Coctel mexicano para un reordenamiento

Por: Berta Carricarte

Premiada con el Coral Especial del jurado en el Festival de La Habana, Nuevo Orden (2020) la más reciente película de Michel Franco, parece el capítulo final de una explosiva miniserie. Demasiados incidentes, harto desborde de sucesos, promiscuo despliegue de acciones, una catarata de eventualidades, que no eran necesarios para hablar de un núcleo conceptual básico, extremadamente simple. La película no es, sino una fantasía apocalíptica sobre el caos que cunde en una sociedad regida por la violencia y el dinero. ¡Vaya novedad!

Y en su propia construcción como texto fílmico juega con ese extravío de circunstancias. Sin embargo, cautiva al público porque se monta un guirigay de situaciones que no dan respiro desde aquel primer plano frontal de una mujer desnuda chorreando tinta verde. La primera secuencia, en la que se desaloja una sala de hospital con enfermos graves, para ingresar a otros con igual nivel de gravedad, ya nos presenta el absurdo como estrategia narrativa. 

Constantemente estás preguntándote y ahora qué, y entonces… Y la película te da más golosinas, chatarra, malbouffe, a través de sucesos que se encabalgan en una interminable secuencia de tiroteos, asaltos, asesinatos, violaciones, torturas, ejecuciones, chantajes, felaciones y traiciones.  El pandemónium bendito. A gozar de aquí al apocalipsis, porque todo se urde bajo apariencia: el personaje en apuros, la chica caritativa, los sirvientes buenos y los malos, los ricos bandoleros y los bandoleros bien pobres. Hasta que, por fin, cierra la cadena de eventos, cierra el círculo del terror, en una de las escenas más repugnantes desde el punto de vista simbólico, pues todos los estratos concurren, adonde apenas se distinguen víctimas de victimarios, en una ceremonia de duelo, plena de marcialidad para celebrar (¡qué sé yo!) ¿el fin del mundo moral?

El público no se identifica, se entrega, se despacha acríticamente con lo que ocurre, lejos del ejercicio consciente de sopesar el valor ético de lo que está aconteciendo, arrastrado por la avalancha de acciones cuyo contenido no hay tiempo para dirimir.

Camila Osorio, una periodista colombiana que reside en México, ha escrito todo lo que es necesario saber de Nuevo Orden, en un «se tenía que decir y se dijo». Muy contrastante con lo que observa Víctor López G. en su artículo cegato y adulador.

Así va la controversia frente a una obra como esta. Según me concierne, no puedo celebrar sus excelencias formales, su perfecta construcción argumental, su excelente ritmo y espectacular clausura, su virtuosísima dirección de arte en la cual se destaca el diseño de vestuario; la rigurosa dirección de actores sobre la base de un casting perfecto. Y sobre todo la embriagadora sensación de hundimiento emocional, que domina a cualquier espectador frente a un cine hecho para gozar el terror, el suspense, la acción bendita, sin dar tiempo ni deseos para pasar del efecto narcótico a la reflexión.

No puedo aplaudir tanto buen gusto para enceguecer y confundir, sin recordar que no da lo mismo ser millonario y corrupto, que indigente y sicario. Tampoco da lo mismo ser manifestante pro derechos humanos que esbirro, activista social que banquero, traficante que destripaterrones, policía que guerrillero, anarquista que paramilitar, sirviente que ladrón, oligarca que mercenario. No, señor Franco, no.

No puedo aplaudir un cine que se sirve del caos de la sociedad actual para lucrar con nuestras inconformidades mientras siembra el terror al cambio. No me interesa el cine panfletario, pero tampoco respondo a las apologías de del cine pornopolítico, emancipador de la corruptela, con el pretexto de que más vale malo conocido que bueno por conocer.

Abanderado de la postura más reaccionaria que pueda asumirse desde el discurso fílmico, Nuevo orden invita al inmovilismo, el estancamiento y la parálisis social.  El cuadro dantesco que ofrece de las multitudes, zombis desesperados por arrebatarle a mordidas el poder a los ricos, pone el grito en el cielo, con su canto a la represión, al control totalitario, al pregón nihilista desde el sofá pequeñoburgués.

Una de las estrategias más socorridas por filmes de esta calaña es la ambigüedad moral de los sucesos y la ambivalencia ética de los sujetos actuantes. Este coctel mexicano que ha empedrado de falsas lentejuelas y burdas intenciones el camino hacia el espectador, nos invita a sentir, sin discriminar.

Repugnancia de quienes protestan, asco y pavor de los más humildes; aborrecimiento y antipatía por los militares, desprecio por la criada y el indigente. Desconcierto general en cuanto a quién es quién, qué quiere cada cual, cuáles son los fundamentos de la manifestación popular (si es que hay una manifestación), qué nivel de contubernio o complicidad hay entre todos y de qué lado sopla el bien y de qué emporio brota el mal.  Relativizado el contexto, casi todos quedan como criminales. Limpio, nadie, ni siquiera los que, frente a la pantalla, nos preguntamos Nuevo orden de qué y para quién.  

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