Premios del Festival de La Habana: La suerte es un hecho

Por: Antonio Enrique González Rojas. Foto del autor

El Festival 39 premió. La suerte fue un hecho una vez más. El casi históricamente imperdonable error de agudeza y sagacidad de casi relegar del palmarés una gran cinta como El abrazo de la serpiente (Ciro Guerra, 2015), cometido dos años antes (*), se reivindicó en discreto porciento con la mayor cantidad de corales otorgados a la ficción Zama de Lucrecia Martel. Y se repitió con creces con la exclusión de una obra como Cocote (Nelson Carlo de los Santos) del umbral de simpatía del jurado de óperas primas, que terminó acogiendo, legitimando y ensalzando más de la cuenta dos cintas casi mellizas como la argentina La novia del desierto de Valeria Pivato y María Cecilia Atán (Coral de Ópera Prima) y la brasilera Pela Janela (Por la ventana) de Caroline Leone (Premio a la Contribución Artística): las cuales replican un esquema narrativo y caracterológico donde dos mujeres de mediana edad son lanzadas a sendos viajes de re-conocimiento por interminables carreteras sudamericanas. Casi la única diferencia entrambas es el idioma que hablan sus protagonistas, obligadas a reconsiderar esquemas vitales, de valores, para hacerle lugar a la novedad, el amor y a la vida en sentido general.

La mesura dramática y la destreza narrativa caracterizan a las cintas, que consiguen estructurar personajes sólidos en su misantropía, expresivos en la contención casi agorafóbica de mujeres cuyas vidas se han reducido al trabajo. Pero ambas son también, no solo superadas por la intensa complejidad sociocultural y fílmica de Cocote, sino también por la intensa colombiana Matar a Jesús (Laura Mora), cuyo Premio Especial del Jurado resulta mucho más merecido, y por la implosiva Medea (Alexandra Latishev), de Costa Rica, que hubo de conformarse con el menosprecio de una mención.

Cuentan todas estas óperas primas con protagonistas introspectivas, en brega silenciosa (y silenciada) con una sociedad héteronormativa, en cuyo seno deciden decidir. Optan por rectorar sus destinos, sus cuerpos. Embrazan sus respectivas soledades para protegerse en la liza acre de sus cosmos. Cine sobre mujeres con mirada femenina. Cine feminista más consciente que instintivo. Cine proactivo que este año marca un nuevo y llamativo norte en la fílmica latinoamericana, no solo en cuestiones representacionales sino artísticas, pues el espíritu militante, vindicativo y alegatorio (ya) no basta para hacer de una obra una buena película. Las mujeres operan, por fortuna, tanto en los estratos discursivos como en los cosmovisivos. Pero la exclusión de Cocote, un film hecho por un hombre y protagonizado por un hombre, más que a inexperticia audiovisual por parte del jurado, (además) huele sutil y peligrosamente a parcialización excesiva, donde al final sale perdiendo el cine.

En medio de todo esto, la “contribución artística” de Por la ventana abre una gran incógnita, dado que no aporta nada en cuestiones de lenguaje cinematográfico —dígase la reformulación metodológica del herramental poético y técnico, y la discusión con las formas canónicas ¿no?— más allá de su corrección y su acertada llaneza, algo reiterado en su gemelar La novia… Cualquier duda, apreciar la puesta en escena de Cocote, donde una mirada extrañada (materializada en una cinematografía esquiva, casi gélida) pone en perspectiva desdramatizada, a la vez que virulenta, los prolegómenos del legado, la tradición y la herencia. Todo desde un entramado donde el registro documental engarza con la historia fictiva para una final hibridación que frisa el cine ensayo.

Medea y Matar…, por su parte, son closets con no pocos esqueletos terribles, heredados orgánicamente de la tragedia más legítima y esencial. Tanto que la primera replantea corajudamente el sustrato moral y ético del villanesco ícono griego, y hasta la propia añeja identificación casi sinonímica de la feminidad con maternidad. Superando con creces la más afectada y sosa Invisible (Pablo Giorgelli) donde semejante conflicto (embarazo en la adolescencia) es pobremente desarrollado por un flaco guion —coescrito entre el director y María Laura Gargarella— que fue recompensado con el Coral de su especialidad. La protagonista prefigurada por Laura Mora, por su parte, asume un rol casi detectivesco que desemboca en una variante del Síndrome de Estocolmo, tras la cual subyace un delicado e incisivo análisis de los algoritmos y jerarquías de la violencia en Colombia, en Latinoamérica, en cualquier parte, con su infinito ciclo de víctimas.

Siguiendo con el mundo contado por las mujeres, tenemos que la gran triunfadora argentina Alanis (Anahí Berneri), merecedora del favorito Coral de Ficción, además de una actuación protagónica de Sofía Gala también adecuadamente reconocida con un premio, ostenta una definitoria fotografía a cargo de Luis Sens, ignorada a favor de la inocua y finalmente galardonada cinematografía desplegada por María Secco para la discreta (tirando para débil) Restos de viento. Por lo que habría que regresar a Fotografía de cine 1.0.1, para aclarar que esta especialidad es relevante en tanto devenga un recurso expresivo activo, y por ende significativo, dentro de la sintaxis de una película. Tal es el caso de Alanis, y no de Restos…, donde todo se limita a una destreza expositiva en connivencia con una iluminación de voluntad crepuscular, y un color sepia, casi siempre preferido para las recreaciones epocales (acá tenemos una diégesis ubicada en los sesenta, más o menos).

Alanis, aunque inferior a la experiencia casi psicodélica y post-real maravillosa que propone la maestra Lucrecia Martel con la gran Zama, —que viene a colocarla en un nicho “por encima del bien y del mal”—, no deja de ser un digno Coral que casi hace olvidar el desastroso lauro regalado a la vacua Desierto (Jonás Cuarón, 2015) en la precedente edición 38.

Berneri trasciende de una manera lúcida y cerebralmente apasionada cualquier panfletarismo feminista por una inmersión a fondo (igualmente feminista) en las capas más compactas de la superestructura ético-moral de la sociedad occidental, donde la prostitución, de una manera u otra, está burilada con la letra escarlata del desdén o la conmiseración. Y Alanis rasga este signo ignominioso para replantear la prostitución como una opción (¿un derecho?) consciente y racional. Como una vocación, por qué no. El personaje de Alanis no es enaltecido ni conmiserado, bien a resguardo de diluirse en un dimensión demasiado simbólica que le reste organicidad, complejidad. Amén de los sentidos manejados por la Berneri, Alanis no es “la prostituta” o “la prostitución”; es solo y definitoriamente Alanis. Una madre independiente, responsable, con una meta nítida, una vida única e irrepetible.

Todo lo contrario de Una mujer fantástica, del chileno Sebastián Lelio, con la cual hubo de forzosamente (casi de manera caprichosa) compartir honores, dado el deslumbramiento de un jurado que le obsequió un Premio Especial, y equiparó en el apartado de Actuación protagónica femenina la interpretación de Daniela Vega a la de Sofía Gala. Haciendo caso omiso de interpretaciones como la brindada por Antonia Zegers en la también chilena Los perros (Marcela Said), otra gran anulada por completo del esquema. ¿Habrán tenido tiempo de verla, si acaso?

Mérito indiscutible de la cinta de Lelio: usar una actriz transgénero para interpretar a un personaje transgénero como Marina. Acertada osadía que levanta el rasero para otros realizadores casi siempre decididos por mujeres y hombres biológicos para encarnar estos roles. No hay dudas sobre esto. Pero el bienintencionado realizador confunde la vindicación con la victimización de su personaje, sumergiéndolo en un casi morboso vórtice de discriminación. Casi se ven los tridentes, las antorchas, y hasta se avizora el molino en llamas donde terminará refugiándose este nuevo “monstruo”.

El subrayado excesivo del martirio de Marina, redunda en escenas explícitas y baratamente metafóricas como su resistencia a un ventarrón “subielano”, absurdamente “poético”. Pobre Marina, lástima para Marina: parece espetar cada secuencia de la cinta, hasta insensibilizar a fuerza de artificio el muy válido drama personal, expandido a símbolo en detrimento de la organicidad y hasta la verosimilitud. Pero, como muchos, el jurado sucumbió al exotismo y la emotividad.

Zama, ganó, casi como premio de consolación, el Coral de Dirección, que reconoce las destrezas de una directora que construye con este filme una diégesis kafkiana y ponzoñosamente alucinante, donde la perspectiva del protagónico Diego de Zama —interpretado por un Daniel Giménez-Cacho al que se hurtó el Coral de Interpretación Masculina, así como al ingente Julio Machado de Joaquim (Marcelo Gómes)— embarga al espectador en un perenne estado de extrañeza, producto de la sorda colisión intercultural entre colonizador europeo y el “Nuevo Mundo”, donde es largado por poderes casi tan ignotos como estos vastos territorios.

Secuencia a secuencia, el héroe trágico se va descomponiendo, diluyendo, pulverizando, en un infierno sobrepoblado por una galería de personajes alucinantes —¿alucinógenos?— más cercanos a las emanaciones de la fiebre selvática que a personas de carne y hueso. Zama es un miembro injertado, trasplantado a un mundo que lo rechaza y le niega la simbiosis. La Martel presenta un inadaptado protagonista-sombra-de-sí-mismo, cuya historia es desarrollada a fuerza de elipsis temerarias que sacan al espectador en todo momento de su zona de confort, provocando su perceptiva. La fotografía vadea las tentaciones de captar el paisaje con planos abiertos y espectaculares, a cambio de construir encuadres claustrofóbicos, góticos, terroríficos.

Valga dedicarle una buena porción de este texto al nunca debidamente justipreciado mundo de la animación, con el Coral bastante coherente otorgado al cortometraje mexicano Cerulia, cuya autora Sofía Carrillo despliega una epigonal apropiación de Jan Švankmajer, los hermanos Quai y de la imaginería (también epigonal de los referidos autores contemporáneos) desplegada por Tim Burton para las cintas de Henry Selick.

Cerulia propone una historia de puro terror psicológico, con un sutil toque de ironía, que por el ambiente opresivo y los personajes derruidos, disecados y anormalmente vitales, recuerda sobre todo a la Něco z Alenky (Alicia, 1988) de Švankmajer. Va este corto —cuyo título quizás apela al azul cerúleo de los cadáveres—, del anverso pavoroso de la idealizada inocencia infantil, donde la pureza prístina implica también la ausencia de cualquier sentido del bien y del mal. Es el reino de los instintos. Y la curiosidad prima como fuerza elementalmente monstruosa. Hasta resulta interesante hacer morir lo que está vivo. Cerulia no vive en un asteroide con una rosa y tres volcanes, si no en una casucha con una doppleganger que no deja de remitir a los cuentos William Wilson de Poe y Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson. Y sobre todo a la cinta The Other (El otro, 1972), de Robert Mulligan.

Sin embargo, esta pieza es superada desde los primero segundos por el documental animado colombiano Lupus (Carlos Alberto Gómez), tímidamente reconocido con una Mención, que parte del homicidio del custodio de una construcción a manos de una jauría errabunda —presuntamente entrenada para salvaguardar anteriores proyectos— para articular a fuerza de stop motion, rotoscopía y animación de pintura, un ensayo-denuncia acerca de la corrupción inherente a las empresas constructivas del país suramericano. El perro, revertido a su originaria naturaleza lupina, una vez desechado —¿Involucionado? ¿Pero es la domesticación un paso evolutivo? ¿Es el sujeto manipulado un sujeto evolucionado?— esparce el caos en medio de los obeliscos habitados, quizás para erradicar hombre a hombre la descontrolada sobrepoblación que infecta de edificaciones el paisaje. Para recuperar las praderas donde sus antepasados corrieron y cazaron.

El discurso civilizador, triunfalista y tautológico de los funcionarios políticos contrasta con la sinceridad terrible de los animales. Bajo la reluciente selva habitacional, geométrica, fluye la sangre, resurge la selva vengadora de la naturaleza pervertida. Gómez despliega desde el stop motion una danza de la fertilidad del concreto y el cero, que culmina en una pantomima pútrida de la muerte. El hombre muerto es ofrenda sacrificial para calmar momentáneamente el resurgimiento del caos purificador.

Ante bellas y más armoniosas piezas como el también documental chileno Cantar con sentido. Una biografía de Violeta Parra (Leonardo Beltrán) y la mexicana Bzzz (Guicho Núñez & Ana Cetti), se prefirió recompensar casi sentimentalmente al cubano Los dos príncipes (Adanoe Lima & Yemelí Cruz) con un Premio Especial.

Con el mismo aliento nocturnal y de melancolía gótica, quizás de esencia romántica, que trasunta su previo cortometraje La luna en el jardín (2012), esta versión del poema homónimo de José Martí apela a la hibridación de técnicas bajo la evidente axialización del stop motion. Quizás su más significativo acierto es haber vadeado el facilismo que presupondría la lectura del poema en off, reduciendo la imagen al rol de mera graficación. Una vez más siguiendo los principios de La luna…, Lima y Cruz decidieron apostar todo a la expresividad no verbal de sus personajes, al potencial dramático del dolor sordo, de la contención emocional, a indagar bajo el abrumador manto de la tristeza. Las figuras de los padres reyes y leñadores, enjutas y fantasmales hasta lo expresionista, desandan el relato como efluvios de su pasado. Abrazan y embrazan la ausencia de sus hijos muertos. Son monigotes degenerados de personas que dejaron ir su vida con sus hijos. Quizás es esta una de las razones dramáticas que justifican el énfasis en la naturaleza artificial de los personajes, con manos articuladas de marionetas.

Pero la meticulosa —verdaderamente preciosista— construcción de los personajes y las concepciones escenográficas se ven de momento perjudicadas por el involucramiento de otras soluciones de animación que con su tosquedad visual no contribuyen (si este fue su propósito inicial) a la lobreguez general con que la puesta en escena evita el exceso de patetismo. Personajes y objetos “recortados” toscamente durante una etapa de posproducción que sugiere premura o descuido, contrastan ruidosamente. Pues Yemelí y Adanoe son creadores de filigranas, donde si un elemento diverge, todo el delicado entramado del copo de nieve entra en una fuerte disonancia quizás merecedora sobre todo de regresar a la etapa de posproducción en pos de limar muchas asperezas.

Tampoco es suficiente el Premio Especial del Jurado otorgado al largometraje El pacto de Adriana  de la chilena Lissette Orozco, con que apenas salvó la honrilla el jurado de la especialidad, evidentemente incapacitado también para valorar las complejidades del cine ensayo El proyecto (Alejandro Alonso), verdadera gran apuesta de Cuba en esta edición del Festival. Comentados ambos en artículo anterior publicado en este mismo espacio (Festival de La Habana: Selección personal, sugerencias públicas, provocación intencionada). Todo en pos de un más comprensible, llano y observacional Baronesa, de la brasilera Juliana Antunes, más cómodo para una perceptiva, reducida antes que amplia, sobre el documental y el cine en general. “No entiendo luego no premio”: parece ser esta una divisa demasiado subyacente entre los jurados de las últimas ediciones del Festival, que debiera quizás reconsiderar la propia escogencia de estos. Yo, por mi parte, como jurado FIPRESCI, aposté todo a Zama, y la historia ya dirá el resto. Kyrie eleison.

Nota:

* El abrazo de la serpiente solo consiguió en la edición 37 del Festival dos corales: Música Original y Edición

 

Lista de premios de la edición 39 del Festival de La Habana:

Premios Corales de Ficción

Largometraje: Alanis de Anahí Berneri (Argentina)

Cortometraje: Genaro de Andrés Porras y Jesús Reyes (Colombia)

Premio Coral Especial del Jurado

Una mujer fantástica de Sebastián Lelio (Chile)

Especialidades:

Edición: María Novaro por Tesoros

Música Original: O Grivo por Joaquim

Sonido: Guido Berenblum por Zama

Guion: Pablo Giorgelli y María Laura Gargarella por Invisible

Fotografía: María Secco por Restos de viento

Dirección Artística: Renata Pinheiro por Zama

Actuación masculina en papel protagónico: Jean Jean por Carpinteros

Actuación femenina en papel protagónico (Ex aequo): Sofía Gala por Alanis y Daniela Vega por Una mujer fantástica

Dirección: Lucrecia Martel por Zama

Premio Coral del público

Sergio & Serguéi de Ernesto Daranas (Cuba)

Premio Coral Opera Prima

La novia del desierto de Valeria Pivato y María Cecilia Atán (Argentina)

Premio Especial del Jurado: Matar a Jesús de Laura Mora (Colombia)

El Premio Coral a la Contribución Artística: Pela Janela (Por la ventana) de Caroline Leone (Brasil)

Mención: Medea de Alexandra Latishev (Costa Rica)

Premios Corales de Documental

Cortometraje: La casa de los lúpulos de Paula Hopf (México)

Largometraje: Baronesa de Juliana Antunes (Brasil)

Premio Especial del Jurado: El pacto de Adriana, largometraje de Lissette Orozco Ortiz (Chile)

Premios Corales de Animación

Cortometraje: Cerulia de Sofía Carrillo (México)

Premio Especial del Jurado: Los dos príncipes de Adanoe Lima y Yemelí Cruz (Cuba)

Mención: Lupus de Carlo Gómez Salamanca (Colombia)

Largometraje: El libro de Lila de Marcela Rincón (Colombia)

Premio Coral de Cartel

¿Qué Remedio? la parranda, de la diseñadora Diana Carmenate (Cuba)

Premio Coral de Guion inédito (Patrocinado por la Fundación SGAE)

La pecera, largo de ficción de Glorimar Marrero Sánchez (Puerto Rico)

Menciones para Kiribati de Vladimir Cruz (Cuba) y Planta Permanente de Diego Lerman (Argentina)

Premio FIPRESCI

Zama, ficción de largometraje de Lucrecia Martel  (Argentina)

Premio SIGNIS

A tus ojos, ficción de largo metraje de Carolina Jabor (Brasil)

Mención a la ficción de largo metraje Praça Paris (Plaza París) de Lúcia Murat (Brasil)

Premio Coral de Postproducción:

Silvia, documental de María Silvia Esteve (Argentina), que dispondrá de los servicios de las empresas españolas Aracné DC y Arte Sonora, ambas de España

La burbuja de sonido premió a la ficción Caballo de mar, de Ignacio Busquier (Argentina), para la edición de sonido y la premezcla del film

Habanero Films Agente de Ventas Internacionales, premió a Los helechos, ficción de Antolín Prieto (Perú)

Boogieman Media, premió con una asesoría y supervisión de gráfica, diseño de campañas y conceptos publicitarios para el lanzamiento del film, a Foto estudio Luisita, documental de Sol Miraglia (Argentina)

Festival de La Habana: Selección personal, sugerencias públicas, provocación intencionada

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