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Una sorpresa documental: Brouwer. El origen de la sombra

Por: Maya Quiroga

Una de las grandes sorpresas de la venidera Muestra Joven ICAIC será, sin lugar a dudas, el largometraje documental Brouwer. El origen de la sombra (Producciones Moebius, 2019), de las realizadoras Lisandra López Fabé y Katherine T. Gavilán, que conduce al espectador de la mano de Leo Brouwer, importante compositor, guitarrista, percusionista y director de orquesta, nacido en La Habana, el 1ro de marzo de 1939.

En 68 minutos las realizadoras logran penetrar la intimidad del hogar de Brouwer, quien acaba de cumplir 80 pero sigue tan vital y creativo como el primer día. Tal como dice la sinopsis del documental, Leo es un constante cuestionador de este filme donde va pautando lo que le es imprescindible develar a esta altura de su vida, con una mirada reflexiva y, en ocasiones radical, sobre diversos tópicos. “Esta película es un regalo para Isabelle (Hernández)”, advierte signado por el amor y el dolor hacia su tierra.

Un equipo muy reducido –integrado solo por cinco especialistas todos amantes de la guitarra y la música de Brouwer–, logró establecer una comunicación empática total con el hombre que confiesa haberse acostumbrado “a vivir solo porque estar solo significa profundizar en el pensamiento, en el entorno”. Leo, en su infinita soledad, es capaz de discriminar la buena de la mala composición musical.

El guitarrista asegura que ha aprendido mucho a través de la radio y que toma como punto de partida y motivo la herencia de la música afrocubana. No puede existir sin estar rodeado de la pintura producida en su terruño ni alejado de su jardín, diseñado con sus propias manos.

Brouwer. El origen de la sombra no es un documental del tipo interactivo a la usanza tradicional, ni un monográfico homenaje al estilo biopic, tampoco se puede enmarcar dentro del llamado slow cinema o cine contemplativo aunque, de cierta manera, se vale de esos elementos porque lo anecdótico está en función de lo sensorial. El filme es una suerte de rara avis en el panorama audiovisual contemporáneo.

Se trata de una obra de muchas connotaciones, llena de poesía, con un ritmo interno de los planos muy lento que hace reflexionar al espectador. El fotógrafo Alejandro Alonso muchas veces emplazó la cámara fija mientras Leo entraba y salía del cuadro a su antojo.

Desde la estética, la fotografía está marcada por angulaciones inusuales, se apela al close up, a cierta tipo de cámara que pudiera ser subjetiva –porque “espía al personaje” como si fuera un voyeur– o donde se advierte cierta profundidad de campo para no interrumpir al creador en sus cavilaciones.

El maestro Leo prácticamente no habla a la cámara. En ocasiones vemos un retrato de su imagen a través del reflejo en cristales o espejos mientras escribe una partitura y se escucha una voz en off: la voz interior del personaje que muestra su espiritualidad, su conciencia reflexiva acerca del devenir de la nación o lee en inglés, frente a la cámara, su declaración de principios como ser humano social.

Uno de los aspectos más difíciles de lograr en este filme fue su montaje interno para que no se vieran los cortes en un documental muy complejo tanto por su composición como por su puesta en escena, todo el tiempo marcada por el histrionismo de Brouwer. Por lo tanto, es un documental de autoría compartida. Así lo confesaron los realizadores en un encuentro que tuvo por sede la sala Terence Piard de la Muestra Joven ICAIC.

Para materializar este filme Katherine tuvo que establecer una relación previa de casi tres años con el músico lo cual le permitió alcanzar el nivel de intimidad que se respira en el documental cuya idea siempre fue producir un acercamiento al proceso creativo de Leo de cara a su cumpleaños 80.

La escaleta original de Lisandra estuvo lista a fines de 2017 pero una vez a punto de comenzar el rodaje sufrió una total reescritura sobre la marcha de los acontecimientos. La guionista tenía en mente realizar una suerte de road movie a través del viaje físico o interior de Leo como un regalo de celebración por sus ocho décadas de prolífica existencia.

En total se filmaron 22 horas de metraje durante diez días. Luego, el montaje transitó por el normal tiempo de caos, de directoras y editor. A lo largo de dos meses se realizaron doce cortes de edición hasta lograr el resultado definitivo.

La dirección de sonido corrió a cargo de la experimentada Delia Díaz de Villalvilla, el montaje fue de Enmanuel Peña, la corrección de color de Nancy Angulo y la producción de Katherine T. Gavilán.

Brouwer. El origen de la sombra contó para su producción con el apoyo del proyecto Voces Itinerantes, Ediciones Espiral Eterna, el grupo de trabajo Restauro Habana, de la Oficina del Historiador de la ciudad, la Oficina Leo Brouwer y la Embajada de Noruega.

Leo Brouwer, considerado una leyenda viva de la guitarra cubana del siglo veinte, fue el principal gestor del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Sus bandas sonoras para cine suman más de doscientas. Entre todas ellas sobresale la música compuesta en 1968 pare el filme Lucía, de Humberto Solás que, en opinión del periodista y crítico Joel del Río “constituye una especie de correlato de las tres historias”.

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