Muestra joven y violencia de género, un debate inagotable

Por: Berta Carricarte Melgarez

El regreso de la Muestra Joven ICAIC trae consigo la reactivación de uno de sus más entrañables espacios, Moviendo ideas, verdadera plataforma de diálogo entre realizadores, profesionales y consumidores del audiovisual cubano en particular, y del cine en general. Este año, bajo el título La caída de Zobeida. Roles de la mujer y violencia de género en la mirada de las realizadoras, se presentaron dos cortos de ficción y un documental: Mujer arena (Lisa María Velázquez, 2018), Karla (Gisselle Vargas, 2019) y La espera (Violena Ampudia, 2019).

Contrario a lo que muchos cineastas piensan, cualquier obra audiovisual es susceptible de ser explicada mediante la perspectiva de los estudios de género; del mismo modo que podría ser analizada desde metodologías tan diferentes como la semiótica, la sociología, la antropología visual y el psicoanálisis. Lo que ocurre es que una obra de arte por lo general pone el énfasis en los elementos estéticos, y subordina a ellos cualquier otra función o preocupación gnoseológica. Una película puede comportarse como un documento de fuerte connotación religiosa (El evangelio según San Mateo, Passolini, 1964), histórica (El acorazado Potemkin, Eisenstein, 1925), política (13 días, Roger Donaldson, 2000), judicial (Doce hombres en pugna, Sidney Lumet, 1957), etnográfica (Les maîtres fous Jean Rouch, 1954), psicoanalítica, (Psicosis, Alfred Hitchcock,1960) o puede estar estrechamente asociado a los géneros cinematográficos tradicionales, como el melodrama, la comedia, el oeste, etc., que ostentan sus respectivos códigos.

Sin embargo, por debajo del tejido puramente anecdótico hay una tesis que se sostiene sobre un complicado entramado de ideas y conceptos políticos incrustados en la subjetividad del director, y/o del aparato ideológico que ampara la producción del filme. Si avanzamos pacientemente hasta allí, por el camino encontraremos, entre otras huellas, las de su perspectiva de género, o sea, la posición que adopta frente al viejo problema de la dominación masculina.

Visto así, en el corto de ficción Mujer arena, el tema se presenta a través de un ama de casa, que busca alternativas de escape a la rutina cotidiana del trabajo doméstico. Este corto de ficción generado dentro del Movimiento Audiovisual de Nuevitas, ofrece la historia de una joven, cuyo silencio es un símbolo de paciente rebeldía. Esposa y madre de una niña, la muchacha compensa su aburrimiento, con un ritual de evasión. El olor del mar en un viejo traje de buceo, la orilla, la arena, todo es un plan para travestir la realidad, pero, por cuánto tiempo. Mujer de arena es como los primeros versos de un extenso poema cuyo desenlace desconocemos, pero que, de momento, nos deja el sabor profético de la escapada. Según la directora, dos apretadas horas bastaron para concretar el proceso de filmación. La idea surge de su experiencia, al observar el contraste entre las libertades que goza el sujeto femenino dado el cosmopolitismo de la capital, en contraposición al predominio de los roles tradicionales de género en el contexto rural.

Por el contrario, Karla descansa en el despliegue físico de la actriz, quien debe encarar a una joven enfrentada desde le principio con el fatalismo que parece entrañar su condición de mujer. Ignora los ruegos (y gritos) de su novio que le exige cambiar de vestido. Se va sola a la discoteca. Bebe hasta perder la noción de todo. Al día siguiente no recuerda haber tenido sexo con alguien, aunque el examen médico rebela lo contrario. Es una versión recortada del núcleo argumental de Irreversible (Gaspar Noé, 2002), donde una chica, tras un debate con su novio, se marcha de una fiesta, con un vestido que transparenta la belleza de su cuerpo juvenil, y en medio de la noche parisina es asaltada sexualmente en un túnel del metro; no sabremos nunca si la mujer se recuperará del estado de coma en que la deja el violador después de propinarle, además, una descomunal paliza. Karla no ha sido apaleada, pero el daño sicológico es evidente. Ha pagado ojo por ojo y diente por diente el ejercicio de sus legítimas libertades; es decir, violó los dictados de la normatividad falocrática, y fue, por ende, condenada. El énfasis de esta obra está en la presentación y recreación pasiva de la violencia de género. Por eso la eficacia del filme como un vehículo de denuncia, queda sumergida en el peso del desamparo, la confusión y el abandono que laceran a la protagonista. Si bien, cada una de las modalidades de violencia de género representadas en el corto, es capaz de suscitar un largo debate, la obra falla cuando se recrea apuntalando los prejuicios sociales mediante arquetipos, y convierte los desafíos iniciales de la joven, en simples malacrianzas, pataleta de Pinocho desobediente, que lleva su moraleja inscrita en el enmudecimiento y enclaustramiento final del sujeto femenino.

En cuanto al documental La espera, lo que llama la atención de inmediato es el tema del embarazo en la adolescencia, recogido a través del testimonio espontáneo de las protagonistas. No es la primera vez que esa problemática es abordada por jóvenes realizadores. Sin embargo, la superficialidad de su exposición, hace pensar que la intención de Violena Ampudia se limitaba a presentar el modo en que transcurre la estancia de las jóvenes en una institución de salud, de ahí su título La espera.  El impacto de un fenómeno que parece ir en ascenso en la sociedad cubana actual, se desvanece ante la inercia comunicativa de este filme, donde lo observacional ha sido reducido al fisgoneo más estéril.

Sin embargo, quedaron fuera de esta confrontación, obras inquietantes como Cositas malas (Víctor Alfonso, 2018), quizás bajo la presunción de que el cine realizado por mujeres, garantiza automáticamente, una mirada positiva hacia el discurso de género. Ya vemos que no. Cositas malas cuenta qué pasa cuando unos niños se ven emplazados a experimentar con la sexualidad, a instancias de otro niño, cuya maduración sexual ha sido acelerada bajo ciertas circunstancias. A pesar de que Víctor Alfonso pone sobre los hombros infantiles, el desarrollo de una historia entre macabra, ingenua y escalofriante, es fácil sentir que hay un dedo acusador sobre los padres, que no aparecen físicamente en la historia; así como sobre la anciana histérica fabulosamente interpretada por Coralita Veloz. Un hilo invisible conecta las reacciones de los niños con prácticas sociales y aprendizajes dictados desde una cultura patriarcal. Uno de los mitos más falaces es el juicio del sujeto a partir de su apariencia. En Karla, quien abusa de la muchacha es un joven de muy amable aspecto, con lo cual se desvirtúa el mito de un cierto perfil criminal para quien ejerce la violencia de género en cualquiera de sus formas y matices. Otro mito perverso es que, con frecuencia, se quiere hacer coincidir el machismo, y otras lacras similares, con la marginalidad. Semejante visión esencialista contribuye a invisibilizar ciertos contextos de poder de alto perfil social, creando la ilusión de que son espacios de equidad.

En el futuro, la Muestra debiera ser mucho más preciosista en la curaduría de los materiales que participan en los tópicos asociados a los enfoques de género.  Ello permitiría, por una parte, concentrar el debate en los verdaderos núcleos expositivos y claramente contentivos del discurso de género; y por otra destacar la riqueza de elementos estéticos a través de los cuales el discurso artístico ancla su perspectiva, sea acertada o no, en relación con los estudios actuales sobre el tema.

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