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¿Existió en Cuba una Escuela de Cómic?

Por: Haziel Scull Suárez

A lo largo de su desarrollo, el cómic ha atravesado diferentes etapas y sobre la esencia de su morfología, se han ido concibiendo diferentes maneras de expresar, tanto gráficas, como narrativas, que con el tiempo se han constituido en Escuelas.

Nos referimos a Escuela cuando hablamos de un grupo de artistas que siguen el mismo estilo, comparten los mismos maestros o tienen los mismos objetivos, es una corriente artística en torno a un creador, ciudad o país que marca una pauta a la hora de realizar determinada obra. En muchos casos estas reinterpretan el movimiento artístico del momento desde las particularidades de su realidad y percepción. Por lo que en el caso de muchas manifestaciones, cada movimiento artístico está representado por diferentes Escuelas, inclusive en un mismo país podemos encontrar más de una.

Específicamente en el caso del cómic se puede adicionar que marca una pauta creativa a la hora de nombrarlas, determinada editorial o revista (como sucede con la Escuela de Belga[1]  o con la española Escuela de Valencia en torno a la Editorial Valencia) lo que hace que la producción específica de estos artistas sea más fácil de seguir y clasificar. Cada una de estas, tienen características creativas muy identificables que las dotan de personalidad y profesionalismo. Aunque muchas escuelas no estén más o menos definidas y estructuradas.

La ausencia de concepción, no está en la clasificación del cómic como arte menor, sino a que, como menciona el investigador Antonio Guiral:

La historieta no posee un léxico propio, una nomenclatura inherente, a la hora de definir sus tendencias artísticas. Las clasificaciones las hemos importado de la literatura y, sobre todo, de la pintura, pero no hemos conseguido concebir un lenguaje definido intrínseco al medio en cuanto a sus estilos gráficos se refiere  (…) Para intentar definir las cualidades estéticas de un grafismo, seguimos recurriendo a la lexicografía del arte[2].

En el caso de Cuba estamos ante uno de los países donde el consumo del cómic está tan normalizado como su realización. Los personajes de la historieta cubana son, además, reconocidos e identificables. Variados, dotados de personalidad y con historias bien elaboradas. Más allá de que cada uno tenga su universo bien definido, tienen un grupo de elementos comunes entre sí que los dotan de características similares, lo que pudiera establecer unas pautas y paralelismos que hagan real la existencia de una Escuela Cubana de Cómic[3], desarrollada en el país entre los años 1970 y 1990, teniendo su cúspide entre los años 1985 y 1986.

Establecemos este marco cronológico teniendo a la revista Pionero como el espacio publicitario donde vieron la luz, al decir de la investigadora Caridad Blanco, algunos de los más bellos y de las más recordadas series del cómic cubano[4]. Tomamos como fecha de inicio de ese periodo el año 1970, uno de los años que forman parte de la etapa de máximo esplendor de la revista (comprendido entre 1966 y 1972 aproximadamente[5]) y cuando se publica, el 14 de agosto, la primera historieta de Elpidio Valdés.

Partir de Elpidio como génesis de la ECC es entendible solo si se comprende que es el ícono indiscutible de la historieta cubana. La investigadora Joanne C. Elvy así lo considera al decir que:

Cuando se trata de historias nacionales dentro de la memoria popular de un individuo, en el imaginario cubano viene a la mente el personaje de Juan Padrón, Elpidio Valdés, un oficial mambí del Ejército Libertador de 1895. Para los cubanos de cualquier edad, el personaje de Elpidio es a la vez fantasía y realidad, héroe y patriota que propugna un código de valores como representante visual del ideal cubano en búsqueda de su soñada autonomía como estado soberano (…) Pero al mismo tiempo, Elpidio  y sus leales compañeros reflejan el ingenio, la camaradería y la integridad del pueblo cubano a lo largo de su dilatada historia[6].

Víctor Casaus, al prologar Elpidio Valdés, los inicios, señalaba que: Elpidio es un icono de nuestra cultura, no abundan los personajes, historias o acciones que puedan merecer ese honroso calificativo[7].

El propio Padrón, al mencionar la impronta de su personaje, contaba que:

Me han hecho anécdotas, que pueden ser leyendas, no sé, de que en un examen de Historia un niño, a la pregunta  que le hacían de que mencionara el nombre de algún líder cubano en la guerra, el niño puso junto con Maceo, a Elpidio Valdés. Eso muestra de que está vivo en la gente que lo quiere. Yo no sé si eso tiene que ver con cómo ha influido el personaje de Elpidio en el imaginario popular sobre la guerra de independencia, lo que si te puedo decir es que Elpidio Valdés y su tropa de mambises son vistos por muchos niños, incluso por adultos como si fueran reales, como si fueran de verdad mambises que lucharon en la guerra[8].

El periodo que abarcaría esta escuela, concluiría en el año 1990, cuando se realiza en La Habana el Primer Encuentro Iberoamericano de Historieta. En este momento la escasez de papel comienza a notarse de manera ostensible y esto, evidentemente, conspira contra las revistas y demás publicaciones que existían en el país y, aunque a lo largo de esa década se realizaron acciones a favor del cómic cubano, lo que realmente sucede es un jaque mate forzado[9] a incontables publicaciones. El historietista Roberto Alfonso, en entrevista con el investigador italiano Dario Mogno, contaba en ese mismo sentido que: desde junio de 1990 en Cuba no se publica prácticamente historieta, solo esfuerzos aislados[10].

El cambio en la política cultural cubana que logró superar los errores cometidos contra las intervenciones y espacios en los años 70[11]durante el llamado Quinquenio Gris[12] entrando los años 80, debe ser entendido como una nueva oportunidad, dentro del panorama artístico cubano, para que los creadores sean capaces de integrarse al nuevo proceso de Institucionalización revolucionaria y producir desde su interior. Un elemento indispensable para ello fue la creación del Ministerio de Cultura (MINCULT) en 1976, que comienza a dictaminar las maneras de hacer y entender la creación artística bajo los presupuestos de que:

Estimular la aparición de nuevas obras capaces de expresar en su rica y multifacética variedad y con clara concepción humanista, los múltiples aspectos de la vida cubana; de un arte que no ignore ni margine la realidad, las circunstancias de nuestra vida social, la historia combativa de nuestra patria, sino que las exprese en toda complejidad y riqueza con la más elevada calidad[13].

Durante estos años, ni durante el Quinquenio, el cómic se había visto afectado directamente. Suponemos que al ser visto tal vez por los críticos como una manifestación de carácter inferior o arte menor, los designios del extinto Consejo Nacional de Cultura (institución antecesora del MINCULT), si bien era la norma por la que se regían algunos artistas, no rectoraba concretamente su creación; lo que provoca que sean precisamente los años 80 donde hay mayor nivel de trabajo de los historietistas. Su perpetua condena a la sala infantil provocó que éstos pudieran dibujar con total libertad sin casi ninguna cortapisa de institución alguna.

Por lo que, iniciada la década, tenemos la fundación de la Editorial Pablo de la Torriente en 1985 y la realización de un taller de historietistas de funcionamiento paralelo bajo la dirección de Francisco Blanco y Manolo Pérez. Además de que se había logrado nuclear a un grupo de jóvenes artistas que se dedicaron a la formación sobre todo de guionistas y crearon un sello que marcará la producción historietística nacional durante décadas. En ese empeño estuvieron estructuradas las revistas Cómicos y Pablo y el tabloide El Muñe.

En 1987 fueron realizadas compilaciones de autores cubanos identificados con los títulos Historietas y Mini-historietas según el formato utilizado. Los resultados de esto, nos dice la investigadora Caridad Blanco, pueden apreciarse en el tabloide Nueva generación publicado en 1989, al que llama la postura más fuerte y vital de todo un gran esfuerzo editorial[14].Son estos años, los que pudiéramos considerar Época de Oro del cómic cubano, el periodo donde la relación producción-consumo estaba no solo en su mejor momento, sino en su mayor dinamismo, es esto reflejo creativo directo de la Escuela conformada sobre los presupuestos antes mencionados.

Sobre estos resultados, destaca Blanco:

En sentido general a la historieta cubana le asiste el mérito de haber creado todo un sistema de nuevos contenidos y sus propios héroes, ajustados a las necesidades contextuales; pero, en su intento de alejarse de los estereotipos impuestos por los cómics norteamericanos fue irremediablemente hacia la formulación de otros[15].

Algo similar opina el historietista Cecilio Avilés, afirmando que:

El cómic en Cuba, tiene varios logros: en lo formal se asimiló lo mejor de la historieta norteamericana, y en lo conceptual se creó un héroe que responde a nuestras características. En lo dramatúrgico, personajes desarrollados; en el plano lingüístico, el uso adecuado de las onomatopeyas; y en la plasticidad, existen innegables avances[16].

Comenzar a teorizar sobre la existencia de esta Escuela dentro del panorama historietístico cubano, nos obligaría además a tomar muestras de cómics sobre la base de algunos elementos con los que pudiéramos establecer semejanzas.

Sugerencia de lectura: El desempeño del cómic cubano en el 2021

Siendo el cómic un género que fusiona lo gráfico con lo narrativo y que cuenta con la maquinaria publicitaria para convertirse en manifestación en sí (entendida desde su rol de elemento de la cultura de masas) los elementos que los harían comunes, en este caso, serían:

Aspecto físico de los personajes, que pudiera expandirse a un estilo de diseño nacional, basado en la existencia de una manera cubana de dibujar caracterizada por la redondez de las figuras, el trazo suelto y la simplicidad en las apropiaciones de objetos y rasgos físicos de las personas.

Enfoque de los géneros dramáticos, los cuales están marcados por la industria editorial nacional que, respondiendo a los intereses de una política cultural establecida, codifica en cierta manera las maneras y formas de publicación en el país. Estos géneros se mueven entre la historia, la aventura, el humor y en menor cantidad, la ciencia ficción. Importantísimo es ver como en estas historias siempre vamos a encontrar la moraleja de manera evidente, se busca todo el tiempo la claridad de esta por encima de la calidad de la historia en sí.

Editoriales donde se publican, que son las encargadas de que la llegada de estos personajes al público cubano se logre gracias a revistas de carácter seriado[17], que pese a no ser específicas de cómic, tienen una tirada superior y una comercialización de carácter nacional. Algunas editoriales, sobre todo la Pablo de la Torriente, se han encargado de hacer recopilaciones de estas páginas en álbumes o alguna publicación con otro tipo de cómic.

Habiendo tenido que seleccionar personajes del espectro nacional utilizando estas premisas, decidimos que la muestra debería estar integrada por al menos cinco de estos, que fueron los que hasta la primera década de este siglo no permitieron la muerte definitiva del género. Nos referimos a: Matojo (Manuel Lamar, revista Mella[18], 1964); Elpidio Valdés (Juan Padrón, revista Pionero 1970); Cecilín y Coti (Cecilio Avilés, revista Pionero, 1979); Yeyín (Ernesto Padrón, revista Zunzún, 1980) y El Capitán Plin (Jorge Oliver, revista Zunzún, 1981). La creación de estos, en casi todos los casos, coincide con la primera década de existencia de la ECC y su impronta en el imaginario social, arranca justo en este momento y se extiende en el tiempo, rebasa los años 90 del siglo XX y llega hasta nuestros días.

El cómic cubano hoy tiene muchas deudas con los lectores. Aunque existen espacios y eventos donde se ha visto un cierto avance en cuanto a su promoción[19], no puede negarse que los retos que supuso la desaparición de la ECC hace poco más de treinta años no sean hoy similares. La búsqueda de soluciones para que el 9no Arte permanezca en la preferencia popular deben hallarse en las que provocaron un boom creativo en la década del 70 y 80 del siglo pasado.

La influencia de esta Escuela es la que logró que superado los años más duros del Periodo Especial, se reactivaran algunas publicaciones y proyectos, sobre todo amateurs, de quienes en algún momento fueron influenciados por la marea creativa y de publicación de aquella Época de Oro. Las concepciones que tienen muchos creadores hoy, las maneras y estilos de dibujo, las formas narrativas e incluso la fórmula de publicación de hoy son herederas directas de la pauta que marcaron esos veinte años de desenfreno y éxtasis creativo.



[1] La escuela belga de cómic comprende la producción de historietas en el país europeo, dividida en dos grupos de creadores: la línea clara o Escuela de Bruselas (en torno a Le Journal de Tintin) y la Escuela de Marcinelle o Charleroi (alrededor de Le Journal de Spirou).

[2] Antonio Guiral. El dibujo. Tendencias e “ismos”, en: Colectivo de autores. Cómic: manual de instrucciones. Astiberri Ediciones. Bilbao, 2016. Pg. 73.

[3] Para una mejor comprensión de la lectura, a partir de ahora utilizaremos las siglas ECC al referirnos a ella.

[4] Blanco, Caridad. Cuadros. En: Revista latinoamericana de Estudios sobre la Historieta (Volumen 2, No 8). Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2002. Pág. 5.

[5]Ídem.

[6]C. Elvy, Joanne. Elpidio Valdés. Un espejo de nacionalismo, identidad y memoria histórica en Cuba. En: Revista latinoamericana de Estudios sobre la Historieta (Volumen 9, No 30). Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2008. Pág. 61.

[7]Casaus, Víctor. Elpidio Valdés, los orígenes. Ediciones La Memoria. La Habana, 2017. Pág. 9.

[8] Alonso Venereo, Ricardo. Juan Padrón, un clásico de la historieta. En: Periódico Granma. Edición del 7 de febrero del 2018. Pág. 13.

[9]Blanco, Caridad. Cuadros. En: Revista latinoamericana de Estudios sobre la Historieta (Volumen 2, No 8). Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2002. Pág. 8.

[10]Mogno, Dario. A propósito de la historieta en Cuba después de 1959. Charla con Roberto Alfonso Cruz. En: Revista latinoamericana de Estudios sobre la Historieta (Volumen 5, No 19). Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2005. Pág. 179.

[11]Navarro, Desiderio. ¿Cuántos años de qué color? Para una introducción al ciclo. En: La política cultural del periodo revolucionario: memoria y reflexión (Primera parte). Centro teórico cultural Criterios. La Habana, 2008. Pág. 21.

[12]Definición que utiliza el intelectual Ambrosio Fornet para referirse al contexto cultural en Cuba durante los años 1971-1975, donde existió una desviación de la política cultural de la revolución.

[13]Tesis y resoluciones. Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba. Departamento de Orientaciones Revolucionarias del Comité Central del PCC, La Habana, 1976. Pág. 482

[14]Caridad Blanco. Cuadros, en: Revista latinoamericana de estudios sobre la historieta. Vol. 2, no. 8 (diciembre de 2002). Pg. 31-45.

[15] Ídem

[16]Armas Fonseca, Paquita. La vida en cuadritos. Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1993. Pág. 28.

[17]  Nos referimos específicamente a las revistas Zunzún y Pionero, de la Editorial Abril, las cuales aunque se han visto afectadas en cuanto a ritmo de publicación en los últimos años, han sido tradicionalmente el espacio de existencia de muchos personajes de cómic cubano.

[18] En 1965, esta revista, junto al periódico La Tarde se fusionaron y constituyeron el periódico Juventud Rebelde; comenzándose a publicar entonces la historieta en la revista Pionero.

[19] Instituciones como el centro cultural Vitrina de Valonia en LA Habana y el evento anual ArteCómic, en Camaguey, son espacios en los que desde hace poco más de 15 años se promociona, de manera profesional y constante, la labor de la historieta y los historietistas.

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