Los sonámbulos. Al borde de la pesadilla.

Por: Berta Carricarte Melgarez

Qué pasa cuando la familia decide reunirse durante los festejos de fin de año. Primos, hermanos, tíos, abuela, madre soltera, matrimonio en crisis, padre divorciado, adolescentes en florecimiento sexual, todos tirando para su lado y sordos al diálogo. Y algo más: secretas frustraciones, alianzas insospechadas, misterios personales, antiguas fobias y manías violentas se desatan con el alcohol y los reclamos de independencia.

Ese es el ambiente que propone Los sonámbulos, (Paula Hernández, 2019) filme coproducido entre Argentina y Uruguay. Situaciones tales se han tratado numerosísimas veces en el cine con más o menos suerte en lo que a comunicación con el público se refiere; en este caso me dio la impresión de que la cinta transcurría sin penas ni glorias. Más bien un profundo aburrimiento disfrazado de esperanza es lo que inspira Los sonámbulos, pasada la primera media hora, cuando ya se ha expuesto la situación atmosférica que define el corazón dramático de la obra.

En realidad, el público espera que se desaten las pasiones a partir de un conflicto dado, o que un evento puntual eche a andar una serie de reacciones que permitan el avance dinámico de la trama. ¿Será mediante el trauma del sonambulismo de uno de los personajes? ¿será a partir de la decisión de la abuela de vender la casa? ¿será por el hastío y la asfixia de un matrimonio disfuncional? ¿será a través del despertar sexual de los adolescentes?

La verdad es que todo eso y más se mezcla en un potaje mal cuajado. Desde el inicio se van produciendo una serie de pequeñas crisis que van in crescendo, y cuya función es apuntalar el detonante del clímax.  Es ahí donde nos damos cuenta de que no todos los personajes tienen una caracterización suficiente, y que las acciones que se les endilgan van más por la senda del capricho que por el de la necesidad dramatúrgica.

Por ejemplo, me parece estupenda la línea argumental que describe las fantasías eróticas que Ana teje en relación con su primo. Incluso en sus conversaciones queda claro que ha habido un precedente de escarceos entre ellos, años atrás. Con lo que también queda sugerido que ella estimula su imaginación con aquellos recuerdos y con todas las peripecias actuales del joven; lo espía, le saca fotos con el celular, en fin, alimenta un romance platónico. Ello no significa que desee consumar el coito con él. Y mucho menos justifica que él entienda lo contrario. Pero ni el perfil del joven ha sido construido para devenir violador de su prima, ni la poca resistencia que ella le ofrece llegado el caso, alcanza para convencernos de que no desea el coito, y mucho menos de que con solo decir no, era suficiente para evitarlo. En situaciones extremas, hay que decir no y largarse. Aquello no fue una violación sino un comportamiento ridículo por parte de ella lo mismo durante el hecho que después.

La directora y guionista da bandazos de un extremo al otro en su construcción de situaciones donde los roles de género no acaban de enunciar un punto de vista plausible.  Por eso el final sugiere un escape, pero no una redención de los sujetos femeninos. Nunca sabremos si se respetará la decisión de la abuela viuda, o si la intervención de su hijo hará perpetua la voluntad del padre. No sabemos por qué una mujer con clara independencia intelectual, tolera vivir en la desidia junto a un hombre al que le grita: “me odio cuando estoy a tu lado”.

Quizás el tema del filme sea la apatía o el disgusto; pero, en todo caso, apatía, disgusto y decepción es lo que deja, a fin de cuentas. Película insípida que no aporta nada ni para bien ni para mal.  La mediocridad de las actuaciones y de todo lo demás que interviene para definir una obra digna, en este caso no basta para merecer el Premio Coral del Jurado, en esta 41 edición del Festival de cine de La Habana. No contentos con eso, se le otorga, además el premio de guion a la propia directora y el de actuación femenina a Erika Rivas. Años atrás también me he quejado justamente de que no se le diera a ella el premio de actuación por La luz incidente (Ariel Rotter, 2015), película elegante, misteriosa y profunda, donde la actriz luce su magistral contención. Pero en Los sonámbulos, no es que esté bien o mal, es que no valía la pena que estuviera.

No es la primera, ni será la última vez que el jurado de un Festival, un certamen competitivo cualquiera en el territorio del arte, que es de pura apreciación, se “equivoque”. Me consta que la subjetividad latente en un acto decisorio de ese tipo, rebasa incluso, el sentido común. Pero darles la espalda a obras muy superiores, desde mi punto de vista, como Bacurau o La vida invisible de Eurídice Gusmao, no tiene calificativo.

Entre las muchas y casi infinitas funciones de una obra cinematográfica está aquella que garantiza la purga de los fantasmas de quien la piensa y la dirige. Ello se hace mucho más patente cuando coinciden director y guionista, como en este caso. Pero toda fantasía personal, llevada al terreno del arte pide una ética que la sostenga y un punto de vista que la ampare. Esta realizadora ha demostrado aquí tener ingredientes y habilidad para el cocido, pero está muy desorientada acerca de cómo combinarlos, no solo para satisfacer el paladar sino también la mirada.

A pesar de ser un arte que se desarrolla en colectivo y tiene un fuerte componente industrial, la producción de cine transparenta de un modo u otro los afanes de quienes lo construyen, y también es vitrina más o menos explícita de los espectros y las sombras que reverberan en su época. Ordenar los relatos cotidianos y proponer una tesis que resulte inteligente y artísticamente lograda, debe ser preocupación de verdaderos creadores.  No tengo dudas de que Paula Hernández lo es, pero sus sonámbulos, mejor descansen en paz.

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