Los públicos y la radio

Por: Bruno Suárez Romero

Una preocupación perenne en las investigaciones de audiencia es definir y/o caracterizar al tipo de público que escucha la radio. El objetivo de ese análisis está vinculado con la necesidad de conocer lo más o menos impactante que puede resultar la emisión de un programa para el ambiente social al que se ha destinado.

Existe una tradición que clasifica los géneros radiofónicos por el tipo de destinatario y en ese sentido podemos hablar, entre otros, de programas juveniles, espacios para la mujer y de la tercera edad.

Esa manera de pensar el vínculo con los oyentes ofrece una panorámica amplia que el investigador debe cerrar con información complementaria o datos más específicos como pueden ser las zonas de residencia, ocupación social y hábitos de consumo cultural. Así el rango se va estrechando y la relación oyente programa se hace más personalizada.

Con ese acercamiento se puede descifrar si el joven o el ama de casa gusta más de un tipo de música, o si cierta información sobre una temática específica puede resultar de su interés.

De ahí se desprende otra forma de clasificación de los géneros radiales asociada a los contenidos de los programas (humorísticos, científico-técnicos, musicales, etc.)

En esa construcción multifactorial se incorporan, además, otros intereses del público como la necesidad de participar y estar informado. Eso completa el abanico genérico y concluye con el establecimiento conceptual de noticiarios y espacios de participación.

Encontramos entonces en la radio un camino que permite llegar al final (la escucha del programa) a un grupo selecto que, por sobre todas las cosas, posee una conexión cultural que se traduce en el dominio de un código. Es ahí donde empezamos a considerar a los radioescuchas como una audiencia especializada.

Por todo lo anterior se puede afirmar que la radio, a lo largo de sus años de existencia, ha cultivado a los públicos y lo ha hecho, de manera muy especial, en el seno de la familia.

La tradición de escuchar radio se pasa de generación en generación y alcanza vital importancia en la etapa de maduración de los individuos, en la que se puede apreciar un consumo más organizado y sistemático que en el período considerado primera juventud, donde el sujeto está especialmente expuesto a diversas dinámicas de participación social.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la perdurabilidad de la radio la garantiza la inagotable existencia del público para consumirla. Esa es una realidad trascendental que va por encima de visiones superficiales que la ven desplazada por la televisión y los nuevos medios.

La radio posee un lenguaje expresivo propio basado en los poderes sugestivos del sonido. Eso le permite individualizar sus mensajes y ofrecer desde la intimidad de las palabras, un estado superior de comunicación.

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