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Cultura y sociedad

Un paseo por la Villa de Gibara

Por: Maya Quiroga

Foto: Tomada de ficgibara.cult.cu

Con sus calles de estructura recta, sus manzanas casi rectangulares, sus colgadizos o voladizos de madera, el Fortín de la Vigía y la muralla, entre otros elementos distintivos, se alza, hace dos siglos, la Villa Blanca de los Cangrejos, un poblado costero ubicado en la provincia de Holguín, en la zona oriental de Cuba.

Cuentan que cuando el Almirante Cristóbal Colón ancló en  su bahía —donde desembocan los ríos Gibara y Cacoyugüín–, bautizó como Silla de Gibara a la mayor elevación de la localidad debido a su increíble semejanza con la pieza utilizada para montar caballos.

Hacia el final de la calle Real de la Fortaleza, hoy llamada Independencia, se produjo el crecimiento de la ciudad durante todo el siglo XIX y principios del XX. Su desarrollo urbanístico fue concebido por Francisco de Zayas, a partir de tres niveles de terrazas y de las irregularidades del litoral, lo cual facilita la comunicación con el mar.

Según el arquitecto Alberto Mora Reynaldo, –integrante del Equipo Técnico de Monumentos en la localidad–, hoy ese centro histórico, declarado Monumento Nacional en 2003, conserva en buen estado más del 50 por ciento del patrimonio edificado.

La Plaza de la Fortaleza debe su nombre a la Batería de Fernando VII, construida en el siglo XIX como parte del sistema defensivo militar de la colonia contra los ataques de corsarios y piratas.

Justo en el centro del parque principal, nombrado Calixto García Íñiguez, se alza una réplica en miniatura de la Estatua de la Libertad, que simboliza la liberación del yugo español y está dedicada a la entrada, el 25 de julio de 1898, de las tropas mambisas al mando del Coronel Cornelio Rojas.

Otros lugares significativos son la Plaza Mayor que le otorga un marco escenográfico muy singular a la villa, y la de la Cultura. Igualmente se destacan el Parque de las Madres y la de Colón. En sus inmediaciones se ubica el Hotel Plaza Colón.

Encanto le confieren a la urbe las ruinas de El Cuartelón, cuya construcción se inició en el siglo XIX, pero nunca se concluyó y hoy sus paredes permanecen como testigo de los caprichos de un gobernador de la Isla quien no quiso aportar el dinero necesario para terminar las obras.

Desde 1817 hasta mediados del siglo se erigieron las edificaciones más antiguas de la ciudad. En ellas se utiliza mucho la madera, los capiteles sencillos y la teja, entre otros elementos.

Con la construcción de la iglesia católica San Fulgencio entran los códigos de la arquitectura neoclásica, aunque conviven con los de períodos anteriores. Casi todas las viviendas cuentan con un patio interior. Un ejemplo es la sede del otrora Casino Español, hoy Casa de la Cultura.

Hacia 1902 entran en Gibara los códigos de la arquitectura ecléctica. De esa época sobresale el Hotel Ordoño, que en la actualidad ha sufrido algunas modificaciones en su fachada con vistas a su explotación por parte del Ministerio de Turismo.

Las construcciones de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, predominan en el reparto Pueblo Nuevo (El Güirito), donde coexisten edificios de dos a seis plantas, casas comunes y las llamadas petrocasas que fueron donadas por la República Bolivariana de Venezuela tras el paso del huracán Ike por la ciudad.

Uno de los lugares de visita obligada es el Museo de Arte Colonial o de Artes Decorativas, instalado en la planta alta de una construcción doméstica y uno de los mayores exponentes del estilo neoclásico. Posee en su tesauro una de las colecciones más completas de su tipo en la región oriental de Cuba: más de dos mil piezas que corresponden a los siglos XIX y XX.

En él resaltan obras de cristal y cerámica, así como esculturas y muebles de estilo, procedentes de Francia, Inglaterra y Alemania. Además, la institución atesora cuatro arcos de vidriera policromada, catalogados como los vitrales de medio punto más grandes del oriente cubano.

Varias generaciones de gibareños no conocían la sala teatro El Colonial, representativa de la arquitectura neoclásica, porque llevaba más de cuatro décadas cerrada. Durante muchos años, El Colonial se utilizó como carpintería. Preocupados por el destino del teatro, algunos intelectuales del territorio lucharon por recuperarla. Para ello recabaron el apoyo de la Comisión Nacional de Monumentos.

Una vez que la carpintería dejó de funcionar allí, un grupo de arquitectos liderados por Mora Reynaldo tuvieron la iniciativa de crear en la sala teatral un proyecto socio cultural con la presencia de trovadores. Así se pudo reabrir el teatro.

Con los fondos aportados por una delegación de la Diputación de Sevilla se recuperó la cubierta y parte del tercer nivel. Poco a poco, El Colonial va renaciendo y un día volverá a ser motivo de orgullo para los gibareños.

Sin embargo, Gibara no está exenta de las mismas problemáticas que se aprecian en otras ciudades cubanas y de allende los mares: la falta de orientación y de materiales adecuados ha llevado a transformaciones indebidas en numerosos inmuebles, tanto por sus moradores como por instituciones que le han dado un nuevo uso.

“Con la entrada de las tiendas en divisas se eliminaron puertas coloniales para sustituirlas por las de aluminio y cristal, como elemento de falsa modernidad, ello contradice el concepto de ciudad tradicional”, declara el entrevistado. Y advierte que se debe cuidar la integridad visual y paisajística de la ciudad porque ha tributado a la identidad de los gibareños. “Hay que tener en cuenta los valores tangibles e intangibles de cada sitio de Cuba”, recalca.

Paisaje marino

En opinión de Mora Reynaldo, “la inmensa mayoría de los inmuebles parten de una adaptación a las irregularidades topográficas del terreno. Desde casi todas las esquinas de la ciudad se observa el mar como cierre de perspectiva: hacia al sur, el norte y el este”.

La costa más alta de la ciudad está integrada a su arquitectura. Al respecto, Mora Reynaldo cita un artículo de la revista Oriente Contemporáneo, de 1943:

“Llamada la Villa Blanca, por la atmósfera clara y transparente que la envuelve todo el año, Gibara constituye, en efecto, un paraje de divinas bellezas naturales tanto que contemplarla desde la loma de La Vigía, que se alza airosamente al fondo de la población, equivale al disfrute de un espectáculo grandioso en el que la luz y la espuma, asociado al imponderable promontorio, es un regalo a los ojos de los mortales y a los ojos del espíritu”.

En cada una de las conchas de playa, las sociedades de recreo construyeron balnearios, algunos con piscinas naturales. En ellos existían dos áreas bien diferenciadas: una para los hombres y otra para las mujeres. No obstante, en el imaginario popular ha quedado la anécdota de que los enamorados atravesaban a nado la división artificial, para encontrarse con sus amadas o apreciar de cerca las bellezas femeninas del terruño.

Durante los años 40 y 50 del pasado siglo actuaron allí relevantes músicos cubanos e internacionales, como Benny Moré, Libertad Lamarque, Roberto Faz, el Cuarteto las D’Aida y la Orquesta Aragón. Hoy existen proyectos destinados a rescatar ese enclave y dotarlo de nuevos servicios, con fines turísticos.

La impronta de Solás

Sin dudas, la Villa Blanca es conocida en buena parte del orbe gracias a la impronta del cineasta cubano Humberto Solás (La Habana, 1941- 2008), quien fundó, en abril de 2003, el Festival Internacional de Cine Pobre de Gibara con el manifiesto de hacer un arte comprometido, con bajos presupuestos pero con un elevado nivel artístico.

Aunque el pasado año cambió su nombre con el propósito de establecer un diálogo más amplio y plural entre todas las zonas fílmicas posibles del mundo, mantiene el espíritu interactivo como lo soñó su fundador. El 14 Festival Internacional de Cine de Gibara se celebrará del 1ro al 7 de Julio de 2018.

Otros eventos de carácter cultural se han desarrollado en los últimos años en la Villa Blanca: el Festival Caverna Benavides y el Festival de Música Electroacústica Estéreo G, con sedes en la Cueva de los Panaderos y el cine Jibá, respectivamente. Sin dudas, muchos son los valores culturales que atesora este municipio, cuyo Centro Histórico Urbano ha sido propuesto como Patrimonio Mundial de la Humanidad.

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