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Ajiguaguao o el sazón de la manigua

Para hablar de cualquier cómic en Cuba, debería comenzarse con la mención que se hace en el libro La novela grafica[1], a una página publicada en la revista Don Junípero en 1864, realizada por el pintor bilbaíno Víctor Patricio de Landaluze considerada, además, la primera historieta española en sí.

Tras su triunfo como manifestación artística dentro de los medios de difusión masiva de los Estados Unidos y debido a su fuerte poder expansivo, unido a la condición sociopolítica de la isla ya iniciada la República en 1902; se hace posible primero la llegada y luego el consumo en grandes cantidades del cómic estadounidense a Cuba.

Esa influencia fue la que logró que el público cubano se convirtiera en un gran consumidor de este arte y, pese a la calidad y deficiencias que pudieran encontrarse en las primeras de ellas y la política de distribución de las empresas radicadas en Cuba, se llegó a un nivel de conocimiento y apreciación del cómic tal, que el camino estaba bastante allanado para la conmoción cultural que supuso la Revolución.

Muchas fueron las publicaciones que dieron espacio a la historieta la mayoría de forma parcial y otras de manera íntegra a partir de 1959. Algunas se mantuvieron durante años, sobreviviendo unas pocas, mientras la gran mayoría desapareció. Sin embargo, es en 1961, con el surgimiento de la revista El Pionero, que puede comenzarse a hablar de la consolidación de la tradición historietística y la fundación de una suerte de Escuela Nacional de Cómic, sobre la base de características y tipologías narrativas comunes en cuanto a producción.

Las bases que sentaron esta publicación y luego Zunzún  como contenedoras de una cantera de historietistas, así como de visualizadoras de un estilo propio, contribuyen a que le otorguemos esta categoría. El estilo, los enfoques (generalmente de corte histórico o morales) y la manera de poner en papel la infinidad de historias que transitaron por sus páginas tienen un sello propio basado en la moraleja de la historia, la empatía con los personajes y la resolución del conflicto en una, a lo sumo, dos páginas. Esto ha sido algo que desde Elpidio Valdés, hasta Claudia se ha mantenido y heredado.

Es en este punto que llegamos a Ajíguaguao, un cómic publicado por la Editorial Gente Nueva en el 2019 y producido a cuatro manos: los correctos textos de Miguel Ángel Díaz (MAD) y el magistral dibujo de Pedro Luis Pomares; trabajo que al salir al público se inserta en esta tradición de cómic histórico-moralista ya comentado.

Esta historieta parte de un discurso que tiene a Elpidio Valdés como paradigma y ejemplo de cómic histórico sin igual con los elementos de la manifestación y de la enseñanza equilibrados de manera justa. Aquí los personajes de MAD y Pomares son el resultado de algo que también nos presenta Cecilio Avilés con sus historietas morales y humanas: la amistad; incluso, de ponernos exquisitos, pudiéramos encontrar similitud con las Aventuras del Negrito Cimarrón, de Tulio Raggi, en lo referente a las ocurrencias y dinámicas narrativas que el guion de Ajíguaguao se ha propuesto.

Como deuda con la historia es funcional, representa desde lo infantil lo que transmite ese libro maravilloso que es Los cuentos de Guane que nos hace pensar y releer constantemente este trabajo. Es un volumen necesario, tal vez un poco más didáctico de lo que pudiera haber sido, eso sí; pero útil y lúdico para insertarnos en la historia y el deber con la patria y la Libertad. Es el digno heredero de un proceso cultural y tradicional de más de 120 años.

Enlace relacionado: 120 años de cómic en Cuba

[1] García, Santiago. La novela gráfica. Ediciones Astiberri. Bilbao, 2005. Pág 47.

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