En contra del viento y rumbo a la vida

Premio Especial del Jurado en el Caracol de la UNEAC

Por: Antonio Enrique González Rojas

Contundente alegoría de la resistencia es la secuencia final de Rapsodia en agosto (Akira Kurosawa, 1991), donde la anciana protagónica Kane, —sobreviviente del bombardeo atómico de Nagasaki en 1945— avanza tozudamente contra las arremolinadas ráfagas que la embisten. A la vez que derriban al grupo de familiares que intentan atajar en vano a esta hibakusha (*). Tal es el término con que en Japón se define a los testigos del terror atómico.

Con esta imagen propuesta por el director japonés en su penúltima cinta, viene a dialogar el documental cubano, titulado precisamente En contra del viento (Lenia Sainiut Tejera, 2016), que durante 2017 le ha valido a su directora un nada despreciable ramillete de palmarés: Mejor Corto Documental en el Festival Internacional de Cine de Gibara; el Premio Especial del Jurado en el Caracol de la UNEAC; los lauros al Mejor Documental y las mejores Dirección, Guion, Fotografía, Banda Sonora y Edición en la Convención de Radio y Televisión; y una Mención por parte de la Caribbean Broadcasting Union (CBU).

La protagonista, María Elena, es una hibakusha cubana que ha sido bombardeada una y otra vez por la vida, con las enfermedades irreversibles de sus padres, de su hijo, y la carestía extrema. No tiene otra opción que erguirse como eje y puntal familiar para proveer, proteger y resistir. O la muerte, como confiesa en determinado momento. Entre las múltiples ocupaciones de esta mujer de la Sierra Maestra oriental —compendiadas en los inicios de la película con una secuencia entretejida con hábil y raudo montaje paralelo— está el desandar las arremolinadas carreteras montañesas en una chivichana. Medio de transporte muy útil por estos lares, como 17 años antes mostró otro documental acreditado a la TV Serrana y a su grupo de creación alternativa del municipio Bartolomé Masó: La chivichana (2000).

La historia de María Elena trasciende la curiosidad antropológica del conocido precedente, y Lenia Sainiut asume sus trasiegos en chivichana, unas de sus tantas rutinas, como metáfora precisa del devenir por la existencia. Como “para abajo, todos los santos ayudan”, según reza el refrán, la protagonista aparece casi siempre ascendiendo las cuestas, arrastrando la carga inerte que en ese momento representa el rústico vehículo, sin la ayuda de pocos o ningún “santo”. Contra el viento, contra la gravedad, contra todo obstáculo. Aferrada a su pura fuerza de voluntad, y al nicho de paz que ha hallado en sus estudios de textos religiosos.

Siendo la ética del realizador hacia sus personajes uno de los basamentos medulares de la documentalística, la Tejera vadea con tino todos los artificios y afectaciones facilistas que condujeran a cualquier victimización patética de su protagonista; o a un tratamiento conmiserativo, garante de la conmoción melodramática de los públicos, cual catalizador del lagrimeo instantáneo. He ahí su mayor mérito. Pues el documental de Lenia Sainiut va de su admiración y respeto por la magna capacidad de resistencia de María Elena. De la reciedumbre física y moral que convierte a su corpulenta figura en monumento de sí misma. Algo tan o más conmovedor que cualquiera de sus conflictos y bregas.

En contra del viento va de enaltecer y admirar. Siempre desde un comedimiento representacional que no se ve alterado ni por las lágrimas que derrama en cámara la entrevistada. Es un documental que tiene como otros de sus recursos expresivos claves el movimiento, la actividad intensa de su protagonista. Antítesis del inmovilismo sufridor y plañidero.

La banda sonora prescinde de cualquier melodía extradiegética y se confía totalmente a los sonidos ambientales, debidamente subrayados por una posproducción sonora atinada. Sobre todo los generados por la actividad laboriosa de María Elena fregando botellas, escarbando la tierra, cortando racimos de plátano, cocinando, bañando a su padre ciego y casi inválido, “cogiendo” ponches, arrastrando su chivichana repleta.

El relato resulta, además, un equilibrado maridaje entre la observación y el testimonio, sin elementos redundantes que conviertan las imágenes en graficaciones ralas de lo oralizado por esta hibakusha cubana, sólidamente anclada a las faldas de las montañas donde halla el sustento y dialoga con Dios.

Nota:

“Persona bombardeada”, donde hibaku es una forma pasiva de baku: bomba o bombardear, y sha significa persona.

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