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El gran momento del cine cubano

Por: Rafael Lam

Especialistas como Arturo Arango consideran que 1968 fue un año cumbre para el cine cubano; fruto de las posibilidades brindadas por la nueva era social que Cuba alcanzaba.

            En el mundo, el 1968, fue un año estremecedor, los acontecimientos juveniles de mayo en París, la Primavera de Praga, el gobierno del Pri en México enfrentado a la OEA, el reconocimiento del Tercer Mundo. Los ecos del asesinato al Ché Guevara, la expansión en América Latina del socialismo, la Guerra de Viet Nam, el Congreso Cultural de La Habana.

            En el cine cubano tres películas que clasificarían con el tiempo en clásicas: Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea,que haría época de una sociedad en transición. Lucía de Humberto Solás: Tres episodios protagonizados por tres mujeres cubanas, todas ellas llamadas Lucía, sirven de guía para recorrer tres periodos históricos de Cuba: la guerra. Y la desacralizadora película de Julio García Espinosa sobre obra del escritor Samuel Feijóo; Las aventuras de Juan Quín Quín, con una historia de líneas paralelas.

            Estas tres obras es la mejor evidencia de lo que fue la década inicial de la Revolución, en luna verdadera vitalidad de la cultura.

Tres monedas en la fuente, tres filmes que fueron obras que generaron contradicciones y también incomprensiones propias de la época. El arte entretenía a un nuevo púbico, a la vez que hacía pensar. Esas películas dibujaban el rostro de la cultura inédita provocativa de una nación.

            Cada una de estas películas indaga en los efectos que una revolución ejerce sobre las personas, y en la manera en cómo el desarrollo condiciona, limita, y en ocasiones incluso profundiza.

            Con el paso del tiempo quedó demostrado que la creación artística, aún las obras clásicas, no son un  proceso lineal sobre ruedas. Están llenas de contradicciones y hasta incomprensiones. No olvidemos que la obra de arte genera discrepancias las cuales, a la larga ofrecen una enseñanza: la enseñanza de que hay que ser prudentes y llevar la sensatez hasta sus últimas consecuencias; tomando en cuenta que el tiempo no perdona, pone todo en su lugar. 

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