El cine está cambiando

Por: Rafael Lam

Con información de: El Espectador y AFP

Todo parece indicar que el cine está enfilando hacia la realidad virtual, en este
siglo XXI, ya los cambios son tan asombrosos que nadie sabe hacia dónde van
dirigidos la televisión y el cine. Las nuevas tecnologías van a un ritmo
trepidante; los espectadores van siguiendo esos nuevos inventos que ponen el
arte o el pseudo-arte en la misma casa, en la calle y en cualquier lugar.
Sin embargo, y eso es algo que los estetas, siempre han previsto, de
manera alarmante, cuál será el poder de “abstracción” de ese público no
preparado para los cambios. ¿En qué medida podríamos preparar a ese
público?
Ya en el Icaic se habla de nuevos programas y de nuenos orientadores
que puedan ayudar en la comprensión de ese nuevo cine. En otros tiempos
recordamos el espacio 24 por segundos.
En ese sentido, el cine ha ido por delante de la música en cuanto a la
orientación estética; a pesar de que también la música está en el continium de
la vida de la gente.
Pero, volviendo a los cambios en el cine, la nueva era del cine hacia la
realidad virtual sigue siendo algo que le mueve las neuronas a los
investigadores, empresarios y técnicos.
Cuando el cine comenzó, la perspectiva del espectador emulaba la
visión que se tenía desde una butaca de teatro, pero el montaje se transformó a
partir de las variaciones del valor de cada plano, mutando la experiencia de
ver cine con la posibilidad de poner el “ojo” desde una cantidad
innumerable de perspectivas.
Muchos visionarios aportaron innovaciones en la forma de contar una
historia y hacer que los espectadores soñaran con nuevos efectos especiales.

Ya en 1902, Georges Méliès llevaba técnicas de la magia al lenguaje
cinematográfico, con recursos como el StopTrick, que hoy es aprovechado por
usuarios como Zack King, con más de 3 millones de seguidores. Pero los
hábitos de consumo de cine fueron disminuyendo notoriamente en los últimos
años. Frente a este escenario, hubo hace tiempo una gran apuesta por el cine
en 3D para recuperar a los espectadores, ofreciendo algo que desde sus
sillones no podían experimentar, pero la realidad es que la oferta de
contenidos desde Netflix, por ejemplo, permitió una individualización
fenomenal para elegir qué ver, en cualquier momento y casi desde cualquier
lugar.
Las redes sociales también fueron marcando un camino cada vez más
audiovisual. Vine, Snapchat, la autorreproducción de los videos de Facebook,
la incorporación de videos en Twitter e Instagram, el boom de Dubsmash, los
videos en 360º de Youtube, y ahora el streaming en vivo gracias a
aplicaciones como Periscope. De esta manera nos fuimos acostumbrando a
consumir audiovisuales todo el tiempo, desde distintas plataformas, ya no solo
como espectadores sino también desde la producción e interactividad.
Los medios para producir contenidos también vivieron un proceso de
democratización asombroso, donde hoy por hoy las cámaras de celulares
brindan una calidad más que respetable y adquirible. Y ejemplos como
Tangerine, una película filmada con un iPhone reconocida en el Festival de
Sundance, son cada vez más frecuentes.
De esta manera y con estos antecedentes que todo está preparado para
entrar en una nueva era cinematográfica, será a través de la realidad virtual.
La apuesta de Facebook con OculusRift, Google con su Cardboard,
PlayStation con su Proyect Morpheus, The Void con Rapture HMD, son claros indicios de un enorme paso hacia una nueva era virtual donde los paradigmas en el lenguaje audiovisual empiezan a estar solo limitados por la imaginación.
Los cambios son espectaculares, no podemos quedarnos obnubilados,
hay que alentar nuevos temas más edificantes; todo no puede ser efectos,
choques espectaculares, asesinatos a trocha y mocha. Hay que adicionarle al
arte visual las enseñanzas indirectas que requiere el medio. Temas que nos
hagan reflexionar sobre los asuntos más urgentes de nuestro tiempo.
Recuerdo ahora, hace tiempo, una película amorosa en París que nos
hacía comprender la necesidad de la búsqueda de la media naranja; esos temas
que hoy día cada vez se alejan más de las grandes ciudades industriales.
Agota un poco ese cine que no nos ayuda a pensar, a meditar, hay
mucho de qué hablar, hay mucho de lo que debemos ocuparnos hoy día. Las
acciones trepidantes llegan a marear. Hay que hacer un cine para el disfrute
total. Una vez más hay que alentar a los escritores a los guionistas (los menos
compensados, los menos reconocidos).
Seguramente que en los nuevos festivales de cine, cuando la pesadilla
de la pandemia haya pasado, podamos reflexionar sobre estos temas que no
deben quedarse en los eventos y deben estar a disposición de los interesados.

Tarantino durante el rodaje de ‘Django desencadenado’. / AFP

Gracias a la llegada del cine digital, la industria cinematográfica ha sufrido
una revolución como pocas en su historia. Quizá desde la aparición del color
en las pantallas no había ocurrido un cambio tan significativo en la forma de
hacer y ver cine. Hoy en día, la posibilidad de hacer una película no está
restringida a unos pocos directores que cuentan con el apoyo de un grane studio que financia sus proyectos. De hecho, cada vez son más comunes las
películas realizadas con un presupuesto reducido, lo cual hace algunas décadas era completamente imposible.
Esta nueva forma de hacer cine ha reestructurado la industria cinematográfica
a tal punto que ha generado opiniones muy radicales. Tal es el caso del
director Quentin Tarantino, quien en varias ocasiones ha hablado de esta
nueva era como la muerte absoluta del cine. Pero, por otro lado, hay
realizadores jóvenes, como Lena Dunham, que reconocen la importancia y las
ventajas de la tecnología digital para la promoción de nuevos directores y
propuestas.
Pero esta nueva era del cine no afecta solamente a aquellos que lo producen,
sino también a aquellos que lo consumen. Hace algunos años sólo había dos
posibilidades para ver una película: ir a un teatro o alquilarla (o comprarla) en
DVD. Había que esperar pacientemente a que llegara a los anaqueles de
Blockbuster, Betatonio o Art DVD la película que uno había anhelado por
meses. Hoy en día las posibilidades son infinitas. La digitalización permite
que el cine haya diversificado sus formatos y las posibilidades de
experimentarlo. Una película puede ser vista en un iPad, en un celular, en una
pantalla de televisión o de computador y puede ser comprada por iTunes, vista
por HBO o en Netflix.
Estos nuevos sistemas de reproducción no sólo han cambiado la experiencia
cinematográfica, sino que han desdibujado las fronteras existentes entre el
cine y la televisión. Directores de la talla de Martin Scorsese, Steven Spielberg
y David Fincher han hecho la transición a la pantalla chica. Y es que la
industria televisiva se ha desarrollado de tal manera que ofrece a los  televidentes una infinidad de proyectos: series, miniseries, realities, películas, programas de variedades, documentales, etc.
De hecho, desde hace varios años se habla de una edad dorada de la televisión,
en la que las cadenas privadas y públicas han florecido con proyectos
comparables con las cintas más destacadas del cine mundial. Un buen ejemplo
de la calidad de los proyectos televisivos es la película sobre el pianista
Liberace, Behind the Candelabra, con la cual Steven Soderbergh decidió
probar suerte en la pantalla chica ante la imposibilidad de poderla vender a los
grandes estudios. La cadena HBO se interesó en el proyecto y decidió
financiarlo. Behind the Candelabra se convirtió en una de las primeras
películas para televisión en hacer parte de la selección oficial del Festival de
Cannes. Adicionalmente ganó el Emmy y el Globo de Oro a mejor miniserie o
película para TV.

¿Se justifica el afán por el éxito?, pregunta el filósofo Michael J. Sandel

Es curioso que, a pesar de las posibilidades que brinda la televisión, el plan de
ir a cine sigue vigente. De hecho, el mercado cinematográfico sigue siendo
uno de los más estables y rentables del mundo. Esto se debe a que las salas de
cine son dotadas constantemente con nuevos inventos que intentan maximizar
la experiencia cinematográfica, como, por ejemplo, las películas en 3D y las
salas con tecnología D-BOX (sillas con movimiento incorporado y efectos
táctiles y olfativos). El cine en 3D es uno de los inventos más eficientes para
atraer a las personas a los teatros. Tan es así que las diez películas más vistas
de 2013 fueron todas exhibidas en tres dimensiones.
Pero estas innovaciones tecnológicas no controlan la totalidad del mercado, ya
que muchas personas prefieren ver cine de la manera tradicional: en dos
dimensiones y en asientos estáticos. Prueba de esto es que películas como
American Hustle, We Are the Millers y The Conjuring también estuvieron
entre las más vistas del año pasado, a pesar de no ser rodadas en 3D.

Pero, sin duda, el mercado audiovisual ya no se exhibe solamente en teatros,
sino que hace parte de un sinnúmero de dispositivos y sistemas del mundo
contemporáneo. Gracias a los smartphones, las tabletas y los televisores
inteligentes, empresas dedicadas a exhibir películas y series por internet (vía
streaming) están en la cúspide de la industria. Netflix es quizá la empresa que
se ha posicionado con mayor contundencia en este mercado, ya que, al finalizar el mes de marzo del presente año, contaba con más de 48 millones de usuarios en todo el mundo. Netflix ofrece la posibilidad de ver un número ilimitado de películas por el pago de una tarifa mensual.
En los últimos años, Netflix ha expandido su mercado a la creación y el
desarrollo de series exclusivas para sus usuarios. Tal es el caso de Orange Is
the New Black y House of Cards, las cuales se han convertido en dos de los
seriados más importantes del momento (ambas están nominadas como mejor
serie en los premios Emmy de este año). A diferencia de las series
transmitidas por cadenas televisivas, ambas estrenan todos los capítulos de la
temporada al mismo tiempo, por lo que los televidentes no tienen que esperar
cada semana para ver un nuevo capítulo. Tal ha sido el éxito de Netflix, que
cadenas como HBO y Showtime han creado servicios similares de streaming
en internet para colgar sus proyectos.
Los colombianos ya tienen la posibilidad de hacer parte de esta nueva etapa de
la industria audiovisual. Desde 2011, Netflix ha funcionado en Colombia, al
igual que HBO Go para los usuarios de Directv. Si bien el contenido
disponible para América Latina es todavía bastante limitado, hay una gran
variedad de títulos para entretener al público colombiano. Pero, a pesar de la
acogida que ha tenido Netflix, en Colombia los servicios de streaming piratas
dominan el mercado, ya que muchas personas prefieren ver películas gratis
por internet que pagar una suscripción mensual. La web está llena de páginas
no oficiales que tienen al servicio del público las últimas películas de
cartelera.
Pero incluso los servicios piratas de streaming son prueba del cambio
sustancial que se está dando entre el público a la hora de ver cine y televisión.
Es interesante ver cómo la industria se ha ido adaptando para satisfacer las necesidades cambiantes del público. Asimismo, estamos en una era que les permite a los realizadores jóvenes e independientes desarrollar proyectos que, de no ser por el cine digital, no podrían ser llevados a cabo sin el respaldo de
un gran estudio. Falta ver cuáles serán los resultados a largo plazo de esta revolución, pero por el momento solo cabe disfrutar de la inmensa cantidad de contenidos audiovisuales de calidad que tenemos a nuestro alcance.

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