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La Odisea de los giles, o “tontos de todo el mundo: uníos

Por: Berta Carricarte Melgarez

La 41 edición del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano cerró su inauguración oficial en el Teatro Karl Marx, con la cinta La odisea de los giles (2019, Argentina, España). El filme, dirigido por Sebastián Borensztein, se suma a la mejor tradición de la comedia argentina en la que destacan títulos como Esperando la Carroza (1985), El hijo de la novia (2001), Un cuento chino (2011) y Relatos Salvajes (2014), entre otras.

Corre el año 2001; en Alsina, comarca de la provincia de Buenos Aires, un grupo de vecinos decide juntar los ahorros de toda su vida, para establecer una cooperativa agrícola; pero comenten el error de depositarlos en una cuenta bancaria. Escandalosamente timados, en medio del descalabro económico que sufre Argentina en aquellos momentos, el grupo de incautos inversores intentará tomar venganza.

A diferencia de aquellos filmes donde el drama social se expresa de modo directo, realista y ríspido, toda propuesta cinematográfica basada en la articulación inteligente entre comedia y drama, tiene a su favor la inmediata comunicación con el público. Aunque durante mucho tiempo se ha considerado a la comedia un pariente pobre dentro del arte dramático, lo cierto es que en la práctica cualquier situación cotidiana, por demoledora que sea, tiende a presentar visos de humor, lo cual la hace más llevadera y menos aniquilante o desesperanzadora. Y, por otra parte, lo cómico no neutraliza la capacidad de análisis, ni la toma de conciencia. Esa es una lección que Charlot dejó para la historia del cine, y que Borensztein pone de manifiesto en su película.

Muy a propósito, La odisea de los giles logra un balance entre tragedia y comedia y, aunque en su solución final se rinde más al capricho que al verosímil, no defrauda las expectativas de un público que desde las primeras escenas se deja llevar por la agudeza narrativa del director, autor del guion junto a Eduardo Sacheri. Este último firma la obra original titulada “La noche de la Usina” publicada en 2016, de la cual deriva el filme..

Entre los aciertos de la película está un estimable elenco encabezado por Ricardo Darín, Luis Brandoni y Rita Cortese; y si bien los roles puestos en juego no exigen un particular despliegue histriónico, ni complejidad interpretativa alguna, lo cierto es que la actuación complementa con igual mesura, la calidad aceptable de una obra cinematográfica que busca entretener, sin renunciar a la reflexión y la denuncia social.

Cada año, frente a la reaparición del Festival, ya sea de forma introspectiva o más explícitamente, cabe preguntarse cómo ha cambiado la perspectiva de los realizadores de la región, desde los tiempos iniciales de la cita cinematográfica habanera, hasta nuestros días. En la filmografía argentina casi se puede decir que han cesado los temas sobre la dictadura militar, los desaparecidos y los emigrados. Otros cineastas con otras obsesiones temáticas han venido a colocar sus historias. Quizás no hayan cambiado mucho los modos de contar, ni la ética que acompaña el compromiso social del cine que responde a las más amplias expectativas de un público diverso y ansioso por ser reconocido y representado; cine que en su mayor parte se forja a contrapelo de la banalidad y el encasillamiento del predominantes en Hollywood.

De cierta forma La odisea de los giles, encarna la voz de esa gran mayoría pisoteada por las políticas internas, y las expoliaciones que el gran capital extranjero ejerce indirectamente, sobre los pueblos del área con la anuencia de sus gobernantes.

Los giles inician su batalla, y como espectadora no cesaba de preguntarme si el camino elegido por ellos era correcto sin ser legal; si debía aplaudir o tomarlo como pura chanza. Pero, sobre todo, me preguntaba si la cuestión era ser o no ser gil, ser o no ser pillo; pues confiar o no confiar depende de en qué o en quién. Desde mi punto de vista, esa es la odisea.

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