Un canto a la unidad latinoamericana desde el cine

Por: Maya Quiroga

La década de los 70, marcada por la presencia de gobiernos dictatoriales en América Latina, parecía que había quedado atrás con la llegada de varios presidentes de izquierda a la región, hombres y mujeres que tenían en su agenda, en primer término, a los olvidados, los ninguneados,  los preteridos y  los desposeídos.

Sin embargo, una oleada de corte neo fascista comienza a extenderse sobre el continente. ¿Qué hacer ante el peligroso avance de la derecha neoliberal?, se preguntaba Iván Giroud, el director del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, en el discurso inaugural de la cita.

En este nuevo y peligroso contexto, los cineastas de ayer y de hoy tienen el reto de convertirse en agentes promotores del cambio social y no olvidar que a pesar de sus cuatro décadas de exitencia el Festival de La Habana sigue siendo muy importante para Cuba y para el interior del continente porque continúa desempeñando un rol fundamental en la reafirmación de una identidad cultural común, latinoamericana y caribeña.

Así lo recordaba el cineasta cubano Manuel Pérez Paredes, en el panel “40 Festival de Cine de La Habana. De lo soñado a lo vivido”. El director de una cinta emblemática de la cinematografía nacional como El hombre de Maisinicú (1973), advirtió que las urgencias de hoy son de otro tipo y las formas de lucha más difíciles porque se deben desarrollar en los campos culturales y políticos. Tiene que haber una “militancia en el sentido de la poesía”, sentenció.

Tania Hermida, egresada de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV), de San Antonio de los Baños, apuntaba en su intervención que la memoria se hereda, se produce, se crea y por eso no podemos olvidar nuestro tronco común, al que tanto se refería el Héroe Nacional Cubano, José Martí.

El Festival nació en su militancia pero se perpetua a través de instituciones como la propia EICTV, la llamada “Escuela de todos los mundos” y la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano.

Miguel Littin, uno de los padres fundadores del Festival, recordó en el encuentro que la cita cinematográfica comenzó a gestarse como un volcán en erupción, en todo el continente, casi de manera simultánea. Fue un cauce, una corriente, un río que fue creciendo y desbordándose hasta llegar al mar.

“Es tarea de artistas, de cineastas, luchar porque prevalezca la historia”, nos decía Littin mientras conminaba a dejar señales, marcas, trazos, como testimonio del largo camino recorrido en las últimas cuatro décadas.

Los cineastas de hoy tienen el deber de preservar la vida ante el holocausto que vaticinan las futuras guerras fraticidas y los gobiernos que no se encargan de la protección del medio ambiente. Ese es el legado del Festival para las nuevas generaciones. De los errores del pasado se aprende y no se vuelven a repetir.

Así parecen decirnos dos hombres que no debemos olvidar: Tomás Gutiérrez Alea (Titón) y Santiago Álvarez, dos realizadores con visiones, poéticas y estéticas diferentes pero con un alto compromiso con la verdad y la ética.

Ahí está el valor del Festival para devolvernos los recuerdos de José Mujica, presidente uruguayo entre 2010 y 2015, un luchador incansable por la libertad que sufrió prisión y torturas pero no perdió la bondad del rostro.

La vida de Mujica es una vida de película. No solo ha inspirado documentales sino también un largometraje de ficción como La noche de 12 años, del realizador Álvaro Brechner, quien indaga en los tiempos de la dictadura militar en el Uruguay y la labor del movimiento guerrillero Tupamaros.

Muchos documentales que se presentan este año en el Festival van tejiendo los lazos invisibles de vidas mutiladas, desaparecidas, robadas. El asesinato del joven activista social Santiago Maldonado, la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, el robo de niños en Argentina durante la dictadura militar, las Abuelas de la Plaza de Mayo, las víctimas de la Guerra de las Malvinas, asoman sus rostros en la pantalla para conminarnos a no olvidar nunca.

A sus cuarenta años el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana se erige como puente común, como plataforma para la unidad regional, desde un lenguaje comprometido con las causas más justas de la humanidad.

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