Diario desde una caja sin fondo

*Este texto es parte de Miradas, segmento de opiniones sobre un tema de nuestra agenda en la Revista Cubanow.

Por: Berta Carricarte

Ayer fui al cine con mi amiga Karla que es fanática del cine cubano. Como está maternando (permiso, May Reguera) de un segundo parto de hace un año, donde quiera que se siente sin hablar durante cinco minutos, se duerme. Por lo que ir al cine bajo esa circunstancia sería todo un reto.  

El filme se titula La caja negra (2021) y lo dirige un veterano del cine nacional, Enrique (Kiki) Álvarez. El guion fue concebido a dos voces entre él y Liana Domínguez. Dicho aprisa y sin ánimo de lucro, el filme es una reescritura de un segmento de la historia patria, pasándole por arriba a la narrativa oficial con ayuda de papel carbón.

Elsa, una muchacha burguesa, desde la obnubilación amorosa que le provoca Saúl, su novio revolucionario, observa lo ocurrido en Cuba a partir del primero de enero de 1959, día en el que además de triunfar la revolución, él le estampa el primer beso francés.

Ella no tiene idea de qué va a pasar en Cuba, ni cuáles serán los cambios y acontecimientos que se desarrollarán en los próximos quince meses. Por eso, desde su ignorancia política y su deslumbramiento hormonal por Saúl, le sorprenden la huida del dictador Batista, la entrada de los barbudos, los fusilamientos de la Cabaña, los sabotajes contrarrevolucionarios, la feria sobre los éxitos económicos de la URSS, el viaje de Fidel a Nueva York, sus interminables discursos, la traición de Hubert Matos y la desaparición de Camilo Cienfuegos. Todo esto ilustrado con fragmentos de noticieros de época y otros materiales prexistentes, recurso que una y otra vez vuelve a ser citado en la cinematografía cubana.

Ya lo hizo Tomás Gutiérrez Alea en Memorias del subdesarrollo donde Sergio, un sujeto culterano y engreído juzgaba su entorno con sorna e incredulidad. Ciudadano ilustrado y pretensioso, Sergio esgrime su propia voz para deslizarse a través de tres dimensiones enunciativas: su monólogo interior, su interacción diegética con otros personajes y la corriente metatextual que constituyen muchos de los recorridos de la cámara, así como los materiales de archivo que se articulan en un montaje muy al estilo Nueva Ola.

En La caja negra, la narradora no solo escarba a duras penas en los hechos desde su ignorancia supina; sino que carece de rostro, y ha pedido prestada su voz a quien la lee desde la presunta intimidad de un diario. Solo veremos el semblante de Elsa a través de una vieja foto, cuyo verismo quedará hecho añicos al endosarle la voz de Corina Mestre en su alegato final, bofetada de inexplicable grosura, que nos regresa la inconsistencia del personaje y de su diario.

A nivel visual, el realizador nos está bombardeando con imágenes, muchas de las cuales ni siquiera la propia Elsa ha visto. Por lo tanto, se produce aquí una sobresaturación de información no ficticia sino real, documental, que tiene un correlato sonoro, la voz de Elsita (la nieta) quien lee el testimonio de Elsa, cargado con toda la ingenuidad y la falta de perspectiva de una mujer que, en 1959, tiene una visión muy limitada de los acontecimientos.

Esta dicotomía entre lo documental y lo diegético expresado en la voz over que lee el diario, junto a la anorexia analítica de Elsa, es la cuartada que usa el realizador para evadir el didactismo. Pero esquivando, sin éxito, un peligro cae de bruces sobre otro: la inconsistencia, incoherencia e inverosimilitud de la metanarradora, cuya credibilidad sufre constantes tambaleos.

Por ejemplo: se afirma que Elsa conoció a Simone de Beauvoir, y que esta le espetó: “Cásate con ese revolucionario, para que sepa al lado de la gran mujer que camina.” O algo así. Cuesta creer que Beauvoir fuera a expresar semejante nonsense a una niñata criada al interior de una familia pintiparada, de esas que enseñaban a las señoritas a tocar piano y a hablar francés y que, como ella misma dice, no necesita comer, ni dormir, ni respirar cuando su hombre está a su lado.

En el proceso de interiorizar lo que su abuela va contando, Elsita llega a experimentar las mismas angustias existenciales de aquélla, así como un trastorno de identidad disociativo que la induce a percibir recuerdos no vividos y actuar sobre aspectos de su proyección mental. Por ejemplo, cuando llora como si estuviera somatizando el momento de la explosión del barco francés La Coubre, en el muelle habanero. O cuando se acerca a la sobredimensionada foto del Che, tomada por Korda, y especula sobre lo que el mítico guerrillero estaba pensando en ese momento. Sus elucubraciones en ese instante son poco menos que ridículas. 

Mentiría si no admito que me seducen las imágenes documentales de ese momento tan convulsivo y traumático para la nación. Superan cualquier charla pedagógica y son, en definitiva, la otra cara de la moneda que vende el pasado prerrevolucionario como la panacea vintage. A la nostalgia acrítica por El encanto, Christian Dior y la Coca-Cola, hay que ponerle un contexto. Como dice una de las declaraciones de Fidel en aquellos primeros días, tal como lo cita La caja negra: el júbilo de un pueblo ante la revolución es la medida de la intensidad de los crímenes del batistato.  Luego, toca interpretar los hechos, apropiarse de manera personal de lo que se acaba de ver, sumándolo a la experiencia, a lo que se ha leído, vivido y aprendido en otras instancias.

El cineasta hace la película que puede, y el espectador ve la película que quiere. Aunque en los injertos documentales aparecen algunas mujeres y repetidas veces Vilma Espín y Celia Sánchez –nunca percibidas ni nombradas por Elsa-, yo veía, ante todo, hombres y más hombres. Combatientes, milicianos, rebeldes. Hombres armados y densamente amontonados en “un mar de pueblo”. Y multitudes de rostros varoniles, satisfechos y vehementes. Hasta en un momento dado pensé: ¿Y si sale mi papá? Atenta estuve.

Enrique Álvarez es graduado de Historia del Arte y se desempeña como Coordinador de la Cátedra de Ficción de la EICTV. Ha dirigido varios cortometrajes de ficción y documentales. Entre sus largometrajes se destacan La ola, Venecia y Jirafas. Su cine no suele ser complaciente, ni triunfalista. Ni cantor de gestas ni contestatario. En ninguna de sus obras anteriores se había acercado al panfleto con tanta genuflexión como en La caja negra.

A Karla, que se había dormido poco antes de la explosión del barco, la despertó la voz cavernosa y varonil de “la verdadera Elsa”, que regresaba del más allá para dictar sus últimos pronunciamientos. Todavía desperezándose, mi amiga gritó que aquella era una película para izquierdópatas y oportunistas. Gracias a Dios el cine estaba casi vacío. No le respondí, porque es una falta de respeto suya opinar sobre una película que solo ha visto a medias.

Enlace relacionado: La Caja Negra: en busca del tiempo recobrado

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