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Cultura y sociedad

Leo Brouwer y Los Irakere

Por: Rafael Lam

En octubre de 1978, el teatro Karl Marx fue testigo excepcional de un concierto entre dos emblemas de la música clásica-popular de ese tiempo: Leo Brouwer y Chucho Valdés con Los Irakere. En los predios musicales, ese encuentro era de mucha expectativa. Se unirían los dos colosos más resonantes del momento.

Por un lado, Leo Brouwer, uno de los más relevantes intérpretes y compositores para guitarra del mundo, y por el otro Chucho Valdés con Los Irakere, que estaban revolucionando el jazz-latino, que no era más que cubano, iniciado desde la década de 1940 por Mario Bauzá, Machito y Los Afrocubanos.

Leo pertenecía al Icaic, lo cual propició que también se hiciera historia y se grabara aquel concierto para un documental, dirigido por José Padrón, en formato de 35 mm. La fotografía corrió a cargo de Raúl Rodríguez Cabrera, Livio Delgado, Luis García y Julio Valdés. Edición: Justo Vega y Gladys Cambre. Producción: Gregorio Cabrera. Música: Joaquín Rodrigo, Johann Sebastian Bach, Ernesto Grenet, Chucho Valdés, W. A. Mozart, The Beatles. Sonido: Ricardo Istueta, Germinal Hernández y Mario Abello. El documental se titula Leo Brouwer-Irakere.

Su aparición sería en 1979, hace ya 44 años. En esa época, existía una diatriba entre la llamada “música culta” y la música popular. Ya The Beatles había demostrado que ambas músicas son transversales (como se dice hoy día). Ellos eran populares y, a la vez, muy concertantes. Habían derribado barreras que, en aquel entonces, algunos musicólogos cubanos, como Carmen Valdés Sicardó (suegra de Brouwer), llamaron “compartimentos estancos”.

Leo en Cuba, junto a Irakere, demostró que tales músicas se interrelacionan sin problema, desde tiempos remotos, en África, la India y otras zonas y regiones del planeta. Sucedía que buena parte de la musicología e intelectualidad cubana arrastraba, por ese entonces, un probado “eurocentrismo”.

El concierto estuvo compuesto por antológicos temas populares. Por Los Irakere: Misa negra (la 9ª. Sinfonía de Cuba), de Chucho Valdés; Almendra danzón, de Abelardito Valdés; La comparsa, de Ernesto Lecuona; Aguanile, Juan a 1600 y Versión de Paquito D´ Rivera sobre una Obra de Mozart.

Leo se presentó con varios play backs, acompañado de Irakere. Interpretó: Juegos prohibidos, Romance Anónimo, de Villa-Lobos; Preludio y Estudio, Drume Negrita de Eliseo Grenet; y varios temas de The Beatles. Finalizó con el Concierto de Aranjuez, del español Joaquín Rodrigo.

Yo me estrenaba todavía, profesionalmente hablando, como periodista y cronista en el semanario El Caimán Barbudo: la revista más admirada por la juventus intelectual de la mayor de Las Antillas. La crónica de ese momento la titulé “Revitalización del concierto en Cuba”.

Hoy, a 45 años del suceso, es importante recordar de dónde venimos, para saber adónde ir. Leo Brouwer sigue siendo un clásico de la composición guitarrística mundial y Chucho Valdés, sin duda alguna, es otro grande.

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