Ana. Sin título, el desboque de la intensidad

Por: Berta Carricarte

Los traumas vividos bajo los regímenes militares totalitarios que dominaron América Latina en la segunda mitad del siglo XX, seguirán siendo tema de filmes y documentales mientras quede una herida por sanar, un desaparecido al que prestar voz, una madre-abuela de Plaza de Mayo por escuchar, un sobreviviente de torturas que redimir, o un ciudadano o ciudadana con vergüenza, y capaz de empuñar una cámara para evitar que la historia se repita.  

Ese es un poco el espíritu que anima un filme como Ana. Sin título, dirigido por Lucía Murat. La cinta brasileña en coproducción con Argentina, México, Chile y Cuba, cuenta sobre la pesquisa de Stela (Stella Rabello), una actriz brasileña, que decide realizar un trabajo a partir de las cartas intercambiadas entre artistas plásticas latinoamericanas de diversos países, en las décadas del 70 y el 80 del siglo pasado. Para ello viaja a Cuba, México, Argentina y Chile siguiendo el rastro de Ana, una joven coterránea, que formó parte de ese mundo, como activista política asociada a las artes visuales. El reto de Stela es encontrarla. Saber qué ha sido de ella. Con producción de la propia Lucía Murat, y guion suyo junto a Tatiana Salem Levy, la cinta se inspira en la obra teatral Hay más futuro que pasado.

Aunque resulta un filme interesante para quienes perseguimos el cine de mujeres, es decir, propuestas estéticas audiovisuales de contenido hasta cierto punto experimental, asertivo, descolonizador y antipatriarcal, realizado por mujeres, este caso no estaría entre los más celebrados. La cinta no se libra de un ritmo dramático muy irregular, con un cierre que se dilata demasiado, sin aportar nada nuevo. En síntesis, es un filme que reivindica el pensamiento revolucionario de izquierda, centrado en la actividad artístico-política de un personaje ficticio, que es Ana, con breves momentos de clarividencia expresiva y un tono predominantemente panfletario.

La cineasta Lucía Murat estuvo comprometida en la lucha frontal contra la dictadura militar que gobernó Brasil entre 1964 y 1985. De esa suerte sufrió cárcel y torturas, experiencias que de alguna manera ha vertido en su extensa producción cinematográfica tanto documental como de ficción.

En 2017 se había presentado en el Festival de La Habana con su largometraje de ficción Plaza París, obra centrada en las complejidades sicológicas de Gloria, una mujer pobre habitante de la favela, que de pronto ha sido “elegida” para recibir asistencia profesional. Gloria comienza a asistir a la consulta de Camila, una joven psicoanalista portuguesa, cuya percepción de la realidad social brasileña comienza a transformarse, en la medida en que escucha las confesiones de Gloria, o sus simples relatos de la vida cotidiana, dura y hostil.

Por su parte Ana. Sin título, la película con la que Murat compitió en el más reciente festival habanero, constituye un ejercicio arriesgado desde el punto de vista formal, pues intenta conciliar un diálogo entre documental y ficción que no logra cuajar del todo. La cinta da bandazos entre las interpelaciones a sujetos reales, que nunca se asumen como personajes dentro de una diégesis, y el relato imaginario sobre una mujer de la que se nos muestran fragmentos, presuntos registros filmográficos o videográficos de su actividad artística. 

Lo mejor de la película llega precisamente de la mano de Roberta Marques do Nascimento, conocida como Roberta Estrela D´Alva, actriz, investigadora, promotora cultural y poeta, quien tuvo a su cargo encarnar a Ana. Dotada profesionalmente para recrear las fantasías performáticas de su personaje, Roberta posee una fuerza escénica extraordinaria, y un ímpetu interpretativo impresionante. Por la naturaleza minimalista y representacional, así como por el uso del cuerpo, con alto grado de conceptualismo, según se describe la actividad del personaje, recuerda las maniobras creativas de la escultora, pintora y videoartista nacida en Cuba y fallecida prematuramente en Estados Unidos Ana Mendieta.

Queda claro que Ana, como entelequia es una suma razonable de muchas artistas que se volcaron contra el fascismo latinoamericano de décadas pasadas, y expusieron su cuerpo y su arte para defender sus ideales revolucionarios. Si bien resulta convincente el punto de vista deslumbrado y catártico que sostiene Murat a través de su protagonista, la sumatoria de “cualidades” centradas en una figura mítica que se opone al paradigma clasista, racista y misógino burgués, llega a sofocar la inteligencia de cualquier público, al violentar la credibilidad ficcional de ese relato: esta mujer negra, lesbiana, pobre, tercermundista, militante y finalmente marginal, que muere absorbida en el misterio de su precaria vejez, padeció todos los escarnios posibles, todas las lastimaduras imaginables. Demasiada intensidad para un solo ser humano.

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