Hablando con Alfredo Guevara: El cine cubano en sus inicios

Por: Rafael Lam

Una tarde de un día cualquiera, Alfredo Guevara se bajó del auto en el que viajaba rumbo a El Vedado, quería ver en la vidriera de la tienda La Época un juego de sala de mimbre de origen vietnamita. Allí en la vidriera, mientras analizaba el juego de muebles le pregunté: ¿Qué valoración haría del cine cubano?

“El cine cubano desde sus inicios balbucientes, lastimado a veces por intrusiones comerciales o devaneos populacheros, y pese a todo, siempre de un modo u otro, dejó entrever esa ambición subyacente y aflorante, la de expresar mejor o peor, a medias o como atisbos, la identidad cubana”.

Después de estas palabras de Alfredo le pregunté ¿cuál fue su sueño en el cine cubano?

-Me enamoré como un muchachito de su amada. No de lo que es mi pueblo, nuestro pueblo, sino de lo que pudiera ser y será. De su potencialidad. De esa espiritualidad que cultivada sea y puede ser, dar lugar al reino de Dios en la Isla. La gran tarea que me daría, si dado fuera, sería la de contribuir a crear condiciones propicias a la comprensión de que esa es la principal exigencia de nuestra contemporaneidad”.

Antes de que Alfredo marchara en su auto le dije que los públicos no son ideales, en el arte y la cultura nada es ideal, ni uniforme. Como decía Fernando Ortiz, “en la cultura, la cubanía brota desde abajo y no llovida desde arriba. La conformación de una cultura nacional es cuestión de siglos. Todavía hoy siguen llegando corrientes exógenas”.

Tiempo después Alfredo escribió algo relacionado con este tema: “Ese cubano que será sorpresa deslumbrante (el criollo soñado). El criollo que soy, el de mañana, aquel que sueño en el espejo, que no será seguramente un símil, que será una sorpresa deslumbrante de jóvenes que piensan y se exigen, que buscan en su ser valores nuevos, que descubren tesoros infinitos en el saber que les revela mundos espacios, áreas de la realidad desconocida, desconocidos rostros de su hermano, rostros que por millones le reclaman en infinitos espejos reflejados. Tanto que el número no alcanza para fijar lo igual en lo diverso. Esa diversidad del ser que no termina que por diversa dignifica diciendo al hombre que no es oveja clonada o repetida, que es ser humano y, por ser humano, él mismo, otro. Ese otro que será, que acaso no veré; pero que amo, que en pequeña medida, tan pequeña que borrada será la memoria, resultará también mi obra, la de ustedes, la de todos los que amasamos la levadura, seguros de que tendrá forma y prestancia que forjará a su modo los sueños que soñamos. Profetas de ese ser que va surgiendo, orgullosos seremos, ya soy de tales manos, de esas manos que tendrán que amasar su propia levadura”.

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