Fidel y Gabriel García Márquez en la fundación del Nuevo Cine Latinoamericano

Por: Rafael Lam

Fotos: Cortesía del autor y tomada de Internet

            La idea de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños data de años atrás, de largas conversaciones entre Gabriel García Márquez y Fidel Castro, sus largas conversaciones de madrugada.

García Márquez siempre amó la radio, la televisión, el cine y los medios. Nunca negó su fe en la televisión, “yo siempre he querido escribir telenovelas. Es una maravilla. Llega a muchas más personas que un libro. Para alguien como yo, que quiere que lo deseen por las cosas que hace, es mucho más eficaz una telenovela que una novela. Lo que pasa es que ya tenemos un condicionamiento mental que nos hace pensar que una telenovela es sinónimo de cursi y no lo creo así. No se conquista a un público por casualidad. Hay primero una identificación con la realidad que le interesa a ese público y, cuando la identificación se amplifica, interesa al mundo entero” (Susana Cato, 1988).

Pero volviendo a los planes de García Márquez, desde el inicio pretendió interpretar el mundo y de crear un arte a través de la experiencia de la vida de cada día y del conocimiento que va teniendo del mundo, sin ideas preconcebidas de ninguna clase. “Siempre tengo que partir de un hecho concreto. Allí donde me encuentro como escritor”.

Con esta percepción, García Márquez y Fidel visualizaron el proyecto y todo lo previeron. Fidel, en nombre de Cuba donó la Escuela, con presupuesto cubano. García Márquez hizo donaciones de dinero. La Fundación, en aquel entonces recibió donativos de equipos y de profesores, una forma de intercambio, por eso es internacional.

Este proyecto ambicioso muy bien encaminado en la unión de los países continentales y de buena parte del mundo, ganó la simpatía de muchos artistas, propició un clima de humana pasión por la solidaridad de aquellos que luchan por alcanzar un lugar en la sociedad.

García Márquez, llegó a La Habana por primera vez el 18 de enero de 1959, cuando todavía resonaban las congas callejeras celebrando la nueva era. Residió en la ciudad, fue de los periodistas iniciadores de Prensa Latina. Le fascinó la capital cubana, sobre ella rondaban leyendas y mitos. Era el centro de las Américas. Siempre le gustó la ciudad, su música, su vida y su gente. Acostumbraba escuchar música por más de una hora. Como buen periodista y escritor, le gustaba recorrer los bares de La Habana, la zona arrabalera de los muelles donde crujía la música más sensacional, al decir de Fernando Ortiz.

En la etapa en que era presidente de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano (diciembre 1985), es una de las épocas en que el escritor residía buena parte del año en La Habana. Cuando viajaba en el auto Mercedes Benz hacia San Antonio de los Baños lo hacía escuchando vallenatos y música cubana.

Aunque no era aficionado a las entrevistas, la periodista Lídice Valenzuela, en su etapa de trabajo en Prensa Latina, logró sacar buenas declaraciones para un pequeño librito relacionado con el novelista colombiano.

A la periodista le hizo saber que la idea de García Márquez y Fidel consistía en crear una escuela de nuevo tipo, lo menos burocrática y teórica posible. En la Fundación solamente eran tres personas: un Presidente, una Secretaria Ejecutiva y una Secretaria mecanógrafa. El presidente solamente tenía una función operativa.

“Lo que tratamos de hacer es de crear las condiciones para impulsar la explosión de un nuevo cine en América Latina y lograr un movimiento en el mercado. Unificarnos, fundir las ideas para lograr multiproducciones”.

Tanto Fidel como García Márquez trabajaron en un movimiento de unidad cultural, la experiencia ha dado frutos, la historia no ha terminado, todavía hay mucho camino por recorrer.

Fuente:

Lídice Valenzuela Realidad y nostalgia de García Márquez, Colección Pablo, La Habana, 1989.

Revista El Malpensante, mayo, 2014, Bogotá, Colombia.

Elnadi y Rifaat, El Correo de la UNUESCI, febrero, París, 1996.

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