La red avispa. ¿Con los indios o con los cowboys?

Por: Berta Carricarte Melgarez

Uno de los estrenos más esperados en la sección Galas, de este Festival, es Wasp Network (La red avispa, 2018) del veterano director francés Olivier Assayas, y resultado de la coproducción entre Francia, Brasil, España y Bélgica. La cinta, que en Miami tuvo una pésima recepción marcada por el fundamentalismo anticastrista, pudiera ser tan ambivalente como controvertida desde el punto de vista de su postura ética, al menos para una parte de los que vivimos, según se define en el primer fotograma, “bajo el régimen comunista”.

Supongo que Olivier Assayas sabe lo que esperaría del filme el público cubano, a continuación de una frase tal. Hay un montón de expresiones acuñadas que sirven de comodín comunicativo para señalar amigos y enemigos de la revolución, así como situaciones e interpretaciones de la política gubernamental, y de fenómenos que atraviesan la cotidianidad de la Isla y que se suman a la retórica del cubaneo.  Parece que Assayas logró manejar muy bien algunos de esos bocadillos que, en boca de sus personajes, van trazando una cartografía mental un tanto caprichosa y ambigua, de lo que fue el escenario sociopolítico de la red avispa. En lo personal, siento que la tesis de su película aparenta moverse por un “tercer carril”, tratando de mantenerse en una difícil neutraluidad.

Por suerte o por desgracia, el espectador siempre construye el perfil ético de lo que ve; completa los espacios en blanco, inventa, fabula, creer haber entendido tal o cual cosa, porque la incertidumbre es algo con lo que a la mente humana no le gusta lidiar.

Uno de los elementos que no me cuaja (en lo que yo leo como presunta imparcialidad) es que, si como se afirma, la cinta se inspira en hechos reales, por qué mantener los nombres verdaderos de personas, la mayoría de las cuales están vivas y actuantes. Esa incomodidad me acompañó todo el tiempo, y me obligaba a hacer un auto-distanciamiento, cada vez que me sorprendía pensando: Qué pensará o sentirá tal o cual persona, viendo un importante fragmento de su vida, interpretado según las licencias de las que se aprovisiona el creador en nombre del arte, y expuesto a la opinión pública en carne viva. Está claro que Mas Canosa, Posada Carriles, Fidel Castro y Bill Clinton, no pueden ser sino ellos mismos; pero por qué Gerardo, René, Olga, Irmita, Ivette, Adriana, Roque, Ana Margarita etc., tienen que verse recolocados en una piel que no es la suya, en una historia que, a fuerza de subjetividades y licencias poéticas, tampoco lo es.

Mantener esas identidades claras está bien en el libro de Fernando Morais en el que se basa la película; porque el texto de Morais resulta una fascinante crónica de esos y de otros hechos históricos concomitantes; también hace una interpretación personal de esos hechos; pero su libro es, al mismo tiempo un fascinante thriller político, una novela de espionaje de muy altos quilates; un documento real y, dada la inevitable subjetividad de su escritura, una ficción literaria.

No obstante, debo confesar que no sé en qué hubiera derivado la película si renuncia a la identidad real de los personajes. De por sí el filme pudiera ser confuso no solo por lo heterotópico de su estructura narrativa, sino porque intenta condensar en dos horas un montón de asuntos cuyas causas y consecuencias son plurívocas.  Mientras veía la cinta, a mi lado, en el cine Yara, había dos latinoamericanos que perdían constantemente le hilo de la trama: conocían a Posada Carriles, pero no a Mas Canosa, o de pronto no sabían si la escena estaba ubicada en El salvador, La Habana o Miami.

Ese tipo de perderdera diegética que el espectador suele experimentar sin angustia en muchas películas de acción, donde las cosas suceden porque sí, aquí responde a un problema de síntesis narrativa. El director tuvo que optar por reducir el protagonismo a tres personajes: Roque, René y Gerardo. Y aun así se las vio apretadas para redondear el relato. Honestamente, con un buen guionista mediante, el libro de Morais da para una miniserie de Netflix.

En otro orden de cosas, aparecen actores cubanos de relleno muy a la altura de las circunstancias, casi todos, salvo el hermano de Gerardo en su encartonada conversación telefónica con Olga, y la decepcionante intérprete de Adriana.  Wagner Moura (Roque) escenifica a un dandi ególatra y dominador, con una fachada bastante desfachatada, muy a tono con lo que describe Morais en su libro; por la sinceridad de su interpretación me resultó encantador. Su historia con Ana Margarita, llevada con eficacia espectacular por la actriz Ana de Armas, le da un vuelo especial al filme: es la salsa picante que levanta el sabor del platillo.

Edgar Ramírez (René) y Gael García Bernal (Gerardo) nos regalan convincentes actuaciones, aunque ese Gerardo no parece ni la caricatura del que el imaginario nacional tiene de su verdadero héroe. No hay que olvidar que la película no está hecha para congraciarse con el público cubano, ni satisfacer sus expectativas sobre el tema, ni para su consumo exclusivo. Por eso no importa mucho que al Basulto de Leonardo Sbaraglia, se le escape de vez en cuando un tonillo porteño. Es Basulto, ¿qué duda cabe?

Punto y aparte merece la actuación de Penélope Cruz. Brilla más allá de su logrado acento, de su cuidadosa gestualidad, y sin forzar una pretendida feminidad típica cubana que siempre sería cuestionable. No copió ningún estereotipo, su instinto de consumada actriz le sirvió de guía para sacar a flote con sobrada dignidad, un personaje-complemento. Una vez más demostró su oficio, su talento y su sensibilidad.

Entre los aspectos interesantes de esta pieza cinematográfica está su vertiginoso ritmo, que impide no solo detenerse a pensar en la naturaleza real de lo que se nos está contando; sino que nos introduce en ese fluir de las acciones y nos arrastra a la identificación emocional indiscriminada; lo cual percibo como acierto en una historia que va precisamente de apariencias, identidades falsas, intrigas y muchísima acción. Ello no impide que, como el propio libro de Morais y como toda obra de arte auténtica, el filme de Assayas me despierte sinceras ganas de reflexionar sobre la ficción, la realidad, los relatos históricos, lo cotidiano, la mentira, la verdad, la vida. Aunque tal vez, La Red avispa solo sea un buen thriller de espionaje,  para ver por la tarde, después de un suculento almuerzo dominguero, con un par de cervezas a la mano y la disposición de pasarla bien.

Siendo así, suscribo lo que dice el crítico David Rooney, como resumen de todo lo que se puede alegar en un párrafo sobre el más reciente trabajo de Olivier Assayas: “Una película grande, espléndidamente rodada, con un potente reparto y un impresionante trabajo de localización. Pero también es un lío enredado de interminables idas y venidas, entre demasiados personajes, situaciones y lugares.”

Cuatro horas después de haber visto la de Assayas, entré a ver la coproducción alemana-española La pareja perfecta (Sven Taddicken, 2018). Un matrimonio joven hace el amor en una playa de Mallorca, al anochecer, y no le da importancia al hecho de que han tenido testigos oculares. Estos mirones resultan ser tres forajidos adolescentes que luego asaltan a la pareja y violan a la mujer.

Comentaba con un colega lo errática que me parecía la tesis del filme. Para él se trata de una obra que condena la tolerancia del mundo actual –las playas nudistas y tal-, porque estimula a “los otros” a cometer hechos vandálicos. Sin embargo, mi interpretación era absolutamente opuesta. Para mí se trata de un tema de venganza, de cómo las personas no se conforman con rebasar el trauma de una vivencia violenta, sino que procuran la venganza cueste lo que cueste, como un “humano” e incontrolable vértigo hacia la ley del talión. No comparto ese mensaje, ni la forma mediocre en que el filme alemán intenta transmitirlo. Pero, moraleja, cada cual ve e interpreta lo que se ajusta a su experiencia y concepción del mundo: unos van los con indios, otros con los cowboys.

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