En La Habana Kusturica y El Pepe: Una Vida Suprema

Por: Berta Carricarte

Foto: Juan Carlos Borjas y Tomada de Internet

Emir Kusturica es uno de los pocos directores de cine que han ganado la Palma de oro en Cannes en dos ocasiones. El cineasta serbio la recibió en 1985 por Papá está de viaje de negocios, y diez años después por Underground. Sus largometrajes de ficción mueven al debate como su propia vida en relación con sus proyecciones políticas. La inobjetable complejidad de los procesos de desintegración de la antigua Yugoslavia, así como los conflictos bélicos, étnicos y religiosos añadidos, hacia los que Kosturica se ha pronunciado, hacen que el ex musulmán, convertido al catolicismo ortodoxo en 2005, sea cuestionado constantemente, al margen de los beneficios estéticos de su filmografía. No obstante, el realizador goza de un prestigio y reconocimiento internacionales, por lo que su presencia en La Habana, para presentar su más reciente obra, es todo un acontecimiento cultural.

El cineasta Emir Kusturica durante la inauguración

Visto recientemente en el Festival de Cine de Venecia, El Pepe: Una Vida Suprema (2018) es, lo que pudiéramos llamar, un documental de homenaje. Sin necesidad de justificar su interés por el exmandatario de Uruguay, Kusturica devela su admiración por esta figura política de enorme atractivo no solo en el contexto de América Latina, sino a nivel global. El director ofrece una visión íntima y muy particular del protagonista, y en ocasiones recurre a los testimonios de algún que otro compañero de Mujica, y de su propia esposa, la actual vicepresidenta de Uruguay Lucía Topolansky; pero son solo momentos intercalados en una historia de vida centrada en la sencilla y deslumbrante personalidad del exguerrillero tupamaro.

A Kusturica no le interesa construir un retrato cronológico, ordenado y prolijo de la rica vida política de Mujica. No se detiene tampoco en sistematizar los proyectos, ganancias y perspectivas de sus cinco años de gobierno. Toca muy volátilmente algunos aspectos interesantes que, o bien sirven de complemento al esbozo de esta peculiar figura, o bien matizan circunstancias conocidas en los ambientes diplomáticos, periodísticos, mediáticos. Pero, en honor a la verdad, para saber quién fue y es Mujica habrá que leer mucho en otras fuentes y rellenar un millón de espacios en blanco que el documental deja, como al descuido. Pero que quede claro: no creo que el objetivo haya sido hacer un compendio, y mucho menos un examen exhaustivo, comentado y acotado de todo lo que usted debe saber sobre Mujica. En todo caso, se trata de un gesto cariñoso y admirado del cineasta a un hombre excepcional.

Hay sin dudas un regodeo en destacar la cercanía humana entre el entrevistado y el entrevistador, quienes se manifiestan como amigos o como maestro halagado y discípulo consentido. Ese vínculo entrañable entre ambos funciona como garantía de credibilidad, devenido respaldo a la figura de un mandatario que supo dialogar a camisa quitada con su pueblo. Ese manejo de los afectos había sido ensayado por Kusturica en su documental anterior Maradona by Kusturica (2008) en el que desnudaba su devoción absoluta por el ídolo del fútbol argentino. En este caso, el cineasta sacrificó temperancia artística, cordura expositiva, sentido del equilibrio dramático, en fin, todo control de la creatividad en favor del registro repetitivo y caótico de imágenes y declaraciones de Diego Armando Maradona. No tuvo el más mínimo rubor ni hizo el menor intento por atemperar su deslumbrada visión del mítico jugador. Al punto de que escenas saturadas de emotividad llegan a conspirar con el efecto de identificación entre la historia contada y el público, dado que la manipulación es tan aleatoria como burda, sin que medie la debida justificación ética y estética que el arte reclama.

Lo que tienen de común Maradona by Kusturica y El Pepe… es la insolencia expositiva de la historia, la incontestable parcialidad del cineasta con sus elegidos, así como su desbordada admiración por ellos. Eso no está mal, pero habría requerido cierto control. Únase a ello la recurrencia a algunos momentos que no debieron sobrevivir el proceso de edición, cosa que perjudica la fluidez de la obra. Quizás se pensaba favorecer así la espontaneidad como recurso expresivo y vehículo empático. Pero el cine como lenguaje artístico es muy traicionero. La verdad no suena a tal cuando se la lleva al terreno del arte. Hay que pulirla, doblegarla, domeñarla y hasta falsearla para hacerla creíble, verosímil, objetiva. Y en Maradona… la desmesura no tuvo límites tanto si hablamos de las escenas con contenidos reiterados, como de la insistente manipulación de las emociones, al estilo del peor reality show.

Por fortuna, El Pepe: Una Vida Suprema corrió con mejor suerte. No padece el desequilibrio dramático y la cacofonía visual de Maradona… Al menos no en extremo. La propia vida de José Mujica, ofrece un devenir sufrido pero pausado, en línea recta con sus principios y su perspectiva de la vida, la sociedad, la política, la cultura y la naturaleza. También resultan un buen acicate argumental las agudezas verbales de este político cuya austeridad, conducta y sucesos biográficos nos recuerdan a otras personalidades veneradas por su singularidad, estoicismo y compromiso social: Mahatma Gandhi y Nelson Mandela.

Resumiendo, El Pepe: Una Vida Suprema, es un documental que se agradece, porque hombres como José Mujica no se dan ni con la botánica paciencia con que él mismo cultiva los crisantemos en su chacra (finca). Ni llegan a los ochenta con tanta dulzura y fuerza en la mirada, después de haber sufrido presidio y torturas durante años. Ni sonríen con tanta beatitud; ni dejan el poder con tanta placidez; ni dedican el noventa por ciento de su salario a impulsar proyectos para los más humildes. Gracias, Kusturica, porque este Pepe lo merece.

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