Tres películas cubanas preseleccionadas en los V Premios Platino del Cine Iberoamericano

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Por: Antonio Enrique González Rojas

La quinta edición de los Premios Platino del Cine Iberoamericano comenzó su fase más anticipada, publicando las preselecciones de todas sus categorías, donde entre las 56 cintas aglutinadas en el apartado de Mejor Película Iberoamericana de Ficción aparecen tres recientes producciones cubanas fechadas en 2016: Últimos días en La Habana (Fernando Pérez), coproducida con España, Ya no es antes (Lester Hamlet), y El techo (Patricia Ramos), coproducida con Nicaragua. Igualmente, sus realizadores aparecen preseleccionados en la menos nutrida categoría de Mejor Dirección.

Las producciones cubanas comparten con no pocas obras latinoamericanas y caribeñas recientemente apreciadas en las dos últimas ediciones del Festival de La Habana como Zama, Carpinteros, Jesús, La cordillera, La mujer del animal, Las hijas de Abril, Los perros, Mala junta, La película de mi vida, Una mujer fantástica, y Una especie de familia.

El paso hacia la segunda y definitoria etapa de nominación oficial promete ser más expedito para la más reciente cinta estrenada de Pérez, cuyo argumento se despliega en el margen, que con todo lo de relativo y mutable como amplia categoría sociológica, cultural y política (o todo en uno), es el gran campo donde siempre se ha movido el cine de ficción del cubano. Pletórica es su filmografía de personajes misantrópicos, relegados, segregados, melancólicos, extraviados en sus particulares selvas oscuras; a la vez que soñadores, esperanzados, disensores y disonantes respecto a sus contextos normados (verdadero significado de  “normal”).

Últimos días… apela nueva y diferentemente a personajes alternos,  acurrucados —casi atrincherados— en unos bordes donde han sido lanzados por circunstancias intolerantes, inmisericordes, reaccionarias, en épocas pasadas que huelen inquietantemente a presente: como hondas mortíferas que fluyen desde el núcleo de un Big Bang nacional, aun tozudamente trepidante a pesar de la inevitable erosión del Tiempo y la Historia. El extrovertido Diego (Jorge Martínez) y el lacónico Miguel (Patricio Wood) son dos divergentes extraños, refugiados en la noche sucia y eterna donde fueron proscritos de por vida, debido a sus respectivas consecuencias: Diego paga por practicar y manifestar su homosexualidad; Miguel expía por defender el elemental derecho de Diego a ser homosexual. Cuba los crio y el infortunio los unió. Posiblemente las respectivas mejores interpretaciones de estos actores en sus carreras.

Diego y Miguel son efectivamente ruinas, restos ennegrecidos que se alzan en una planicie donde ni la yerba crece, o mejor: no quiere crecer. Pero siguen vivos. Existen, respiran, aunque las naturalezas de sus resistencias son como ellos: diversas hasta la divergencia. Contrario a los comunes estereotipos heteronormativos, Diego es activo, enérgico, como el íncubo simbólico de la extraña pareja. Miguel es el recesivo súcubo, apagado, inercial; su propio fracaso lo ha endurecido tanto que ostenta una coraza pétrea la cual ni la vida puede ya mellar. Pero todavía sueña con escapar, romper el loop, y rehacer su vida en el eterno destino de ultramar, eterno paradigma, eterno Paraíso al que aspiran y expiran tantos cubanos.

Con puntos de contacto con Fresa y chocolate (Alea y Tabío, 1993) inevitablemente evidentes y al parecer totalmente conscientes por parte de Fernando Pérez —“Mi nombre es Diego, sin apellidos”, se presenta su personaje en algún momento—, Últimos días… viene, a resultar suerte de pesimista epílogo de la icónica y (re)conocida fábula sobre el entendimiento nacional desde la cultura compartida.

A casi 25 años de distancia, ya en otro siglo y en la (demasiado) misma Cuba, Últimos días… estructura una suerte de ucrónica secuela, donde revisita a esta pareja, más bien a su simbolismo, y urde un final alternativo que los revela en plena expiación de su valiente herejía de entonces. En cierta forma, es la misma estrategia seguida más explícitamente por Miguel Coyula y su Memorias del Desarrollo (2010) respecto a la imprescindible de Titón: Memorias del Subdesarrollo (1968). David-Miguel yace ahora aplastado, enmudecido, ninguneado bajo el peso de un status quo reacio a ceder ante los reclamos de la Historia. Un Diego no emigrante y no tan erudito agoniza, postrado en su último reducto. Aún se quieren y se apoyan mutuamente, pero nadie los siguió en su cruzada de entonces.

Quizás la más pesimista cinta de Pérez —a pesar de sus no pocos gags—, Últimos días… agudiza el patetismo que (casi siempre en el mejor sentido de la palabra) ha ido ganando terreno en su obra audiovisual. Hacia el final peca definitivamente de algunos excesos o redundancias melodramáticas que atenúan la fuerza de los personajes, sobre todo Diego. Cierto empecinamiento conclusivo de Pérez lleva a cerrar rotundamente casi todas las historias personales, restando fuerza a las dimensiones simbólicas de estas, así como la fuerza provocadora y cuestionadora que un final más “abierto” le hubiera conferido a la cinta.

Por su parte, aunque comparte semejante fatalismo trágico y su mirada minimalmente crítica sobre los queloides sociopolíticos sobre las vidas de los cubanos, los abiertos —y sobre todo forzados— propósitos melodramáticos de Ya no es antes, terminan saboteando el intimismo de la historia, que pudo ser confiada a las destrezas histriónicas de los protagónicos Isabel Santos (Mayra) y Luis Alberto García (Esteban). Las intenciones creativas del director por lograr una extroversión lacrimosa y sentimentaloide a toda costa, forzaron en la actriz un registro sobreabundante que redundó en una interpretación superficialmente exorbitante y pobremente orgánica. García delata un mayor comedimiento, no exento de lagrimeo abundante que busca regalar el dolor a manos llenas. Tal disparidad y exageración actoral terminan conspirando con un guion prolífico en torsiones dramáticas bruscas e inorgánicas, que acusan tautología y artificio extradiegético durante todo el metraje.

Hamlet regresa con esta cinta a un tópico planteado en su ópera prima Casa Vieja (2011): el “amargo retorno” del emigrado cubano a su país natal, pero en un tono más trágico y casi escatológico. Mayra es una emigrante que regresa y Esteban es su novio de la adolescencia, su primer amor, que permaneció aquende los mares, estampa de la frustración material y sentimental. Mayra no aparece menos afectada. De hecho resulta un personaje desaforado, histérico, estridente, en su errático coqueteo con el reencontrado amante, símbolo evidente de todo lo que pudo haber sido si su madre (constantemente tildada de loca por ella misma) no la hubiera arrancado de su nación en plena pubertad.

Durante la noche-madrugada en que transcurre todo el relato, se establece entrambos náufragos de orillas opuestas, una suerte de equilibrio, o más bien forcejeo o competencia por resultar el más desgraciado del momento, la víctima más extrema. Esta discusión establece un precario balance entre destinos aciagos a su propia manera. Alienación por hipertrofia una, alienación por atrofia el otro. El Diferendo Cuba-Estados Unidos escupe unas víctimas incapaces por completo de pertenecer a ninguna de estas dos orillas, con sus respectivas promesas y exigencias.

El espacio angosto del apartamento, por cuyas diferentes habitaciones no dejan de desplazarse hiperquinéticamente los personajes, viene a sugerir un laberinto claustrofóbico donde colisionan en medio del total desamparo y desorientación. Aquí viene a residir probablemente el mayor mérito de Ya no es antes, que hasta pudiera verse como suerte de reinterpretación criolla del drama de Romeo y Julieta: amantes arrastrados en pleno florecimiento adolescente del romance por el vórtice del irreconciliable conflicto político de Montescos y Capuletos del siglo XX.

A diferencia de las dos obras referidas, hacia el futuro parece mirar la sencilla, casi demasiado simple, El techo, dotada de una desafortunada visualidad “televisiva” —en cuanto a factura: arte, color, fotografía—, que acusa una puesta en escena ingenua, apresurada (¿inexperta?), nunca resultado directo de un presupuesto más o menos apretado, de una producción más o menos magra. Por lo que el apartado histriónico resulta la zona más segura de esta historia donde tres jóvenes cubanos (interpretados por Andrea Doimeadiós, Enmanuel Galván y Jonathan Navarro) se articulan en un triángulo amistoso, superviviente, esperanzado y de descubrimiento/construcción de futuridades.

Toda la urdimbre dramatúrgica está engarzada sobre una armazón humorística-amatoria que busca tanto representar el universo problémico de la juventud, como dialogar con este grupo social tan sensitivo y complejo. Aunque se susciten desbalances dramáticos entre el dueto Doimeadiós-Galván y Navarro, sobre cuyo rol se deposita toda la jocosidad de la trama: rayando la bufonada y cayendo casi de bruces en la caricatura, desfasada de sus partenaires más naturalistas.

En pos de un optimismo prístino, la directora y guionista sitúa el contexto de las acciones en azoteas citadinas casi desérticas, áridas, —suscitándose cierta (¿e inconsciente?) complicidad con Regreso a Ítaca (Laurent Cantet, 2014)—, cual esfera de aséptica idealidad e inocencia, desvinculadas del hirviente contexto ctónico de las generaciones previas. Los tres jóvenes interactúan más allá de una suerte de “punto y seguido” o “punto y aparte”, respecto a sus generaciones parentales, preteridas, atrofiadas como el padre de uno de ellos: personaje casi surrealista y más interesante de todo el espectro de caracteres, quien no puede levantarse de su cama por un motivo ignoto de guisa buñueliana.

Sin embargo, estos recursos y propósitos no llegan a cristalizar en un discurso todo lo complejo que se intuye en los inicios de la cinta, sino que todo el relato permanece en una ligereza anecdótica, a medio camino entre la alegoría nacional y la fábula púber, teen, con su consabido hatillo de fórmulas predeterminadas.


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