Iván Giroud: “Cambia Cuba. Cambia el Festival”.

Sobre la inauguración de la 39 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano

Por: Antonio Enrique González Rojas. Fotos del autor

La edición 39 del Festival de La Habana fue inaugurada por su presidente, Iván Giroud, con la problematización crítica de los meros fundamentos de este evento “que está a un solo paso de arribar a sus cuarenta años”, en interacción e integración a una dialéctica cultural humana cada vez trepidante, donde “se han puesto en crisis todos los paradigmas. Mientras esto ocurre se está generando un constante entramado de producción de contenidos audiovisuales que ya no pasan, ni parece que lo necesiten, por los tamices profesionales. Van directo a la red y en ella ganan vida propia. No es contra esa realidad, sino con ella, que tendremos que interactuar. Es un gran reto para los que tenemos la responsabilidad de programar, de proponer y defender un programa coherente, un programa humanista y solidario. Un programa donde el hombre y la mujer, el ciudadano, estén en el centro, y solo con cultura, con conocimiento y sensibilidad, con visión política, podremos enfrentar esa misión”.

El Festival está a punto de pertenecer más al siglo XXI que al pasado XX, donde transcurrieron sus dos primeras décadas, así que proyección, proposición, reformulación, autocuestionamiento y repensamiento son varias de las estrategias que lo harán remontar su quinta década por venir. Según Giroud “este escalón número 39 deberá servirnos de pausa e impulso, y deberá conducirnos a nuevos puntos de partida y de transformación del festival en su aniversario cuarenta. No podemos encarar el futuro de nuestro festival de otra manera. Futuro que no podrá ser alcanzado de forma plena si no somos capaces de interpretar con objetividad nuestro presente proponiendo una lectura de la realidad que rompa con los esquemas que hemos prestablecido”.

Si bien las molduras y cánones están en hervorosa restructuración dialéctica, no significa que la anarquía sea la solución definitiva, y el Festival busca ser suma y proyección de etapas anuales de pensamiento y trabajo, cuya faz pública sería “una programación que busque, estimule y encuentre al espectador inteligente, que contribuya a formarlo, que lo multiplique. Una programación que escape a la banalidad y la simplificación. Una programación que no tema al entretenimiento siempre que no se preste a la desmovilización del intelecto”.

“Es por ello, y en busca de ayudar a formar a un ciudadano que se sienta más responsable de su sociedad”, prosiguió el Presidente del Festival, que nuestro programa anual se compromete a subrayar temas relevantes de la contemporaneidad latinoamericana. Me refiero a las migraciones, la memoria como ejercicio del rescate crítico de la historia, el deterioro del entorno, las políticas públicas y el activismo ecológico. Los desafíos de los pueblos indígenas de América, la lucha por el respeto a la diversidad de géneros, y el enfrentamiento a la violencia contra la mujer”.

Aunque a resguardo de la frigidez estadística que trata de enjaular tras barrotes cuantitativos la complejidad de procesos artísticos, sociales y políticos que confluyen en cada obra audiovisual, Giroud consideró que “en el programa del concurso de este año vale destacar un índice: 34 por ciento de los filmes son dirigidos por mujeres. Proporción que resulta sin dudas una quimera en cualquier otra latitud para una industrial globalmente dominada por los hombres. Ahora corresponderá desentrañar las historias que se ocultan tras esa cifra, la diversidad de las miradas y enfoques que estas obras nos entregan. Quiero aclarar que estas obras forman parte del programa por mérito propio, no por forzadas cuotas de representatividad”.

Nunca las películas y realizadores que anualmente se citan en La Habana se han sumergido en el mismo Festival, que persigue ser (¿conscientemente?) un work in progress, una obra procesual, en vez de un baluarte inamovible y tozudamente resiliente contra cuya sordera se estrellen las corrientes de la existencia y la creación. “Ha pasado el tiempo, ha cambiado el mundo”, subrayó en las postrimerías de sus palabras Giroud. “Cambia Cuba. Cambia el Festival: un evento que se ha ido transformando al paso del tiempo motivado por circunstancias de todo carácter. Ha sido esta una lucha tenaz de la que hemos salido fortalecidos. Hoy tenemos más claro cuál es el camino. El camino es la defensa de los objetivos estratégicos, aquellos que definieron y trazaron los fundadores”.

“En el discurso inaugural de nuestro segundo festival, en 1980, Alfredo Guevara se preguntaba: ¿Qué permanece vigente en el Nuevo Cine Latinoamericano? ¿Qué circunstancias, qué nuevas tareas, qué nuevas posibilidades se abren alrededor del creador cinematográfico? Las preguntas fueron hechas. Y el Festival, en su andar, ha contribuido a responderlas. Ese es el camino”. La pregunta como preferible opción a la rotundez de la aseveración. La duda antes que la rígida afirmación.

Imposibilitado de asistir personalmente a la entrega del Coral de Honor con que el Festival reconoce su impronta audiovisual en el contexto brasilero y latinoamericano, el cineasta Carlos (Cacá) Diegues envió un breve mensaje que fue proyectado tras las palabras de Giroud, con aires de remembranza y homenaje.

“Mis queridos amigos: La primera vez que fui a Cuba, en 1981, fue porque había sido nombrado presidente del Jurado del Festival de La Habana que galardonó con el Coral de Mejor Película a Eles não Usam Black-Tie (1981), de nuestro gran cineasta Leon Hirszman”, inició el director de Xica da Silva (1976) y Bye Bye Brasil (1980). “Me recuerdo que mi encanto por La Habana no se resumía a una inevitable solidaridad social y política sino que se extendía también a un amor sincero por todo lo que veía, oía y probaba por la ciudad.

“Un día nos llevaron para almorzar a la famosa “La Bodeguita”, donde Ernest Hemingway pasara gran parte de su vida bebiendo y escribiendo. Tomados por la comida que nos servían y por las canciones que oíamos, mal percibimos que nos embriagábamos un poco con el generoso ron que bebíamos casi sin pausa”.

“Al final de la tarde, al dejar por fin La Bodeguita, con el Sol desvaído y las sombras nocturnas tomando la ciudad, miramos alrededor los declives y la gente que subía y bajaba, moviendo la cadera y sonriéndose como que para nadie. Leon abrió los brazos y, con su eterna voz dulce me preguntó susurrando: ¿Cómo es que de repente estamos en Bahía? Estábamos en un lugar que conocíamos bien sin que nunca hubiéramos estado allí. Un lugar con el que podíamos dividir nuestros sentimientos y nuestros recuerdos, nuestras ideas y nuestros actos, un lugar donde todos nos entendería muy bien porque estábamos entendiendo a todos”.

“Que me perdone Leon Hirszman, pero los cubanos no se parecen solo a la gente de Bahía, sino a toda la gente de Brasil, independiente de la región o etnia. No hay otro lugar en el mundo en que yo me sienta como en casa. Y esa sensación se hizo más profunda a medida que fui conociendo mejor el cine cubano y sus maestros de todas las generaciones. Quizás, por eso, nos entendamos y siempre nos hemos entendido tan bien. Nunca, a lo largo de toda la historia del cine latinoamericano moderno, los cineastas brasileños y cubanos estuvimos en campos distintos y mucho menos, opuestos”.

“Ahora estoy aquí en espíritu y corazón para recibir este Coral de Honor que quisiera dedicarlo a Alfredo Guevara, Julio García Espinosa y a Tomás Gutiérrez Alea, el Titón. Estos tres maestros, cada uno a su manera, ayudaron a crear un nuevo cine latinoamericano, cuyas consecuencias permanecen vivas, hoy, en las nuevas generaciones de nuestros países”.

“Del fondo de mi ser les agradezco inmensamente, así como al Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y a todos ustedes. Para mí este homenaje será, para siempre, inolvidable”, concluyó.

De Brasil fue la cinta escogida para proyectar: O filme da mina vida (La película de mi vida, 2017), del también actor Selton Mello.

 

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