Lucas al Video del Año: Entre reivindicaciones étnicas y un par de amoríos

Por: Antonio Enrique González Rojas

Amén de la indiscutida superioridad creativa del videoclip Deathless (Ed Morris) del dueto Ibeyi, recientemente reseñado por mí en el texto Deathless en los Premios Lucas: Un nuevo incordio (y lección) de Ibeyi, en la categoría cimera de Video del Año bregarán este 14 de enero por el premio Lucas número veinte otras seis propuestas de factura más artesanal, canónica, apegados al cometido promocional prístino —con las correspondientes altas dosis lúdicas— del género.

Prima el oficio sobre la autoralidad, incluso en las tres propuestas de Joseph Ros (ADN de Alain Pérez, Todavía de Francisco Céspedes y Afromambo de Roberto Fonseca), quien como ya resulta costumbre, compite contra sí mismo en esta, y otro buen número de apartados, con sus cuidadas producciones. Pero esta vez sin ninguna singularidad como el minimal y lírico Final obligado de Joaquín Clerch de 2016. A pesar de su homenaje confeso pero (¿intencionadamente?) meloso a la cinta francesa (nada melosa, aunque sí amatoria) À bout de soufflé (Al final de la escapada, 1960) de Jean-Luc Godard, que tampoco roza las calidades alcanzadas por su clásico personal Canción triste (2012), también filmado para un tema interpretado por Clerch.

Por otro lado, Afromambo, inconscientemente, termina dialogando orgánicamente con el videoclip rodado por Asiel Babastro para Ángel de Waldo Mendoza, donde sí se logran salvar las casi inevitables tentaciones melifluas del tema axial. Pues el director de marras opta por adentrarse en un relato audiovisual más complejo, en tanto se aleja de la mera graficación de la letra o de la subordinación accesoria. Como ocurre con su contrincante Si no vuelves (Daniel Durán) de Gente de Zona, cuya presencia en esta categoría resulta todo un enigma, con su estereotipada y simplista historia, plagada alegremente de clichés, colorines y coristas. Muy a tono con la ligereza del tema, pero no con la legitimación que el jurado decidió darle con tal exclusiva nominación.

Volviendo a la “película” de Babastro —y en breve al Afromambo—, esta exhibe entre sus principales méritos el abordaje y tratamiento de la imagen y la belleza cubana afro descendiente, desde una comedida y precisa contextualización epocal que busca repasar, a fuerza de amplias pero precisas elipsis, una historia familiar desde la primera mitad del XX hasta sus finales. Pues la piel morena en el videoclip cubano también ha terminado las más de las veces reducida a la voluptuosidad de bailarinas y modelos occidentalmente refinadas, adaptadas al canon, lúbricas y gozonas. Las muestras se sobran, y sobran.

Pero Babastro urde su particular drama bien a resguardo de sensualidades, exotismos, pintoresquismos, o cualquier tinte glamoroso que amenace con explotar o instrumentalizar el fenotipo afrocubano. No deja de resultar singular, revelando desde su ecuánime sencillez el desproporcionado desbalance representacional que existe en el videoclip cubano, y por extensión en todo su audiovisual. Y mucho menos pueden olvidarse palmarias manifestaciones racistas concretadas en despectivos términos que aún se manejan en los predios fílmicos cubanos, como el de “negrometraje”, achacado a obras realizadas por negros con tema o problemáticas étnicas.

No es una cuestión de cumplir con estadísticas y cuotas, sino de naturalizar el espectro dérmico del cubano en detrimento del refuerzo de un paradigma hegemónico. Pues otro mérito de Ángel es que tampoco va intencionadamente de manifiesto antirracista —algo nada criticable— sino de una historia de amor, legado y desamor, que permanece mayormente en la zona caucásica. Va de proponer un concepto mucho más amplio de belleza humana a los públicos masivos.

A esto coadyuva Ros y su dialogo audiovisual con el tema de Roberto Fonseca, pero asumiéndolo todo desde una perspectiva más de espectáculo, festiva  y lúdica, a tono con la jolgoriosa música. Mas, la cuidada (como de costumbre) dirección de arte y la puesta en escena toda, también vadean una representación frívola del cuerpo y la piel. Inevitable es el componente erógeno, y no se trata de llevar a extremos puritanos el reclamo contra la objetualización de la mujer, sino de reconsiderar las propias concepciones de tales espectáculos, sumando a sus códigos físicos y culturales estos signos identitarios no occidentales. Sin abandonar la inevitable ligereza de su concepción. El videoclip de Afromambo se propone como una fiesta cálida, centrada en la expansiva sonoridad de Fonseca, en el visceral acto interpretativo de esta desde los instrumentos y desde la danza. Y los precisos efectos visuales enfatizan fantasiosamente este paroxismo melódico-performático.

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

  

 

 

 

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