Nollywood continuará dando frutos

Por: Berta Carricarte Melgarez

La jornada de la francofonía, celebrada a lo largo del mes de marzo, en Cuba, trajo una muestra de cine compuesta por catorce títulos. La característica más sobresaliente de esta selección es su diversidad cultural, dada la extensa área geográfica que abarca la población francoparlante del mundo. Fue también una oportunidad de reencuentro con cinematografías más modestas, donde el glamour, las excentricidades y el estrellato son sustituidos por el realismo y la actualidad de los temas abordados, la eficacia comunicativa y la transparencia en el manejo de los recursos audiovisuales. Esto último se refiere a la naturalidad en el emplazamiento de la cámara, el uso de la música vernácula y el sonido directo, así como en el empleo de recursos propios del cine documental desde una perspectiva antropológica.

Todo ello está presente en El árbol sin frutos (Nigeria, 2016), obra dirigida por Aicha Macky, joven realizadora de 37 años, que toma su propia historia de vida como referente, para encarar un tema tabú de la sociedad nigeriana: la infertilidad. Como se sabe, Nigeria es un Estado multirreligioso donde confluyen casi en igual número cristianos y musulmanes, con el juju (especie de magia negra o ciencia oculta), intercalado entre unos y otros. Estas premisas tendrán un peso primordial en los temas asociados a la reproducción humana.

Macky comienza expresando el abatimiento que supone para una mujer querer tener hijos y no poder conseguir un embarazo. Con auxilio de diversas testimoniantes recorre todo el martirologio a que está sometida una mujer nigeriana que no ha tenido descendencia, aun cuando no está comprobado que sea ella y no su cónyuge quien sufre un hándicap de ese tipo.

El hecho de colocar el tema de la maternidad en el centro de las aspiraciones de una mujer en Nigeria, devela de inmediato que estamos ante un conflicto de género; que no solo trae consigo violencia de género, sino que también recrudecer la discriminación sexual y la desigualdad extrema que estas personas sufren cotidianamente. De hecho, la cineasta, expresa en cierto momento su duda ante su condición de mujer, como si solo la maternidad diera fe de ello; desde luego, lo hace como recurso para estimular la reflexión del público.

Junto a prácticas religiosas que laceran al sujeto femenino, el documental denuncia la actitud permisiva, pasiva e ignorante de hombres que se muestran ajenos ante un hecho biológico en el cual participan. Ellos, o bien consideran a la mujer un mero instrumento de reproducción, o bien desconocen que una situación de esterilidad puede estar afectando a un miembro u otro de la pareja, e incluso a los dos. Así lo explica un médico que ha consultado la cineasta a propósito de su propia infertilidad. Según los exámenes médicos ella no tiene ningún trastorno orgánico que le impida concebir. Me aventuro a creer que se trata de un trauma producido por la muerte de su madre en un parto, cuando ella tenía cinco años. También cuenta que su padre tomó una segunda esposa, con la que, de niña, tuvo una relación muy cálida. Al marcharse aquella, dice Macky que sintió como si hubiera perdido a una segunda madre. En el temor subconsciente a morir en el parto o a dejar a sus hijos huérfanos, está quizás la causa de su “infecundidad”.

El filme también sabe premiar con el respeto a aquellos hombres en los que prevaleció el amor por su esposa, frente al obstáculo de la infertilidad. Aquellos que se negaron a repudiar a su mujer, o a tomar una segunda esposa, para pretender hacer valer su hombría a través de la concepción de un hijo. En este caso, lo que me parece inteligente es que Macky, coloca esas anécdotas en boca de las propias féminas. Si durante más de cien años, las hazañas, venturas y desventuras de los hombres han sido protagonizadas y contadas por ellos en el cine, no es este el momento de cederles la palabra. El árbol sin frutos es una historia de mujeres, contada por ellas y desde su perspectiva. El final es hermoso, y permite a la realizadora autoafirmarse como sujeto femenino. Sin dudas, Macky es una transgresora, en cuyas convicciones otras nigerianas encontrarán respuesta a sus angustias e incertidumbres. La excelencia de esta obra cinematográfica halló respaldo en el premio al mejor documental, otorgado por la Africa Movie Academy Awards (AMAA 2016), ceremonia anual establecida en 2005 para premiar las mejores obras.

La producción de cine en Nigeria comenzó un despegue vertiginoso en la década de 1990, con el desarrollo del video digital. Hoy se conoce como Nollywood (por referencia jocosa a Hollywood), y se ubica en el segundo escaño en cuanto a películas producidas, por detrás de Bollywood (nombre con el que se denomina popularmente a la industria del cine en la India, con centro en Bombay). Salvando las diferencias, tanto en Nigeria como en la India, la producción de filmes se destina casi en su totalidad al consumo interno; en la mayoría de los casos no estamos ante obras con pretensiones artísticas; pero encuentran gran aceptación de sus coterráneos porque tocan temas sensibles a la cultura de sus países.

Aicha Macky, es también un producto del desarrollo acelerado, aunque un tanto caótico, de la industria fílmica nigeriana. Su corta carrera como cineasta incluye tres cortometrajes documentales anteriores. Profesión difícil para una mujer en un país donde desde finales de 2011, el Gobierno nigeriano y el grupo insurgente Boko Haram, protagonizan un conflicto armado cuyas principales víctimas son las mujeres y las niñas, secuestradas, violadas y obligadas a combatir contra sus propias etnias. Esto se suma a la práctica de costumbres que implican la mutilación genital femenina (MGF), que no pocas veces conduce a la muerte de la niña, agónicos dolores durante la relación sexual, y/o muerte de la madre y el feto en el momento del parto.

En 2015, el gobierno nigeriano anunció la entrada en vigor de una ley que contempla la MGF como delito. Se une así, a más de veinte países africanos que han instrumentado igual condena, como resultado de una larga batalla en los foros femeninos de la región. En 2004 el importante cineasta senegalés, Ousmane Sembene, se había unido a los esfuerzos de aquellos que dentro y fuera de África luchan por acabar con un hábito inhumano, a través de su película Moolaadé. En tal sentido, Sembene no sólo muestra aquí su sensibilidad para comprender las implicaciones de una práctica horrenda, sino para identificarla más allá de su expresión física, como resultado del ejercicio despótico del patriarcado.

Pienso que tal vez estamos en el renacer de las cinematografías nacionales que, en los años 1960, al calor de la efervescencia sociopolítica y cultural del orbe, colocaron en las pantallas los rostros que antes solo tenían derecho a observar callados desde las butacas. Hoy, con el desarrollo del cine digital, pudiera acontecer una nueva revolución en la producción audiovisual,  que otorgue protagonismo a realizadores y contextos no eurocentristas. Quizás todavía tardemos en ver superproducciones africanas de una visualidad tan impactante y bella como escandalosa, tal cual se pinta en Black Panther  (EE.UU., Ryan Coogler, 2018). Por lo pronto, África y el mundo todo, necesita más de la conmoción interior, del sacudimiento emotivo y del despertar de la conciencia, que puede venir con los frutos de los mejores árboles de Nollywood.

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