mismo. Tratándose de una película ambientada en los años 60, la dirección de arte procuró ajustarse a un repertorio escenográfico y a un diseño de personajes que de alguna manera remitiera a usos y costumbres de aquellos tiempos.  De ayuda fundamental para construir ese universo sesentiano, fue, sin dudas, la música, donde se combinaron temas de Charles Aznavour y otros intérpretes,  que no en todos los casos era preciso escuchar en su totalidad. En ese sentido, como en su endeble trama, es un filme que se estira hasta el agotamiento.

El rol protagónico corrió a cargo de Johnny Massaro, quien no parece muy dotado para transmitir emociones complejas o profundas o simplemente cotidianas. Sus expresiones de alegría-felicidad se resuelven en una sonrisa de vinilo. VincentCassel, un buen actor, no destaca nada en un papel que se ha interpretado en el cine muchísimas veces y de la misma manera. La madre, encarnada por la actriz Ondina Clais, se hace notar poco; aparece casi desdibujada en un esbozo de madre corriente y común, que sufre, para variar, la infidelidad matrimonial que termina con su paraíso hogareño, y la condena a una tristeza mediocre e inamovible.

Pero si unas actuaciones sospechosamente convencionales, no le tributan mérito alguno a esta cinta, tampoco una bella fotografía alcanza para salvar una historia profundamente hueca, tediosa y falsa.No se puede sostener un argumento banal a fuerza de explotar caritas jóvenes en situaciones supertrilladas y bastante cuestionadas por los actuales regímenes de análisis fílmico, que además incluyen los estudios de género. Apelar a soluciones musicales para salvar un ritmo desencajado, no hace más que señalar las costuras del filme. El colmo de la pereza creativa fue utilizar un fragmento hiperconocido de la Carmen de Bizet, en una floritura coreográfica del peor gusto.Se podrá engatusar un ratito al público, pero no a todo el público, ni todo el tiempo. Ese mismo cine de Hollywood, que fascina al protagonista, ha llegado al tope de su perfección narrativa, tras la cual no se sostiene ya en pie, ni el espectro de la poética aristotélica. De la misma manera que el protagonista corre al cine del pueblo vecino, a celebrar las hazañas de los héroes del western americano, y vibra de emoción con sus románticos avatares, hoy el espectador corre en busca de la necesaria renovación del cine latinoamericano, y en su carrera se encuentra filmes verdaderamente tiernos y necesarios como Tesoro de María Novaro, o de narración inteligentemente elíptica, como La cordillera de Santiago Mitre.

La película de mi vida, no es más que un filme sobre la nostalgia de “los buenos tiempos” en que todavía se le podía enseñar a los adolescentes lo que era el sexo en ese lugar de asentamiento y consentimiento de la cultura patriarcal que ha sido siempre el burdel.  Es también el recuerdo de un edén perdido que como en Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988), devuelve la rancia virtud del “todo tiempo pasado fue mejor”, “recordar es volver a vivir”, etc.

Yendo a los 60, a principios de siglo o al fin de los tiempos, el cineasta latinoamericano, si pretender seguir haciendo Nuevo Cine, tendrá que refundar sus bases estéticas, gastarse el coraje en todo tipo de riesgos artísticos, y, rompiendo con el lugar comúny las remanencias del cine más estándar, rescatar la verdadera mirada que nuestros pueblos y nuestra cultura merecen.

 

 

 

 

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