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Las mil caras de Marilyn Monroe

Por: Berta Carricarte

Si usted no sabe nada de la vida y obra de Marilyn Monroe no vaya a ver Blonde (Andrew Dominik, 2022), pues se va a defraudar. Pero si insiste, verá que trata sobre una tal Norma Jeane, de padre desconocido, que tuvo una madre desequilibrada, vivió en orfanatos y se prostituyó incluso para entrar a trabajar en la meca universal del cine. Allí no le fue mal. Según el filme, su dudoso talento se compensaba con un físico que la convirtió en sex symbol de Norteamérica, lo que, a su vez, la expuso a maltratos y vejaciones pues era una mujer bastante insegura, pusilánime y nerviosa.

No le cuento el final, pero no hay mucho más. Es una película de casi tres horas, en las que vemos al personaje llorar continuamente por todos y cada uno de los infortunios que la persiguen. Tenga en cuenta que hay elipsis temporales que nos llevan de la niñez a la juventud de Norma Jeane. Y otras elipsis que nos sitúan en tres relaciones maritales que tuvo en el lapso de diez años más o menos. Casamientos, abortos, violencia doméstica y crisis neuróticas completan el cuadro cronológico de lo que sucede a Norma, ilustrado así mismo con algunos momentos de su trabajo en la pantalla grande, sus éxitos de taquilla y el desaforado fanatismo del público, especialmente el masculino.

Blonde se aventura a ratos por callejones sensibleros, obligando a la protagonista a ciertos soliloquios un tanto ridículos, provocados por un feto, por su yo interior, o por un tal padre que la interpela desde la coartada de un epistolario. 

A partir de una fotografía impecable el filme opta por ir del blanco y negro al color según le parece más apropiado a Dominik, así como integra las imágenes de secuencias consecutivas utilizando ciertos recursos de montaje, muy bien manipulados.

El elenco responde a una visión muy específica del director quien, en primer lugar, exigía un parecido minucioso entre Ana de Armas (actriz de origen cubano que encarna a Norma) y la estrella mundialmente conocida como Marilyn Monroe, cosa fácil de lograr con el debido trabajo de maquillaje y peluquería. De hecho, llama la atención que Blonde se afinca en una biografía novelada de la Monroe, escrita en 2000 por Joyce Carol Oates. La intérprete criolla, interiorizó al detalle la gestualidad reconocida de la diva estadounidense, y supo resolver con absoluta eficacia el desenvolvimiento escénico basado en la copia mimética del modelo original. A tal punto, que por momentos se puede sentir la intensidad emocional que la domina y sobre la que recae el peso de una historia demasiado insípida para tan largo metraje.

Si lo que he comentado hasta aquí, sobre la base de que usted no sabe nada sobre Marilyn Monroe, no constituye suficiente incentivo para negarse a ver Blonde, le entiendo. Puede usted dejarse arrastrar por la curiosidad de ver una historia vagamente inspirada en un mito del séptimo arte. Pero le advierto, no es sobre Marilyn Monroe, el nombre artístico de Norma Jeane. Ni siquiera se acerca a lo que el inconsciente colectivo de la cultura occidental tiene registrado como vida y milagros de esta controvertida mujer. Se ha retorcido y devaluado tanto el referente, que se desparramó hasta la última gota de su ADN virtual.

¿Por qué? Esa es la pregunta del millón. A mi entender, ese vaciamiento sustancial de lo que Marilyn Monroe/Norma Jeane significa para el imaginario social del siglo XX en adelante, guarda relación con las intenciones del autor. Entiéndase por autor todo el aparataje industrial de Hollywood puesto en función de producir esta obra. Disfrazándose de la celebridad en la que se inspira, más bien la cinta funciona como concepto y como sustrato de la pragmática social de los Estados Unidos, en su vertiente reaccionaria y retrógrada. Tampoco alcanza a solapar su oportunismo frente a determinados temas que no cesan de ventilarse desde hace algunos años: la familia “original”, el aborto, la realización profesional de la mujer en el espacio extradoméstico y el control y la dominación heteropatriarcal, tanto en el plano de la familia como en las diversas instancias de poder en cualquier estado moderno. 

No se puede hacer una película sobre una mujer anónima desventurada, a la que todo le sale mal, pues semejante simplismo y abuso de contrariedades no es posible fundamentarlo en un ejercicio de escritura inteligente, y mucho menos en un espectáculo cinematográfico en los tiempos que corren. Ante todo, porque eso no satisface expectativas de un público potencial, y sería un suicidio de taquilla, que ningún productor cuerdo avalaría jamás. Pero tampoco nadie se atreve a lanzar abiertamente, desde el cine, un alegato conservador cuestionando o condenando a la mujer por defender la autonomía sobre su cuerpo, sus sentimientos y su gestión e independencia económicas.

Por eso, Blonde retrocede en el tiempo, se ancla a una figura pública potente y, sobre todo, se abroga el derecho a hacer una libérrima selección e interpretación de una biografía ya convertida en material diegético por la señora Oates.

Desde mi punto de vista se quiere vender una Marilyn Monroe insegura, nerviosa, asustada, dubitativa, vacilante, a costa de borrar cualquier signo que revele sus otras muchas facetas, capacidades, virtudes, alegrías y talentos. Rebajarla a la condición de trasero de feria y mascota sexual y encajarla en el estereotipo de rubia tonta, debería indignarnos a todas, porque ese misil, en realidad, va contra nosotras. Reducir el componente masculino a un conglomerado de cachorros irracionales, bestias babeantes carentes de corteza prefrontal, debería indignarlos a ellos, porque niega su condición de seres humanos pensantes y difiere su capacidad de trasformar el mundo de la inequidad, en el mundo de la auténtica justicia social e igualdad étnica, sexual, religiosa.

El propio hecho de insistir en el desnudo de Norma, como si no pudiera disponerse de mejores alternativas para describir la vulnerabilidad del personaje, así como el regodeo de ciertas escenas sexuales, rozan lo grotesco. La serie de imágenes en serigrafías que Andy Warhol le dedicara póstumamente, permite comprender que, para mostrar las mil caras de Marilyn Monroe, sus aciertos y desaciertos frente a la maquinaria mediática de la que fue tan promotora como víctima, así como sus innegables conflictos existenciales, no había que arrancarle el pellejo.

Entonces, si usted sabe algo sobre la verdadera Marilyn, es decir, sobre cualquiera de las mil caras y versiones que de ella ruedan hoy por el mundo; si ha visto una o dos películas de ella, no se deje engañar. Repita cien veces este exorcismo: Esa de la pantalla, no es Norma Jeane, ni Marilyn Monroe. Espero que con ese conjuro esté protegido y salga ileso del cine.

Enlace relacionado: Blonde

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