De Inocencia y otras catástrofes

No es fácil ser joven y mucho menos inocente.

Por: Berta Carricarte Melgarez

Hace poco vi Chernóbil (Miniserie de los canales HBO y Sky, creada por Craig Mazin). En dos días deglutí los cinco capítulos. Volví a repasar algunos momentos. Y la noche que terminé el visionaje del serial, no dormí bien. A mitad del primer capítulo, no pude contenerme y busqué información en Internet. Corroboré algunos datos. Todas las fuentes disponibles en la web coincidían y me daban la certidumbre de que el serial intentaba y lograba ser extremadamente fiel a los acontecimientos. Me sentí sobrecogida por la magnitud de un desastre nuclear cuyas verdaderas implicaciones no recuerdo se hubieran comentado en la prensa cubana del momento. Me parece que en 1986 los medios nacionales informaron del suceso de forma bastante ambigua y tranquilizadora, de acuerdo con los términos en que los propios soviéticos asumieron y comunicaron la debacle al mundo, forzados por los indiscretos efluvios radioactivos que se registraron de inmediato en países vecinos.

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Chernóbil está inspirado en el hecho histórico, así como en el libro testimonial Voces de Chernóbil, de la escritora ucraniana Svetlana Alexievich

Este Chernóbil está inspirado en el hecho histórico, así como en el libro testimonial Voces de Chernóbil, de la escritora ucraniana Svetlana Alexievich, e intenta ser una recreación dramática verosímil de lo que sucedió en la realidad. Lo que inventa a partir de ahí está en función de sintetizar ciertos aspectos, para encajar en los parámetros de una miniserie, y para llevar con la mayor claridad posible la exposición del relato. Por ejemplo, el personaje de la Dra. Ulana Khomyuk (interpretado por Emily Watson) fue creado para representar a las decenas de científicos que colaboraron con Valery Legasov, prominente académico a cargo del comité de investigaciones en el caso Chernóbil.

¡Si en 1986 yo hubiera sabido la mitad de lo que aprendí ahora con este serial sobre el desastre ocurrido en la entonces República ucraniana, y la consiguiente responsabilidad de la antigua Unión Soviética antes, durante y después de esa hecatombe nuclear! Si hubiera podido acceder a diversas fuentes de información (bendita Internet), por lógica prudencia me hubiera abstenido de juzgar el documental ¿Es fácil ser joven? (Juris Podnieks, 1986), filme realizado a comienzos del periodo de la Perestroika y la Glasnost impulsadas por Mijaíl Gorbachov.

Recuerdo que, en poco más de ochenta minutos, Podnieks describe cómo después de participar en un exultante concierto de rock, un grupo numeroso de adolescentes destruye un vagón del tren suburbano en Riga, Letonia, antigua República soviética. De ellos, solo siete son juzgados en un deprimente proceso judicial. Rostros casi infantiles comienzan a desfilar por la pantalla en un aquelarre de confesiones demoledoras; sus declaraciones delatan el vacío moral y espiritual que domina sus vidas. La tesis del filme, queda resumida en una de las frases más contundentes que se escuchan en la película: “Somos sucios, desarrapados, espantosos, pero somos los hijos de ustedes, que nos hicieron así.” Ese mismo año, quizás coincidiendo con el estreno del documental, ocurría el fatídico accidente, y apenas cinco años después se disolvía la Unión Soviética. Según el serial antes mencionado, Gorbachov escribió en 2006: “The nuclear meltdown at Chernobyl… was perhaps the true cause of the collapse of the Soviet Union.” Frente a la denuncia social que constituye el documental de Podnieks esa frase, al menos sacada de contexto, luce muy ingenua.

Tampoco es fácil llevar a la pantalla sucesos históricos. Lo primero es que ya se sabe cuál es el final. No hay forma de sorprender al público con un desenlace novedoso en lo que al hecho concreto se refiere. Lo segundo es que todo el tiempo las personas están juzgando la fidelidad del relato, el parecido de los personajes, así como la recreación del espacio físico de la puesta en escena.

Por eso James Cameron al asumir la titánica empresa de filmar Titanic (1997), no solo estaba fascinado con la historia del naufragio, sino con el espacio arquitectural involucrado en semejante tragedia, lo cual lo indujo a una aparatosa, carísima y fidedigna reconstrucción del fatídico navío. Por otro parte, tenía muy claro que no podía limitarse a contar el hundimiento del Titanic, a secas. Podía elegir una perspectiva ya conocida, un testimonio legitimado o inventar un metarrelato que encajara en el evento real. Esto último fue lo que hizo. Montó un romance protagonizado por dos jóvenes, a través del cual intentaría establecer un vínculo empático con el espectador, para manipularlo desde esa instancia, y darse el gustazo de recrear una de las más grande catástrofes navales ocurridas en tiempo de paz, como a Hollywood le gusta hacerlo.

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La singular pasión entre una joven de alcurnia y un pasajero de tercera clase, en el contexto de principios del siglo XX y de la Belle Époque, encontraría en la megalomanía escenográfica del Titanic el más absoluto glamour.

En todo caso una de las productoras, Sherry Lansing, directora de Paramount, estaba interesaba en financiar una historia de amor que, desde el guion del propio Cameron se ofrecía como oro molido. Sus cálculos eran correctos, pues, a pesar de los avatares financieros que amenazaron con hundir la producción de Titanic, a la postre el filme se convirtió en uno de los más grandes éxitos de taquilla del cine estadounidense. La singular pasión entre una joven de alcurnia y un pasajero de tercera clase, en el contexto de principios del siglo XX y de la Belle Époque, encontraría en la megalomanía escenográfica del Titanic el más absoluto glamour.

Nada parecido ocurre en Inocencia, el más reciente filme del realizador cubano Alejandro Gil que, como reza en los créditos iniciales, es “Una historia inspirada en hechos reales.”

Pero Inocencia, no solo está inspirada en hechos reales, sino que parece recrear punto por punto, lo que ocurrió en más o menos setenta y dos horas, desde que más de cuarenta estudiantes de medicina fueron detenidos en su aula de primer año, hasta que ocho de ellos fueron juzgados por una Corte Marcial y fusilados en 1871, por “profanar” la tumba de un recalcitrante periodista español: Gonzalo de Castañón. A su vez, este relato emerge de la primera línea narrativa del filme: la pesquisa llevada a cabo por Fermín Valdés Domínguez en 1887, para localizar los restos mortales de sus compañeros ultimados. En esa obsesión purista por reconstruir la historia, Inocencia se parece más a Chernóbil que a Titanic, sin alcanzar ni por un instante, la excelencia de ninguna de las dos obras.

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Inocencia, no solo está inspirada en hechos reales, sino que parece recrear punto por punto, lo que ocurrió.

Al director le interesa (es obvio) la Historia pura y dura; contar cómo un grupo de hombres desalmados, brutales, carcomidos por el odio cometen una flagrante injusticia contra otro grupo de hombres cuyo único delito era ser jóvenes adinerados y con un futuro promisorio desde el punto de vista profesional. Pero no es fácil ser joven y mucho menos inocente cuando el propio Anacleto Bermúdez dice frente a la tumba de Castañón: “Este país está sometido. ¿Y qué hacemos nosotros? Estudiar medicina, y hablar en voz baja de lo que deberíamos hacer y no hacemos.”

Para llegar a los sucesos que se narran en Chernóbil, mucha gente tuvo que meter la pata, se violaron protocolos de seguridad, se ocultaron datos, unos hicieron oídos sordos, otros evadieron su responsabilidad; otros actuaron con egoísmo demencial. La miniserie anglo-estadounidense se ocupa de poner en evidencia la debilidad humana, no solo la maldad, por eso resulta tan convincente y demoledora. No convida al llanto, pero sí a una reflexión profunda que le quita el sueño a cualquiera. Eso es lo que no alcanza Inocencia, que se termina justo antes del bostezo.

No obstante, ahora tenemos ya una película que pasará por la tevé todos los 27 de noviembre. Un filme sencillo, útil por lo didáctico, y por un rigor histórico casi propio para rendir un examen de ingreso a la Universidad. Aunque no sea esa obra de alto perfil estético capaz de impactar por su hábil manejo de la dramaturgia y los recursos narrativos, depuradas actuaciones, original puesta en escena, y espectacular banda sonora.

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Un comentario en «De Inocencia y otras catástrofes»

  • el 30 de noviembre de 2021 a las 3:39 PM
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    La historia debe contarse tal y como fue, real, cruel, dura, sin edulcurar las historias de los personajes con melodramas cansones, historias amorosas sin sentido y a veces cursis, con el objetivo de endulzar el hecho que se trata de contar. La historia debe contarse tal y como sucedió, sin dar paso a las especulaciones, ser lo más exacta posible producto de un buen trabajo de investigación, las historias de vida de los personajes sin tanto dulce encima tratando de tocar sensibilidades y no dar la sensación de estar viendo una historia de amor en un acontecimiento X. Pienso que cuando eso sucede, muchas veces lo que se recuerda al final es la vida de los personajes, desaciertos, amor, contradicciones etc etc y no el hecho histórico que se quiere narrar. Cruel, dura, amarga, feliz, horrible, desgarradora, inaudita…. debe contarse la historia…. como fue….. sin tanto dulce encima o especulaciones sobre los personajes.

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