Para que el mundo sea mundo tiene que haber Nido de mantis

Por: Berta Carricarte Melgarez

La mujer atendía a los dos con sumisión bestial.

La intrusa, Jorge Luis Borges.

 

Estrenada el 20 de octubre de 2018, en conmemoración del Día de la Cultura Nacional Nido de mantis, es el más reciente largometraje de Arturo Sotto. Director experimentado, autor de obras memorables como Pon tu pensamiento en mí (1995) y Amor vertical (1997), ahora escribe y dirige el guion de una historia un tanto singular en el panorama cinematográfico de la Isla; un filme sobre bajos instintos, debidamente condimentado con su cuota de intriga policial.

Empiezo por decir que es una película que atrapa por el tema y por su estructura argumental. El relato sobre una mujer que vive con dos hombres durante largos años, en un batey azucarero perdido a la vera de Macondo City, despierta curiosidad. Y si el filme se inicia con la muerte de los susodichos, en circunstancias extrañas, ya eso basta para que la audiencia quiera saber cómo se desenreda la pita. Por su naturaleza dramática, la cinta se codea con el thriller pasional, la comedia de situaciones, el melodrama kitsch y la sátira social. Digamos, además, que recorre unos cuarenta años, tomando como telón de fondo ciertos acontecimientos de la historia de Cuba entre 195… y 1994.

¿Las actuaciones? Comme si comme ça. A veces fatales, como en el caso de Yara Massiel, quien encarna a Elena, nunca mejor nombrada si, como la Helena de Troya, constituye motivo de confrontación bélica entre dos hombres obsesionados con poseerla. Parecía una arriesgadísima decisión, poner en manos de una actriz inexperta el protagónico de un filme de convencional triángulo “amoroso”. Sin embargo, la torpeza, acartonamiento, extravío total del personaje fueron armas insustituibles en la conformación de un sujeto femenino, que vive más en la mente de quien lo inventó, que en cualquier realidad posible de este variopinto planeta. Primero, tenía que ser una guajirita, porque en el imaginario popular cualquier guajirita pasa por tonta, y si es tonta está muy bien que sea torpe, lerda, manipulable, insegura, debilucha, patética, ridícula y llorona. Después, tenía que ser una mujer con escasa presencia escénica, o al menos, privada de lo que según Marcel Martin, es la fotogenia para Louis Delluc; es decir, “ese aspecto poético extremo de los seres y de las cosas, capaz de revelársenos por medio del cine” (M. Martin. El lenguaje del cine). Así se llega a un sujeto que encaja perfectamente en un estereotipo de feminidad que la presenta vulnerable, juguete masculino que se invisibiliza a partir de su falta de acción y reacción en la trama, pues cuando toma una decisión, implica su aniquilamiento.

Por otra parte, es muy triste ver a un actor como Armando Miguel Gómez, batido con Tomás, un personaje tan amargamente criollo, estereotipo de machango, que él intenta sacar a flote con sus mejores armas, pero que está irremediablemente sofocado por la penosa carga de una ética cavernaria, venida de allá lejos, del tercer cuento de Lucía (Humberto Solás, 1968). En cuanto al “ilustrado” (más que ilustre) Emilio, interpretado por Caleb Casas, el actor parece ajustarse al tono que demanda su personaje; interiormente posee la elegancia para asumirlo, y justo el temple para defenderlo, pero, aquí viene el detalle que empañó su talento, el diseño de su personaje (en lo que a dirección de arte respecta) ha sido tan descuidado que, durante mucho tiempo se le recordará como el burgués peor vestido del cine cubano.

Para decirlo rápido y sin dolor, tengo la impresión de que Nido de mantis está dominada de principio a fin por una perspectiva conservadora, donde la óptica machista se pasó de castaño oscuro.

Nido de mantis cuenta la historia de dos hombres encaprichados sexualmente en la misma mujer, y de una mujer que acepta ser objeto sexual de aquellos. Aunque en la película se menciona en tres ocasiones diferentes la palabra amor como causa del dolor, la infelicidad, la rabia, la insatisfacción, la violencia, la desventura, la miseria humana, la envidia, y el desamor en que viven estos tres seres humanos, el amor no puede encabezar ninguna de esas causas, porque en sí mismo las excluye a todas; aunque los maltratadores y los machistas, los tiranos y los dictadores, los torturadores y los serial killers, los pandilleros y los asesinos quieran hacerle creer al mundo lo contrario.

De un lado Emilio, el burgués, frívolo, rodeado de lujos y confort, paciente, persistente, ajeno a la revolución, al Partido y a Fidel. Del otro, el tipo humilde, rebelde y miliciano, mujeriego, bebedor, farandulero, gozador de los mundanos placeres y aspirante a cineasta. En el medio, la Cenicienta o manzana de la discordia que salvo algunos momentos en que grita histérica (para eso es mujer) “¡ya no se peleen más…!”, el resto del tiempo se somete a una violencia doméstica que cuando no es física no deja de ser sicológica; porque dos hombres que se muelen a piñazos por “una hembra”, colocan un signo de culpabilidad tácita sobre la cabeza de esta mujer. En Nido… esos episodios están exacerbados, llevados al plano de circo romano, de pelea de perros por la perra. Se llega incluso a tratarlos con una especie de comicidad morbosa. ¿Por qué?, porque la culpabilidad de la mujer es directamente proporcional a la violencia que desata su condición de trofeo anhelado. Hasta que ella no ve ¡pobrecita! otra salida que matarlos y matarse.

Si la mantis religiosa es esa araña que devora al macho durante la cópula, un nido mantis no es otra cosa que un conjunto de arañas devorando machos a diestra y siniestra, en satánico encuentro sexual. ¿Eso son las mujeres del filme? La “perra” (Claudia Álvarez) amante del fiscal (Yadier Fernández); la “zorra” de Azúcar (Amelia Fernández), a quien el pueblo califica de “puta, igual que su madre” y quien, en un pestañazo, “obliga” al fiscal a tener sexo con ella. La propia Elena, que es expulsada de su casa por “inmoral”. Todas mantis.

¿Nido de mantis? ¿En pleno siglo XXI? Después de los famosos tríos porno de Jenna Jameson; después de una película como Love (Gaspar Noé, 2015) o de Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) y tantas otras; después de las hermanas Wachowsk. ¿Nido de mantis? Después de El profesor Marston y la Mujer Maravilla (Angela Robinson,  2017); después de la prefiero compartida, aquella vieja canción de Pablo Milanés. ¿Pero qué pasa, hay que viajar a la semilla irreversible de Benjamin Button?

Una cosa es contar una historia peculiar de desamor, egoísmo y brutalidad machista, y otra muy distinta suscribir la paranoia heterosexista, disfrazándola de auténtica pasión. Hay que ver cuánto veneno fálico supura aquella parábola dictada por el personaje de Luis Alberto García, (actor que tanto estimo), vestido de auténtico canalla troglodita y misógino, que corona su dominio de tan perverso señor, con la moraleja que cierra el filme: En síntesis, Elena no puede (o no pudo) salir de su condición de mujer sometida a la voluntad, arbitrio y violencia a que fue sometida durante años por dos hombres, simplemente porque… se acostumbró. Ese es el argumento esencialista número uno para justificar la violencia de género.

En eso Nido… parece casi coincidir con la tesis que plantea La buena esposa (Björn Runge, 2017), donde una mujer soporta, el peso de su humillación en aras de salvar la honra de la familia, cuyo bastión es el marido, incluso después de muerto.

Una y otra vez, el mundo patriarcal que domina globalmente, recoloca sus arcaicos presupuestos para eternizar la inequidad de género, base de su poder hegemónico.  En ese empeño, inescrutables son los caminos del señor, no de Dios, pobre inmortal sobre cuya evanescencia descansan todas las malacrianzas de los mortales, sino de ese otro, que para que el mundo siga siendo mundo pone en él Buenas esposas y Nidos de mantis.

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